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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Artes en China: Museo Guggenheim de Nueva York (I DE II)

El arte contemporáneo chino comenzó a llamar la atención a principios de la década de los noventa en las bienales de Venecia y Sao Paulo; actualmente ocupa un lugar en las primeras filas del mercado del arte internacional con artistas que se cotizan a precios exorbitantes. Hacia principios de los años ochenta, el panorama de la creación artística china dio un vuelco vertiginoso cuando una serie de creadores de diversas regiones del país comenzaron a comentar y criticar los modelos culturales impuestos por Mao Zedong. Había una cierta libertad de expresión que propició que estos noveles artistas incursionaran en la exploración de toda suerte de técnicas y medios para construir obras y acciones cargadas de significados políticos y sociales. El Museo Guggenheim de Nueva York presenta actualmente Arte y China después de 1989: Teatro del mundo, la exhibición más ambiciosa que se haya organizado en América. Integrada por 150 obras de setenta y un artistas, la muestra se despliega a lo largo de las seis rampas en espiral del museo y las dos últimas plantas, lo que significa un extenso recorrido a vista de pájaro del panorama artístico desarrollado entre dos fechas emblemáticas: 1989, cuando tienen lugar las protestas de la Plaza de Tiananmen, hasta los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008. Es una exposición tan compleja como fascinante que seguramente marcará un hito en la percepción del arte chino en el imaginario occidental.

La curadora, Alexandra Munro, señala la importancia de tomar como punto de partida de esta muestra exhaustiva el año crucial de 1989 cuando finaliza la Guerra fría, nace internet –que dará lugar a la globalización del arte–, y en China ocurren los sucesos de Tiananmen. Los artistas chinos en esos años estaban profundamente comprometidos políticamente y dos exhibiciones paradigmáticas en 1989 les dan la pauta para expresar sus discursos contestatarios en obras en su mayoría experimentales y conceptuales: China-Avant-Garde, en Beijing, y Les magiciens de la terre, en París. En junio de ese mismo año el ejército chino irrumpe con violencia en la Plaza de Tiananmen dando lugar a la conocida masacre de los participantes –en su mayoría intelectuales, estudiantes y obreros– que se manifestaban contra la represión de un gobierno totalitario y corrupto cuyas reformas económicas habían ido demasiado lejos y beneficiaban a unos cuantos en detrimento de la gran mayoría de la población. Con este acto represor se anula la relativa libertad de expresión que habían conquistado los artistas y muchos de ellos abandonan el país. No obstante, la pulsión crítica en el arte chino no perdió su fuerza, dentro y fuera del país, y hoy podemos comprobar, en exposiciones como ésta, su vigor creativo que no agota temas y recursos para hablar con lenguajes francos y valientes de los cambios que se han dado en ese controvertido territorio.

Una de las obras que me pareció más impactante y sugerente es la primera que atrapa la atención del visitante al entrar al museo, suspendida del plafón en medio del atrio circular de acceso: Parto precipitado se titula la pieza de Chen Zhen (Shanghai,1955-Paris, 2000) realizada en 1999, y que forma parte de la prestigiada Colección Pinault. Este artista desarrolló su carrera en los años ochenta en París y, al volver a su país natal en 1999, sufrió el impacto de enfrentarse a una sociedad totalmente distinta cuyos cambios trepidantes y, hasta cierto punto, irresponsables, estaban provocando el desbalance y desencuentro de una población dividida en la marginación. Es una pieza impactante que barrunta un mensaje que se antoja apocalíptico: se trata de un dragón –símbolo arquetípico de la cosmogonía china– de aproximadamente 20 metros de largo por 1.50 de grosor, que serpentea amenazante en el aire, como una deidad oscura que domina la muestra con su presencia en el centro del universo-museo. El cuerpo de la bestia ondulante está hecho con cientos de llantas de bicicletas, su cabeza está conformada con las partes metálicas de éstas, y de su vientre emerge un enjambre de cochecitos de juguete. Esta obra inquietante es una metáfora ácida del precipitado paso de la bicicleta, principal medio de transporte del pueblo chino por décadas, a la llegada intempestiva de 100 millones de autos que el gobierno planeó para el año 2000. Un cambio brutal –como tantos otros– que el pueblo chino vivió entre la euforia y la ilusión, y el desencanto y la frustración, en el incontrolable proceso de modernización registrado con fidelidad por los artistas.

(Continuará…)

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