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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Para una genética del reguetón

 

Hasta en los círculos más cultos suena la resignada expresión: “Ha llegado para quedarse.” Buscando salida a lo que parece un cataclismo sonoro, comienzan a fluir justificaciones tipo: “Se trata de un ritmo antiguo que viene de África.” También se argumenta que nace de un movimiento callejero con raíces rebeldes y genuinas cuya temática no siempre fue la de hoy. Esto y más se dice porque, superando los visos de los setenta y noventa, 2017 se recordará como el año en que el reguetón trascendió fronteras para hacerse global y confirmar una sólida estadía. Negarlo sería absurdo.

La pregunta que se impone es, entonces, inevitable: ¿realmente –y como dijera Carl Wilson en su espléndido libro a propósito de Céline Dion– se trata de una “música de mierda”? En aquel ensayo magnífico el crítico canadiense establece un compromiso consigo mismo para formarse una opinión sobre la mítica cantante que, obteniendo un éxito incomparable con el tema de Titanic, también fue símbolo del peor mecanismo comercial en toda conversación cotidiana. Cómoda simplificación, algo parecido ocurre con el reguetón. No se le juzga haciendo microscopía ni separando a artistas de entertainers o mercachifles. Nuestra adjetivación en torno a él produce hiperónimos, generalizaciones que nos hacen perezosos por renuncia a lo que en literatura se llama crítica genética.

¿Vale la pena profundizar en el tema? ¿Nos hemos rebajado abordando el asunto, lectora, lector? Músicos como somos, no podemos soslayar un fenómeno de esta magnitud. Cierto, podemos renunciar al peor reguetón en nuestras zonas de control, pero es imposible cerrar compuertas auditivas mientras vamos por la calle, visitamos zonas comunes, prestamos atención a otros medios y, esto por encima de todo: mientras los melómanos más jóvenes, sin importar su clase social o preparación educativa, se contagian normalizando un consumo poco razonado.

Producto de la combinación entre el reggae jamaiquino y el hip hop estadunidense, el reguetón nace del diálogo natural que Panamá (setentas) y Puerto Rico (noventas) desarrollaron por años gracias al canal interoceánico de uno y el control estadunidense sobre el otro. De origen negro, ambos géneros hierven en el underground y rompen sus núcleos celulares sintetizando al máximo las variantes que nutren a la soca, el calipso y la bachata, reduciendo a la mínima expresión su contenido armónico y melódico para que las improvisaciones vocales sucedan sin riesgos. Primero montado en composiciones preexistentes que se versionaban de manera rudimentaria, el reguetón exacerbó luego sus rasgos híbridos exigiendo tratamientos en donde las programaciones y las temáticas vulgares achataron la potencial originalidad de sus intérpretes.

Los compositores prefirieron una lírica llana –muchas veces ordinaria, reflejo de múltiples carencias sociales– montada en percusiones repetitivas menos veloces que las de sus ancestros (con pulso constante acentuado en 3, 3, 2); acompañada por raquíticas guitarras y teclados a contratiempo; cobijada con “melodías” surgidas en la espiral del raggamofin. Así el reguetón se hizo poderoso, devoró músicas en derredor, llegó a la República Dominicana y a Cuba y se potenció en Miami, donde la industria latina tenía estructuras de sobra para ensayar apuestas. Hablamos de productores, estudios y conocimiento ilimitado para repetir el suceso de “Livin’ la vida loca”, de Ricky Martin, durante los años noventa, pero ahora con el “Despacito”, de Luis Fonsi y Daddy Yankee, una pieza que ha superado los tres mil millones de vistas en Youtube (récord de la plataforma), adoptada por cantantes tan populares como Justin Bieber.

Así, revisando y escuchando los orígenes del reguetón, siguiendo su ruta geográfica y constatando las diferencias entre pioneros (Wasanga, Rasta Nini, Calito Soul, El General, Chicho Man, Shabba Ranks, Dirtsman, Gregory Peck, entre otros) y sus reyes actuales (lo que no requiere esfuerzos notables), se nos ocurre compararlo con géneros que, subiendo en la escala social por la propulsión de los barrios, se adelgazaron formando clichés masivos. Originado en un choque natural de culturas con gente más o menos valiosa, se pervirtió en pos de una generalización deleznable que lo redujo a un ritmo aburrido y primitivo. Desde luego que analizar su baile, vestimenta, festivales y demás aspectos estéticos requeriría espacio que no deseamos otorgar, pues salvo excepciones que lo reivindican (Calle 13, Tego Calderón), lo que abunda nos parece débil. Por ello, y a la manera de Wilson analizando los trasfondos de Céline Dion, concluimos que para hallar el valor real del reguetón hay que dar pasos atrás, sorteando mucha mierda, lo que ayudará a pulir nuestra postura frente al asedio auditivo de quienes dañan sus cromosomas impidiéndole evolucionar. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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