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La Rayuela de Auster
‘4 3 2 1’, Paul Auster, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Seix Barral, México, 2017.
Por Eve Gil

Tras siete años de silencio desde Sunset Park, los abstinentes de Paul Auster recibimos una nueva novela que, en principio, cuesta trabajo aceptar como suya: 4 3 2 1, casi mil páginas, algo que no extrañaría de John Irving pero sí del mesurado Auster. No es la sorpresa mayor, sin embargo: este neoyorquino del alma, nacido en Nueva Jersey, concretó la que sería la Rayuela –o lo más cercano a equipararse con la obra maestra de Julio Cortázar –en lengua inglesa. Otra novedad es que nos presenta una historia –o cuatro versiones de una misma historia– con personajes y circunstancias totalmente apartados de los que solían ser sus mundos insólitos, espontáneos, en cierta forma, oníricos. 4 3 2 1 es, a un tiempo, su novela más experimental y la más asentada en la realidad.

Una sola historia, cuatro alternativas. La Rayuela austeriana no tiene reglas implícitas. La numeración de los capítulos habla por sí misma. Un total de siete capítulos numerados de la siguiente manera: 1.1, 1.2, 1.3, 1.4. El lector elige si los lee por puntos (por ejemplo, los punto uno, postergando los demás) o leer el libro como va, que fue lo que hice. Decir que se trata de cuatro novelas en un error monumental, porque el protagonista, Archie Ferguson, es exactamente el mismo, y también sus padres, su familia en general y su primer amor, Amy. Su naturaleza y caracteres nunca cambian. Lo que cambia son las decisiones que toman, empujados por circunstancias ajenas a su voluntad, o la influencia de personajes secundarios que se cruzan en su camino. El destino tiene alguna injerencia en estos bruscos virajes que constituyen cuatro posibilidades distintas de una misma novela. El marco histórico político es exactamente el mismo en las cuatro alternativas, lo que varía es la percepción –y reacción– de los personajes ante los hechos. Auster ya había experimentado un poco en este sentido con su novela Ciudad de cristal, que, según sus propias palabras, “es una especie de autobiografía imprecisa […] Imaginé de forma exagerada lo que habría sido de mí de no haber conocido a Siri”, refiriéndose a su esposa, la excelsa novelista Siri Husvedt.

Archie Ferguson, el protagonista, nació el mismo año que Auster, 1947, con una pequeña variante –3 de febrero Auster; 3 de marzo, Ferguson. Hijo único de la fotógrafa Rose Adler y del empresario judío Stanley Ferguson, mismo que siendo el menor de tres hermanos saca a su familia de la miseria, ante la indolencia de los mayores. Archie Ferguson es un apasionado del beisbol y de la literatura en las cuatro alternativas, pero su posibilidad de desarrollo en uno y otro campos ha de fluctuar si sus padres se mantienen unidos y enamorados hasta el final; o si su padre perece en un incendio de la mueblería de su propiedad, perpetrado por sus propios hermanos para cobrar un seguro… o si sus padres se enamoran de otras personas y terminan divorciándose… o si Archie es alcanzado por un rayo a los diez años de edad, con lo cual terminaría la historia y a partir de los terceros capítulos, los “punto dos” son una página en blanco.

Ferguson –como se refiere a él el narrador omnisciente– es el mismo en esencia, pero no puede actuar igual ante los cambios drásticos. Amy, su gran amor, pasa por su vida en tres distintas facetas: la virgen pícara con la que, a su vez, perderá la virginidad; querida prima política, a raíz del matrimonio de su madre viuda con el hermano de su jefe, que resulta ser padre de la chica, y la muchacha medio libertina que decide sentar cabeza con él. A consecuencia de uno de esos virajes, el Ferguson del “punto tres” tiene su iniciación sexual con otro chico, pero no dejan de excitarle las chicas. Ser bisexual en la década de los sesenta del siglo XX resulta especialmente complicado. El personaje que sufre mayores alteraciones es su padre, que atraviesa todas las gamas posibles en que llega a percibirse la imagen paterna a cierta edad: el mártir que muere en el incendio por trabajar demasiado, pero ha tomado previsiones para no dejar desprotegidos a su esposa y a su hijo; el ejemplo a seguir, siempre presente en los grandes acontecimientos de su existencia, y el decepcionante progenitor contra el que se rebela cuando descubre que tiene una amante, y se jura a sí mismo no aceptarle un solo centavo nunca más. Los sentimientos de Ferguson hacia su madre no varían, aunque en la parte “punto uno”, una vez viuda, Rose decide abandonar su cómoda –y rutinaria– vida como ama de casa, pese a que Stanley ha dejado todo en orden, y se pone a prueba en el terreno profesional, es decir, como fotógrafa: una mujer tratando de ser alguien por sí misma en plena década de los cincuenta.

4 3 2 1 es un desafío en más de un sentido: no sólo porque se trata de una lectura exigente, que llega a convertirse en una “novela habitable” para quien asume el reto austeriano de ensimismarse en las cuatro alternativas de una misma historia, así como por su invitación a reflexionar en torno a dónde estaríamos, justo ahora, si en vez de elegir este camino, hubiéramos optado por aquel.

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