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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Película con selfie

 

Ya debe haber otras, y puede darse por hecho que en lo sucesivo irán apareciendo más, pero el tercer largometraje de ficción de Marcelo Tobar, titulado Oso polar (2017), es la primera película mexicana filmada –acéptese el arcaísmo– valiéndose de un iPhone o, para el caso, de un teléfono “inteligente”.

Al respecto, el primer antecedente que viene a la memoria es, por supuesto, la estupenda Tangerine (Sean S. Baker, EU, 2015), y si bien es evidentemente llamativo y tiene diversas implicaciones el hecho de prescindir, en buena parte al menos, de la todavía costosa parafernalia tecnológica requerida para la confección completa de un filme, lo mejor del asunto es que ambas películas comparten otra característica, más allá de costos involucrados y herramientas empleadas: las dos son buenas. Es una perogrullada pero conviene recordar que si la cinta es mala, poco importa si se filmó con un iPhone, una vieja Super 8 o una Arriflex.

 

DE LA CABULEADA AL BULLYING

El guión es del propio Tobar y lo que cuenta es la historia de un reencuentro con venganza incluida: el primero es el de tres excompañeros desde la escuela primaria que, de un modo u otro, se han mantenido en contacto a lo largo de los muchos años transcurridos, para asistir a una reunión de ésas que llaman “generacionales”; la segunda es la de Heriberto (magnífico, Humberto Busto, en el que hasta la fecha es su mejor desempeño), un hombre treintón de aspecto timorato, voz apocada, mirada perruna y una actitud en la que se combinan lo afable y lo servil, de un modo tan incómodo no sólo para él mismo sino para quien atestigua lo que parece ser una interminable búsqueda de aceptación, que muy pronto en el despliegue de la trama se intuye que el desasosiego reventará, como las cuerdas, por lo más delgado. Y llega el momento en que esa explosión no sólo se intuye sino se desea.

Trujillo (Cristian Magaloni, más que convincente en su papel de valemadres-antipático-egoísta-bueno-para-nada) y Flor (Verónica Toussaint, igual de eficiente como madre soltera, alcohólica medio de closet e irredenta, escapista de su chata cotidianidad) son los excompañeros a los que Heriberto recoge el día de la reunión. Lleva la misma vieja camioneta guayín con la que su madre prestaba un servicio privado de transporte escolar, y esa es la primera de las innumerables referencias al pasado común que se desgranan en esta road movie que transcurre entera en calles y avenidas de una Ciudad de México por fortuna no reconocible por turísticos iconos trillados, sino por una atmósfera y un carácter chilangos fáciles de identificar para cualquiera que haya pisado lo suficiente esta urbe, monstruosa en el más amplio sentido del término.

Las siguientes referencias a ese pasado, bastante poco feliz para Heriberto, incluyen la explicación del título del filme pero, sobre todo, el trato que Trujillo y Flor le prodigan a aquél: dicho en términos coloquiales y adecuados a la época –prediegética– en la que todo comenzó, no dejan de echarle carrilla, lo agarran de bajada sin parar, lo traen de su puerquito, lo cabulean interminablemente… mientras Heriberto, aparentemente resignado y, por momentos, se diría que conforme o hasta contento de ser la víctima de lo que ahora todo mundo llama bullying, aguanta vara.

Salpicada por flashbacks gracias a los cuales el espectador se entera de qué pasó con Heriberto en el dilatado ínter desde los tiempos de la primaria hasta el presente, así como de los asideros emocionales a los que tuvo que recurrir para lograr una autoafirmación evidentemente inconclusa, la trama recorre la ciudad y, ya sea porque la camioneta se sobrecalienta, porque paran en una vinata para comprar chupe o porque terminan en una piquera de donde literalmente podrían salir con las patas por delante, los puntos en los que se detienen van incrementando la carga de tensión, reproduciendo la dinámica social que aprendieron cuando niños pero soslayando que hace mucho dejaron de serlo.

Muy directa en ciertos aspectos y deliberadamente ambigua en otros, la historia va de la humillación al desquite y juega, sin dictámenes sino proponiendo nuevas interrogantes, con la idea de que “infancia es destino”. Quizás es verdad o tal vez no, o sólo parcialmente, o en efecto lo es, pero no al modo maniqueo en el que muchos quieren verlo. Sea porque lo planeó de antemano o por simple hartazgo, Heriberto acaba impartiendo a sus excompañeros y a sí mismo una justicia que quiere ver no sólo merecida sino inevitable, aunque la reivindicación sea nada más para sus propios ojos.

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