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'La Palabra y el Hombre': sesenta años

Sergio Galindo es un extraordinario narrador, si bien poco leído por las nuevas generaciones. Novelas como El bordo, La justicia de enero, Polvos de arroz, El hombre de los hongos,
Los dos Ángeles y Otilia Rauda son piezas notables de nuestra literatura. Galindo fue también un singular promotor cultural, y entre sus iniciativas están tanto la editorial de la uv –en los años sesenta y primeros setenta, publicó libros que hoy se han vuelto referente imprescindible tanto de los escritores mexicanos como de los hispanoamericanos– como la revista La Palabra y el Hombre, modelo de esas revistas de “extensión universitaria” que difunden bien la literatura, el arte y el conocimiento. Recientemente apareció el número 39 de su cuarta época, con el que se celebran sesenta años de existencia de la revista, y que tiene en el narrador Mario Muñoz a su “encargado de la dirección”. La más longeva de las revistas de este tipo es naturalmente la Revista de la Universidad, que se empezó a publicar en 1930, ahora dirigida por Guadalupe Nettel.

Fue precisamente en los años sesenta cuando ambas revistas La Palabra y el Hombre y la de la unam vivieron su época dorada, la primera bajo la dirección de Galindo y la segunda bajo la de Jaime García Terrés. Ambos supieron conformar equipos con talento, abrir las páginas a nuevos escritores, compaginar su objetivo –difundir la cultura– con su pertenencia a sus respectivas casas de estudio, cosa que, sabemos, no es nada sencillo. La Palabra y el Hombre ha pasado por distintos momentos, no todos buenos, y cuenta entre sus directores a figuras de la literatura veracruzana, como Sergio Pitol y Juan Vicente Melo, narradores de primer orden en el contexto mundial. Me llama la atención, tal vez producto de la impronta que le dio Galindo, que sean muchos más los narradores que la han dirigido –además de los mencionados, Roberto Bravo, Luis Arturo Ramos, Raúl Hernández Viveros y Celia del Palacio, y el hoy encargado Mario Muñoz– mientras que los poetas que la han conducido son sólo tres: César Rodríguez Chicharro, Jaime Augusto Shelley y Jorge Brash.

El número en cuestión, el 39 de la época actual (además de distintas numeraciones ha tenido también diversos formatos), lleva una especie de forro conme-morativo con diversas portadas de las etapas más representativas de esos sesenta años. Ojalá pronto, como lo ha hecho la Revista de la Universidad, digitalicen su acervo y pueda consultarse en línea. Incluye también, como una especie de frontispicio, una notable foto de Sergio Galindo, calculo que de la época del inicio de la revista, debida a la lente de Francisco Beverido Pereau. Y abre con un ensayo de Sara Ladrón de Guevara, rectora de la uv en el que la antropóloga cumple con el objetivo de recordar el nacimiento de la revista, sin ahondar en su historia, pero sí señala un hecho fundamental, La Palabra y el Hombre, junto con la de la unam, participan en el rompimiento con un nacionalismo que se volvía ya un impedimento para el pleno desarrollo de la cultura nacional al ser retórica vacía de sentido.

En efecto, en los años cincuenta, con la aparición de libros como El laberinto de la soledad y El arco y la lira, Confabulario, Pedro Páramo y El Llano en llamas, entre otros, la reflexión sobre el nacionalismo alcanza su cúspide e inicia un nuevo camino. La Palabra y el Hombre tendrá un papel fundamental en esa ampliación del horizonte conceptual. Galindo, cuando crea la revista, recibe un apoyo esencial del filósofo Fernando Salmerón, rector de la uv, y eso le permite, sin tener que desperdiciar tiempo en cuidarse las espaldas de la grilla acadé-mica, establecer una línea y un programa editorial. Ni desatendía el contexto propio ni se olvidaba de mirar lejos. Escritores unos años más jóvenes, como Sergio Pitol y Juan Vicente Melo, que también dirigirían la revista en años posteriores, tendían un puente con la generación de La Casa del Lago, así como otros profesores de la uv lo harían con el grupo hispanomexicano. Veracruz, y especialmente Xalapa, vivirían el momento de su consolidación como ciudad cultural –la “Atenas de por acá”, dice el conocido refrán– que la llevaría contar con una importante tra-dición teatral, musical y museística.

Por ejemplo, Tomás Segovia habló en varias entrevistas de una revista veracruzana, de la cual no recordaba el nombre pero que creía vagamente ligada a un laboratorio médico, donde publicó numerosas traducciones de poesía en los años sesenta y setenta, de las cuales no conservó copia en su archivo, y que en buena medida por la ausencia e imprecisión de los datos no ha sido posible localizar al recopilar sus traducciones. Es probable que esté ya perdida la publicación, pues si a veces las instituciones públicas protegen sus archivos, es mucho más raro que eso ocurra con proyectos privados. Celia del Palacio mevnciona esta problemática al ocuparse del contexto editorial en que crece La Palabra y el Hombre y enumera las publicaciones culturales de la segunda mitad del siglo xx. No son pocas y actualmente, cuando en Veracruz se vive un florecimiento de proyectos independientes con ambición de perdurar, es importante entender que no crece de la nada.

Hoy, a su vez, la estafeta de las revistas universitarias está en publicaciones como Luvina (udeg) y Crítica (Autónoma de Puebla), que muestran la continuidad de notables publicaciones del ramo. Que La Palabra y el Hombre cumpla sesenta años es motivo de festejo. Ojalá –no sé si exista algo ya hecho– algún investigador o un estudiante en vías de titulación se ocupara de hacer una historia de la revista y un análisis de sus índices, de recoger testimonios de quienes aún están vivos y participaron en su nacimiento. Sería una manera de volver a situar en un papel protagónico a la publicación. Y también una manera de homenajear a Sergio Galindo. Es curioso, por cierto, que el fce, que publicó varios libros suyos, no se haya planteado nunca la publicación de su narrativa completa

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