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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Sueño gorilas

El personaje pedaleaba una costosa bicicleta sobre la plancha de concreto hidráulico de la carretera México-Tulancingo cuando cayó herido por una bala de .9 milímetros que penetró entre sus costillas. A los homicidios, calificados o no, de alto impacto o no, que ocurren a diario en el Estado de México, se habrá de agregar éste, del que es víctima el personaje, quien fallecerá en un hospital de Coacalco. En la misma fecha una balacera siega la vida del presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Baja California Sur y de su hijo mayor, hiriendo a la esposa y a la hija menor. Y lo mismo, estas muertes se sumarán a otras del mismo día en ese mismo estado. La avalancha de sangre aumenta y estas son apenas dos marcas más en la instalación de feminicidios, desapariciones forzadas, amenazas cumplidas o por cumplir contra comunicadores no oficialistas, secuestros, extorsiones y demás variantes de la labor mortal cotidiana siempre atribuible en última instancia al Estado, por comisión, omisión o ambas. La avalancha salpica mis sueños y tapiza las primeras planas. Por cierto, con excepción de Ovaciones, que lo destaca a ocho columnas, el enésimo reclamo del secretario de la Defensa por la pronta legalización de sus acciones se pierde en las columnas inferiores de relleno, y no en todos los periódicos.

No es queja, es aviso. Eso que los ciudadanos percibimos como inseguridad ya se convirtió en peligro climatizado para todos, en especial para quienes carecen de escolta, fuero, influencias o esa semilla de impunidad que siembran las organizaciones labradoras de la impunidad –desde los partidos políticos y demás ONGS empáticas con los gobernantes, hasta los comités de manzana y los troqueladores de charolas de prensa, policía y demás sabandijas. Este peligro produce una paranoia contra la cual, también, debe uno precaverse. ¿Cómo? Asumiéndola. Comencemos por la mía. Sueño golpes gorilas, tiroteos, corretizas, asaltos; algo me persigue, se impone en forma de niebla nocturna, construye laberintos, tiende trampas, me engenta y no me permite permanecer junto a la gente que, al revés de lo que me ocurre en la vigilia, me resulta imprescindible durante el sueño. Me asfixia la soledad de mi sueño. Pero sólo es a través de la conciencia y de la aceptación de tal paranoia que puedo observar la situación externa: un desastre que en una sola semana aporta datos suficientes para completar el cuadro de la inseguridad con que empecé este párrafo. Más que cuadro, esto es una escultura, un monumento arquitectónico, una instalación con los alcances del mapa de Borges o de la cartografía de Houellebecq. Porque si el México que gobernaba el alcohólico marido de doña Zavala era una escena de crimen, con el regreso del PRI se volvió fosa clandestina y con los últimos retoques al golpe gorilesco lo que hay no es ya la alfombra roja sino una regadera que ha empapado todo.

El juicio internacional por lo de Atenco me hace dudar de que los gorilas sean un sueño. Si el parlamentarismo usurpa la voluntad ciudadana, el Pacto por México significa un reversazo a los avances formales que se habían logrado muy de a poquito y a fuerza de grandes luchas para restarle al Jefe del Poder Ejecutivo los mecanismos dictatoriales (“presidencialistas”) que usufructuó desde los tiempos de Carranza, Obregón y Calles hasta Salinas… Con Zedillo ya tocaba sustituir el modelo por otro más convincente aunque igual de letal para la cultura democrática, el reparto más o menos a mitades del pastel entre el PRI y el PAN. Sobre esa caricatura de bipartidismo, que alcanzó hasta para domesticar y endulzar a la izquierda electorera, se firmó el Pacto por México, cuyo principal propósito fue garantizar la aprobación legislativa de las llamadas reformas estructurales, consistentes en terminar de privatizar los bienes públicos, lograr para los grandes consorcios internacionales una mayor y más libre explotación de los recursos humanos y naturales de México, así como endurecer las políticas sociales conforme a los dictados del FMI, el BM, la OCDE y demás mecanismos globales de devastación de la vida. Y bien, para que la sazón de este arroz quede al dente, sólo falta la guinda verde olivo que contenga los hervores derivados de la cocción; así, mientras se estanca el gasto en policías se multiplica el gasto militar, se obesa la industria de la rapiña, el manoseo de la justicia y, desde luego, el redondo negocio de la inseguridad.

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