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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Los Cabos 6 (II Y ÚLTIMA)

 

Con la excepción de Molly’s Game (“El juego de Molly”, Aaron Sorkin, EU, 2017), única cinta del sexto Festival Internacional de Cine de Los Cabos inscrita en la narrativa hollywoodense más trillada y, por lo tanto, insípida cuando lo que busca es apantallar, el resto de lo que este juntapalabras pudo ver en LCFF6 mostró lo mismo estupendas hechuras que cierto nivel de anticonvencionalismo, ya en su elaboración, ya en el tema que aborda o en el enfoque dado. Aquí, algunos ejemplos.

Ambos filmes estadunidenses producidos este año, Golden Exits, de Alex Ross Perry, y Landlane, de Gillian Robespierre, comparten por principio la intención, muy bien lograda, de asomarse a esa ciudad antonomásicamente cinematográfica que es Nueva York, pero sin enfocarla desde “altas esferas” económicas, políticas, culturales ni de ningún otro tipo, sino más bien a la manera del mejor Paul Auster: desde abajo, estableciendo una horizontalidad que posibilita un grado de empatía de otro modo inviable, y cada una contando una historia que prescinde por completo de la grandilocuencia típica en esos filmes –como la referida Molly’s Game, por cierto– puerilmente deslumbrados por la celebridad de cualquier tipo, el dinero, el poder y otros reflectores sociales. Golden Exits, pero sobre todo Landlane, recuerdan para bien Smoke (“Cigarros”, EU, 1995), codirigida por Wayne Wang y el propio Auster, también guionista, no en la anécdota sino en el clima espiritual: como esta última, los filmes de Perry y Robespierre se concentran en un barrio neoyorquino, en los personajes que lo habitan y los conflictos que, en un momento dado, asaltan su cotidianidad. En el primer caso se trata de la irrupción de un elemento al mismo tiempo ajeno, perturbador y atrayente, encarnado en una joven australiana que permanecerá ahí sólo una breve temporada, lapso suficiente para subvertir, sin proponérselo, las reglas no escritas de una vida plácidamente llevada. En el segundo se trata de la confrontación entre una hija adolescente y otra ya adulta con sus progenitores, a través del cuestionamiento hacia el padre, de quien se sospecha una infidelidad que, a fin de cuentas confesa, acaba por ser menos importante que la posibilidad colectiva de replantear los vínculos consanguíneos esta vez basándose en hechos, más que en arquetipos.

Por su parte, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (“Tres anuncios espectaculares a las afueras de Ebbing, EU/Reino Unido, 2017), de Martin McDonagh, no esconde –antes todo lo contrario, dado el papel protagónico de Frances McDormand, como siempre sobresaliente– su enorme deuda con el estilo cinematográfico de Ethan y Joel Coen para desgranar una historia, como las anteriores, de localía e intimismo social. Aquí, la de una mujer madura que, para lograr justicia por la violación y el asesinato de su hija, manda colocar tres enormes anuncios dirigidos al alguacil del lugar, en protesta por la falta de resultados –y todo parecido con la realidad mexicana es una terrible coincidencia. La galería de personajes, muy a lo Coen, es una delicia aparte.

Sin duda, el documental Mountain (Australia, 2017), de Jennifer Peedom, fue lo mejor que este ponepuntos pudo ver en LCFF6. A la hora de evocarlo, inevitablemente los adjetivos llegan en cascada y, de hecho, se vuelven ditirámbicos: majestuoso, monumental, espléndido, magnífico, espectacular, hermoso… Todo lo cual aplica, sin exageración posible, si se considera el principal objetivo del filme: las montañas del mundo entero, con predilección muy comprensible por los Himalayas y el Everest, y la relación del ser humano con esos accidentes geográficos de los cuales emanan, entre muchas otras cosas, el mito, la leyenda, la fascinación, el desafío, la comprensión de la pequeñez intrínseca de la humanidad, así como su brevedad cronológica, pero también la belleza del instinto que lo empuja a conquistar, en el ascenso a las montañas, no a éstas sino, en gran medida, a mucho de lo poco bueno que habita el alma humana. Narrado magistralmente por Willem Dafoe, Mountain es historicista y geografista pero sin abrumar con datos; es ecologista pero sin discursos aleccionadores; sin aparentemente proponérselo es apologista del montañismo y los deportes invernal y extremo, y termina por ser mucho más que todo eso junto: un discurso visual y oral que, a través de una belleza incontestable, sugiere algunas respuestas –o al menos elementos utilísimos– para las preguntas mayores de nuestra especie.

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