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El derecho a la verdad
‘Metodologías de investigación, búsqueda y atención a las víctimas. Del caso Ayotzinapa a nuevos mecanismos en la lucha contra la impunidad’, Carlos Martín Beristain, Alejandro Valencia Villa, Ángela Buitrago Ruiz, Francisco Cox Vial (Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, GIEI, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos), Editorial Temis/FLACSO/Sistema Universitario Jesuita/ Instituto de Derechos Humanos Pedro Arrupe, México, 2017.
Por Antonio Soria

El discurso oficial, siempre complaciente para las propias instancias gubernamentales e insuficiente para el resto de la sociedad, sobre todo en lo referente a la procuración e impartición de justicia, hace evocar un chiste cruel de la picaresca mexicana que retrata de cuerpo entero a dichas instancias: en un congreso internacional de policías, como acto final se invita a los miembros de Scotland Yard, la FBI y la PGR presentes, a encontrar cada cual uno de tres ratones que previamente se han escondido en el lugar. A los cinco minutos la FBI presenta a su roedor; a los diez hace lo propio Scotland Yard. Todos esperan que la PGR llegue en cualquier momento, pero transcurren una, dos, tres horas y nada… Hasta que por fin aparece la policía judicial mexicana ¡con un elefante! Los organizadores del congreso preguntan qué pasó con el ratón, y entonces un judicial mexicano increpa al paquidermo, que por cierto luce golpeado y tumefacto: “Diles qué eres”; presa de terror, el elefante grita: “¡Soy un ratón, soy un ratón!”

Si el anterior gracejo puede mover a risa, necesariamente amarga, la realidad mexicana suele ser mucho menos amable, sin importar el caso de que se trate. Los ejemplos abundan, por desgracia, y cítense únicamente algunos recientes: el impune incendio criminal de la guardería ABC; la represión y las violaciones en San Salvador Atenco, no menos impunes; el cuerpo sin vida de la niña Paulette debajo de un colchón en su propia recámara…

Por sinrazones como las anteriores, la comparación es inevitable y, más importante, absolutamente necesaria: respecto a la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, la torpe postura de Jesús Murillo Karam, en aquel entonces titular de la Procuraduría General de Justicia (PGR), a cargo de las investigaciones –torpeza cuya monumentalidad mueve sin remedio a pensar que no era tal sino puro e igualmente monstruoso cinismo–, recuerda al chiste de las primeras líneas y contrasta de manera por demás acusada con el proceder, ése sí serio, responsable y profesional, del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, el GIEI, que desde entonces, es decir hace ya más de tres años, se constituyó como la única fuente confiable de información relativa a los acontecimientos criminales que tuvieron lugar aquella infausta noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, en la que seis personas perdieron la vida y las referidas 43 fueron desaparecidas, sin que hasta la fecha se haya esclarecido no solamente su paradero, sino la totalidad de los hechos ocurridos.

Como lo sabe cualquiera que haya estado medianamente atento al acontecer nacional en los años recientes, el GIEI fue designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para colaborar en el esclarecimiento de aquel crimen, desde entonces resumido en la expresión “los 43 de Ayotzinapa”, dado que las autoridades locales mostraban no sólo impericia sino total incapacidad para llegar a resultados aceptables. En consecuencia, y naturalmente, los involucrados –de manera inmediata, es decir los familiares de las víctimas, pero también ONGs, intelectuales y artistas, e inclusive medios de comunicación no complacientes– solicitaron a aquella instancia internacional su intervención, lo que dio pauta a la presencia del GIEI en México, compuesto por Carlos Martín Beristain, Alejandro Valencia Villa, Ángela Buitrago Ruiz y Francisco Cox Vial.

Lo que expone este volumen, escrito por los miembros del GIEI, es la pormenorización de diversos procesos, comenzando por el que hizo posible la creación del propio Grupo, la exposición de los trabajos realizados a lo largo de un año, así como el aprendizaje obtenido a partir de una experiencia hasta entonces inédita en cualquier parte del mundo, es decir, la asistencia técnica internacional en la investigación, búsqueda de los desaparecidos y la atención a las víctimas en este caso de desaparición forzada.

Aquella infausta declaración del citado Murillo Karam, según la cual su versión de los hechos, de suyo insostenible y plagada de inconsistencias, era “la verdad histórica”, palidece aún más cuando se le coteja con el contenido de este libro. Dividido en seis capítulos, el nombre de cada uno de ellos ya es indicativo de la obligada seriedad con la que el GIEI acometió su mandato: el I, “La experiencia del GIEI”, habla de la creación y el mandato del Grupo, las dos etapas de trabajo y los resultados y la valoración general del mandato; el II, “Equipo, relaciones y funcionamiento”, despliega cuestiones como la configuración del equipo de trabajo, su funcionamiento y metodología, así como el modo más adecuado de enfrentar los intentos de deslegitimación contra el trabajo y el propio Grupo –en lo cual fueron muy activos “periodistas” y “líderes de opinión” virulentos hasta dar asco–; el III se refiere directamente a la investigación del caso: peritajes, hipótesis, obstáculos en el esclarecimiento de los hechos, contaminación u omisión de pruebas, persistencia en teorías del caso poco contrastadas –verbigracia el incendio en el tiradero de Cocula–, omisión de hechos relevantes, acceso a testigos y protagonistas cruciales, investigación de denuncias de malos tratos y tortura…; el IV aborda la atención y centralidad de las víctimas, el V se concentra en la búsqueda de los desaparecidos, y el VI contiene los informes finales y el fin del mandato del GIEI.

Considerando la especialización de las materias abordadas, así como el grado de pormenorización con el que los autores acometen cada paso en la exposición de su experiencia, cualquiera podría pensar que se trata de un libro de difícil comprensión, denso, abstruso, plagado de términos propios de diversas jergas profesionales, pero la realidad es que se halla muy lejos de eso: redactado con el mismo aliento que animó la ejecución de sus tareas en campo, el libro es accesible para cualquiera, lo que hace de él una herramienta útil no sólo para futuras investigaciones sino para cualquier interesado en alcanzar, pero en los hechos, el tan conculcado derecho a la verdad.

 

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