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La voz sin pausa del 'Negro' Guerrero, cronista de la FIL

El Negro Guerrero había llegado tarde a la presentación de Desarraigos. Lo acompañaba su esposa, una mujer flaca y más alta que él; me recordaba a la Oliva del Robin Williams, la misma que fue la esposa de Jack Nicholson en El resplandor. El Negro era una mezcla de estos dos símbolos hollywoodenses, siempre con la sonrisa y la puntada inteligente a flor de labio con una niebla de sordidez horrenda que se iba apoderando de su ambiente conforme la noche le ganaba al día. En torno a las tres mesas quedábamos menos de una decena de borrachos. Frente a mí estaba Paulino, bebiendo tequila y fumando, moviendo su gordura que lograba borrar gracias a esa jovialidad delgada que mostraba al charlar. Mi hermano Manuel estaba a mi derecha, más alegre y satisfecho que yo por la publicación del libro; él no lograba borrar los estragos del tiempo en su cuerpo, su protuberante abdomen se movía al vaivén de sus anécdotas. Al lado izquierdo, se encontraba Peregrina, un exalumno de la Preparatoria 2 que había logrado despegar como empresario. Las demás caras no las veo con claridad, aunque sí estoy seguro que a la llegada del Negro quedábamos puros hombres porque la aparición de Oliva generó ese tenue cambio, esa ligerísima pérdida de naturalidad de los ebrios cuando sienten la presencia de una mujer, Tarde pero aquí estamos, pinche Febronio, me dijo el Negro mientras nos dábamos un abrazo efusivo.

Nos habíamos conocido tres lustros atrás en la sexta feria internacional del libro. Había ido a visitar a unos amigos que trabajaban en la unidad de asesores del rector y en los pasillos me encontré a Roberto Castelán. Pese a que en nuestros tiempos estudiantiles habíamos pertenecido a grupos políticos enemigos, nos llevábamos bien porque compartíamos el gusto del cine y la literatura. Llevaba conmigo algunos ejemplares del número 0 de la revista Fe de erratas, y le regalé uno. Le echó una ojeada y sin más me pidió que le preparara una selección de textos de estos escritores hispanos que vivían en Chicago para Luvina, la sección literaria de la revista Universidad, Además te voy a presentar a David Guerrero para que vayas a su programa de radio. Desde entonces siempre que iba a Guadalajara procuraba al Negro, no tanto para estar al aire, sino para contagiarme de ese encanto cultural animado.

Los recién llegados se volvieron como planetas; alrededor de Oliva estaban otros dos exalumnos de la prepa y Peregrina, quien de manera abierta intentaba seducirla. A sus diecisiete años, en las fiestas preparatorianas, se valía fundamentalmente de ese baile a la Michael Jackson revuelto con break dance para atraer a las muchachas; ahora como cuarentón reciente, había optado por la invitación del trago y de la ostentación del dinero.

El Negro nos hablaba de la otra fil, que se organizaba en Lagos de Moreno pero que también llevaban a cabo algunos eventos en Guadalajara, Ahora vengo de uno; ahí estaba el Carlos Martínez Rentería hablando de contracultura y de su revista Generación; andaba hasta atrás el cabrón, pero su intervención le salió de pelos. Y siguió hablando de las dos grandes bedetes de la fil, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, quienes tenían una fe ciega en Raúl Padilla, el mero mero de la Universidad de Guadalajara durante los últimos veinte años.

Lo que pasaba alrededor de Oliva al Negro realmente no le importaba; los exalumnos ebrios comandados por Peregrina se sentían con toda la libertad de piropearla. El Negro se levantó al baño y Manuel aprovechó para decirme discretamente que el Negro había movido mal las piezas en un conflicto que había divido al grupo político de la udeg y le habían quitado la Dirección de Radio Universidad, Ahora sólo tiene su programa radial, se mal acostumbró a la vida de director.

Ya era pasada la medianoche cuando el Negro regresó del baño; éramos los únicos en la Mutualista y el mesero nos dijo que ya iban a cerrar, Es lunes y aunque hay fil, no hay gente. Vámonos a mi casa, dijo el Negro, pasamos por chelas y se arma. Sólo nos apuntamos el Peregrina y yo; él dijo que no nos preocupáramos por el alcohol, Denme el domicilio.

Oliva se metió a la parte trasera del Vocho rojo destartalado y yo me acomodé en el asiento del copiloto. El Negro manejaba separado del respaldo y casi pegado al volante, la pata gruesa del armazón de sus lentes resaltaba la ansiedad que emanaba su perfil derecho, dio vuelta en Mezquitán y luego en Juan Manuel y yo me entretenía mirando estas casas viejas en una oscuridad que de vez en vez era atravesada por la luz de un poste, y veía un abarrote con sus anuncios de leche Lala, de pan Bimbo, de cerveza Estrella, del detergente Ariel. Nos bajábamos del coche cuando el bmw del Peregrina se es-tacionó atrás del Vocho, se bajó con una botella de Herradura en la mano, Saca el doce de Modelos, me dijo. Abrí la puerta delantera del bmw y lo tomé. Entramos directamente al patio de la casa, su piso de concreto tenía varios desniveles debido a las raíces de un árbol que estaba en el centro, con un follaje que de seguro por las mañanas interrumpía el curso de los rayos del sol.

Una adolescente salió de un cuarto, Las tres niñas están bien dormidas. Mañana te pago le dijo el Negro. La muchacha asintió y se dirigió a la puerta de salida.

Me senté en una banca de espaldas a una mesa donde recargué los codos mientras el Peregrina me ex-tendía una botella de Modelo. Oliva trajo algunos caballitos para el tequila y un platito con sal, No tengo limones. El Peregrina hizo el ademán para tomar el Herradura, pero ella se adelantó, lo abrió y llenó los cuatro caballitos, Vente a brindar, gritó Oliva y el Negro salió del cuarto de las niñas. Por qué brindamos, por tu libro, por el guanatos que se nos escapa y por el que nos alcanzará. Ingerimos el tequila de un golpe y nos lo bajamos con cerveza. Nadie tocó la sal.

Te quiero enseñar unos poemas, me dijo el Negro levantándose y dirigiéndose a un cuarto sin puerta y con la luz apagada. La encendió y frente a nosotros había un amontonamiento de libros carpetas, pero lo que más llamaba la atención eran las pinturas y los dibujos de artistas tapatíos por doquier; de Kraeppelin, Pacheco, Mariscal, de Campos Cabello… Mientras el Negro hurgaba al interior de las carpetas, Oliva le hablaba de esoterismo al Peregrina; del calendario chino, de que ella era serpiente y el Negro caballo, de que el destino de cada ente sobre el planeta podía descifrarse en el i Ching.

Por fin el Negro encontró lo que buscaba y llamó a su mujer y al Peregrina, Les actuaré varios poemas. Pero primero otro hidalgo. Uno se acomidió con los caballitos y la otra con la botella. Nos satisficimos también con la cerveza, y el Negro tomó una pose ceremoniosa y soltó su voz gruesa y clara de locutor, y a los cortes en el poema los acompañaba con quiebres sutiles en sus brazos, en sus piernas y en su cuello, era como una danza acorde con el ritmo y la melodía que emanaban de sus versos. Su show fue interrumpido abruptamente por un llanto que provenía del cuarto de las niñas. Oliva se dirigió hacia allá y nosotros abandonamos el cuarto y nos encaminamos a las Modelos como si desde muy dentro de nosotros nos empujara hacia ellas una fuerza primigenia.

Nos terminamos la segunda cerveza, ¿Y tu mujer, ya no va a salir? Deja veo, El Negro se dirigió al cuarto, desemparejó la puerta y entró. El Peregrina quedó a la expectativa. A los tres minutos volvió el Negro, Ya se durmió. Es tarde, dijo el Peregrina abriendo una cerveza, ¿te doy un aventón? No, me quedaré un rato más.

En cuanto el Peregrina cruzó el umbral de la puerta de salida, el Negro se me acercó, ¿No se te antoja algo para despertar? Me imaginé dos rayas de coca entrando en mis fosas nasales y el despertar suave casi imperceptible que poco a poco convierte el agotamiento y la somnolencia en brío y vigilia. Pues no estaría mal, eh. ¿Tienes doscientos pesos? Asentí. Déjame avisar, el Negro se levantó se encaminó al cuarto de donde había salido la adolescente y la curiosidad me hizo seguirlo. Sobre el piso había dos colchones, y sobre ellos dormían desparramadas Oliva y sus tres hijas, se agachó para acercarse a su mujer, la besó cariñosamente y le dijo algo al oído, luego con una seña me dijo que nos fuéramos.

Bajamos por la avenida Hidalgo y una cuadra antes de llegar al mercado Corona dio vuelta a la izquierda. No habíamos hablado desde que nos subimos de nuevo al Vocho, como si los dos necesitáramos la fuerza de ese polvo mágico para que nos volviera el habla; volteé de casualidad y el Negro me pareció un mono en sus mocedades, inteligente y con anteojos, pegado al volante porque estaba aprendiendo a manejar. ¿Cómo me veré yo? Nos estacionamos entre dos camionetas cargadas de mercancías, en ambas cabinas había alguien durmiendo. Batallé un poco para salir del vehículo; un tambo de basura no me permitió abrir suficientemente la puerta. El Negro cruzó la calle y yo lo seguí, la acera estaba impregnada de un olor a granos de maíz, de frijol, de lentejas, de habas, de ajonjolí. Tocó en una puerta blanca que tenía partes de la pintura descarapelada. Abrió un hombre alto, enjuto, de barba desaliñada y con gafas. Pásale, Negro. Traigo un acompañante, Salvatore. Avanzamos por un pasadizo lúgubre hacia una recámara improvisada en la parte más ancha de un pasillo. Al fondo se divisaba un cuarto más amplio en el que alcancé a ver una estufa, una mesa, un refrigerador. Salvatore encendió una lámpara y se sentó en una camilla portátil recargándose contra la pared. Hasta ese momento me vio y me reconoció. ¡Febronio!, ¿no te acuerdas de mí, soy Chava; nos conocimos en Ajijic con Noris y con Miguel, qué fiestas aquellas. Yo me acordaba de Noris y de Miguel pero no de él, Aquí vienen varios amigos tuyos, como estoy en el mero centro y les fío, recalan seguido. Me extendió un cuaderno abierto en unas páginas con nombres enlistados, Échale un ojo, vas encontrar a muchos conocidos, ahí también está el Negro, ya me debes un madral, pinche Negro, ¿me vas a dar algún abono? Te voy a dar cien, le dijo extendiéndole el billete de doscientos, y prepara uno para Fe-bronio y otro para mí. Mientras Salvatore mezclaba unos polvos blancos con otros amarillentos, nos sentamos en unas cubetas de pintura vacías ubicadas al inicio de esa recámara improvisada. ¿Listo Febronio? Se me acercó con un bote de cerveza Tecate vacío que tenía un orificio hecho con un clavo como a un dedo de la base, Pon tu boca en la boquilla de la Tecate y absorbe mientras yo voy quemando el polvo. Lo puso a ras del orificio y le acercó la llama del encendedor; aspiré y sentí como si un metal hecho humo estuviera ingresando en mis pulmones, me asusté y fingí tos, Síguele tú, Negro. Me arrebató el bote y le pidió el encendedor a Salvatore, Ponle lo que queda del de Febronio y dame el mío. Salvatore procedió y luego regresó a sentarse a su camilla, y mientras el Negro fumaba, Salvatore encajó una llave en el montículo amarillento, la reclinó un poco, la levantó, se la colocó en una de las fosas nasales, inhaló y luego se metió a la boca la punta de la llave y la chupó. ¿Y qué sabes de Miguel?, me preguntó. Hace como diez años Noris me dijo que vivía en una comunidad indígena del Perú, que ya se había casado con dos quechuas. Cuando el Negro terminó, sentía que el aire se me oxidaba en los pelos de la nariz, en la lengua, en la garganta. De regreso a la salida, el Negro le pidió a Salvatore que le fiara uno para quemarlo al rato, Tráeme otro abono de cien y te fío dos; hay que cuidar el negocio, ¿verdad, Febronio?

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