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Esther González y lo sacro en el arte

En este breve retrato, la artista originaria de Tampico, de raigambre regiomontana, nos aproxima a la historia no sólo de su vida sino de una etapa artística de México, de su trayectoria. González es artista gráfica, experimentadora en la elaboración de papel, pintora y en los últimos decenios está dedicada en cuerpo y alma al arte sacro. Este sería su autorretrato:

Mi nombre es Esther González, soy artista plástica. Nací en Tampico, Tamaulipas. Suelo decorar mi casa-taller con grandes bandejas de frutas como si fuese una instalación, una acción conceptual cotidiana. Hace poco, una mañana, me encontré en un changarrito, en la colonia Roma, con la voz de un pregonero: “Zacahuil caliento”, gritaba un hombre con las manos a la espalda, muy derechito sosteniendo una cajita de madera en la cabeza, como si estuviera cantando ópera. Fue una aparición casi fantasmal. Se me vinieron en cascada los recuerdos. El zacahuil es un tamal que se hace para las festividades a base de lechón, chiles diversos de la Huasteca y yerbas aromáticas en las que se macera el animalito para luego envolverlo en hojas de plátano. Se mete en una batea y, como la barbacoa, se introduce en un hoyo que hace las veces de horno. Mi memoria echó flor de nuevo en ese platillo regional.

Recordé unas largas y empinadas escaleras que iban de mi casa al mercado, allá en Tampico. No sé si en realidad eran tan extensas como vienen a mi memoria, pero así las veo desde mi perspectiva de niña. Más tarde nos mudábamos a vivir a la ribera del río Pánuco. El caudaloso y ancho río fue la representación de la exuberancia y la fuerza que comenzó a habitar en mi interior. Todo era abundancia dentro de una pobreza sin hambre. Aún veo a los pescadores cargar al catán, ese pescado ancho y largo, enorme, al que partían en trozos. Es tan espinoso que de cada espina surgen racimos de espinas. Medían dos metros o más y, por supuesto, alcanzaba para toda la comunidad. Digo catán y aparece en mi boca el gusto por las guapillas, una especie de agave al que le sale un tallo con hojas rojas, flores y frutos. A veces las encuentro en el mercado de San Juan. No hay fruta con más acidez que la guapilla. Es tan adictiva que se le parten a uno los labios hasta sangrar, pero no puede uno dejar de consumirlas.

La imagen más fuerte de mi estancia a la vera del río Pánuco está concentrada en un árbol que los lugareños reconocen como ébano. Pero no es el ébano africano, sino un pequeño tronco que se estaca para hacer las cercas. Poco a poco la estaca va echando ramas y creciendo hasta formar una valla natural de árboles. Junto a esos cercos arbolados crecían grandes plátanos que no paraban de echar fruta. Es como si mi hogar fuera una casa dispensadora de manjares y de flores, de colores y sabores.

Mi madre era una mujer intuitiva y tenía la certidumbre de que la vía principal para cambiar de mentalidad y de vida es la educación, el conocimiento. Por lo mismo decidió llevarnos a sus tres hijos a estudiar a Monterrey. Me encantaba hacer cuerpos geométricos con papel cartoncillo, sacarle volumen al papel. Ya desde la primaria mis compañeros me pedían que les hiciera sus cuerpos geométricos, y a veces me pagaban por ello, generalmente con fruta o comida. Entendí pronto que ese trabajo, esa habilidad, traía compensaciones, incluso materiales. Mi destreza tenía un resultado concreto; yo lo veía como un don que se expresaba en el dibujo y el trabajo artesanal. Ese trabajo ingenuo y de apariencia inútil, no mercantil, me daba de comer desde la niñez.

En Monterrey me encaminé sin dudarlo a lo que me daba placer y satisfacciones: el dibujo. Conocí entonces a un pintor muy importante que vivía cerca de la casa, Gerardo Cantú. Vivía con su mamá y allí mismo tenía su estudio. Me invitó un café y vio mis dibujos. Extrajo un lápiz y con delicadeza comenzó a rayar y a mostrarme lo que me faltaba por aprender. Me propuso ser su alumna. Le respondí que no podía pagarle y me sugirió un intercambio, los dibujos que le gustaran se quedarían con él. Se me abrió el horizonte y me enseñó una vez más la importancia del trueque, pero ahora no de mi trabajo por comida, sino por el aprendizaje, que es otra forma de alimentarnos.

Ingresé al taller de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Nuevo León y combiné mis conocimientos de dibujo con la enseñanza básica y elaboración de material didáctico para los profesores. Podría decir que junto al universo de la plástica vino otro gran acontecimiento vital: conocí a Guillermo Ceniceros y se inició una conversación amorosa y creativa que no ha cesado hasta el día de hoy.

Mi obra ha marcado diversos caminos que van desde la elaboración de papel, al grabado y la pintura. Pero en todo ello me propongo realizar una dinámica artesanal que derive en un producto de mayor elaboración estética. Por ello quizás la presencia recurrente en mis primeras etapas de formas que representan fósiles o esqueletos, vida en las oscuridades del tiempo, abstracciones biológicas. Desde hace ya algunos decenios mi pintura se encaminó hacia una búsqueda en las formas clásicas, en las escuelas renacentistas o neoclásicas, pero casi sin darme cuenta se instaló en las imágenes medievales y, sobre todo, en el período bizantino.

Creo que después del sismo del ’85, cuando perdimos nuestra casa y nuestras herramientas, nuestra maquinaria, dio inicio esta investigación de los símbolos religiosos, de la representación espiritual en mi pintura, del paso de la historia. Es curioso que mi obra haya viajado, por ejemplo, a Bulgaria, donde el arte bizantino tiene un sitio tan relevante en su cultura. Debe ser porque mi obra no busca una reproducción del pasado sino una recreación de los símbolos, una exploración de sus significados estéticos y religiosos. Por eso me gusta el papel amate, porque sus texturas hablan de un proceso lento y continuo, de los ritmos de la naturaleza en su piel. Lo sacro para mi está en el misterio mismo del arte y de la vida, en la necesidad humana de encontrarnos representados en la memoria aun después de nuestro tiempo. Estoy convencida de que la geometría es la escritura del misterio y el hombre es una mínima fracción de ese movimiento. El arte no se acaba en una artista mientras conserve el hambre de saber, el hambre de ser y de crear.

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