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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Música contra demonios

Una preciosa, inmensa hacienda de tiempos de la Revolución, sin teléfono ni televisión. Aquel silencio resultaba en extremo terso, lineal, espeluznante para alguien habituado a dormir con música. Un amigo poeta puso en mis manos el libro Vuelo y otros poemas, de un poeta llamado Kwame Dawes (Valparaíso, México, 2017) cuando externé mi intolerancia al bullicio de la Nada, y me aconsejó leerlo en voz alta, en la soledad de mi habitación bicentenaria, hasta que me venciera el sueño. Comprendí: era música.

Nacido en Ghana, en 1962, Kwame Dawes contaba once años cuando se trasladó con su familia a Kingston, Jamaica. Actualmente vive en Nebraska, en cuya universidad enseña literatura. Dawes, no obstante, es algo más que literato; mucho más que narrador, ensayista o poeta. Pese a ser autor de una docena de libros celebrados en ambos lados del Atlántico, en nuestra lengua se le conoce sólo en su faceta poética, gracias a la admirable traducción de Gustavo Osorio de Ita que captura esta singularidad que hace de esta poesía “orquestación de lo sentido”, como la llama el propio traductor. Que sus poemas pusieran a bailar al Premio Nobel de Literatura, recientemente fallecido, Derek Walcott… que Walcott no dejaba de hablar de él a partir de entonces…Tras ahuyentar mis propios demonios leyendo en voz alta: “Esta noche conozco el miedo que me perseguirá/ con fe y el terror de una familia/ rompiéndose…”, comprendo por qué.

Resulta difícil, más sin tener el original en inglés a la mano, transformar en canciones estos versos que, sin embargo, son caja de ritmos; trabajados en una lengua ajena incluso, si la sensibilidad del traductor se contrapone a su naturaleza traidora. Los poemas de Kwane Dawes son reggae, género jamaiquino por excelencia…pero también góspel (¡mucho góspel!) y folk. Leer los poemas de Kwame Dawes, especialmente en voz alta, equivale a cantar a Kwane Dawes. Bob Marley, sobre quien nuestro poeta escribió una biografía, danzaría enloquecido al escuchar hablar de “muertos, desesperados por curarse”… se habría balanceado al compás de “un poeta se sienta en un antiguo/ bloque de mármol contemplando el pálido/ cielo azul, rasguñando poemas, suaves/ gacelas en un cuaderno”.

En la música poetizada de Dawes localizo tres facetas que pudieran referir a su intimidad, ésa de la que no hablan sus semblanzas que aluden sólo al escritor, al profesor, al editor, al Premio Barnes Noble Writers for Writers: el poeta trasciende a la musa que dicta al oído y la mujer como objeto de adoración o erotización sublimada, y les cede el canto. La Mujer se rebela a la desnudez palpitante y sensual y nos habla desde la heridas, la primigenia y la del bisturí, generalmente ignoradas por poetas varones, “Recorro con un dedo la curva constante/ de la cicatriz bajo mi pecho izquierdo, una marca de algún/ terrible miedo, algo escondido. Toco el seno/ intentando calcular con terror, qué lamento/ debió de arrebatarme ante la noticia.” El cáncer es otro tema recurrente, escasamente abordado –al menos en forma tan explícita y tan íntima– en la poesía. Cáncer, recurrente verdugo que recorre a sus seres amados: “Él cayó tan bajo y la quimio parecía/ una traición. Todo se volvió/ sin importancia, ese pelear, esta/ rebatiña por una cura, una salida;/ estas confesiones de mortalidad/ Oh Jah, Oh Jah, ¿por qué has/ abandonado a tu hijo? Oh Jah”, y hasta en las alusiones a la quimioterapia, las náuseas, la visibilidad del cráneo y de los huesos, está la música; la plegaria en coro, repercusión de tambores que electrizan el cuerpo.

Otros temas abordados por Dawes son la negritud, carga genética de dolor, cadencia y orgullo; versos a su padre que, todo indica, era escritor también, y cuya mención es representada por la campanilla de una vieja Smith Corona. El poema “Herencia”, dedicado por cierto a Derek Walcott, es una meticulosa recreación de los rituales de escritor del padre del poeta, que también podrían referirse al propio Walcott, reencarnación de pintor flamenco, virtuoso acuarelista de paisajes antillanos. En medio de “libros de lona” extraídos de una bolsa, el sabor a pulpa naranja de una papaya y su forma de sujetar el agua mientras escucha “Waltzing Matilda” –“Once a jolly swagman camped by a billabong”–, se percibe el dulzón aroma del cáncer, que bien podría ser la misma “larga enfermedad” que, dicen, mató a Walcott, ésa que nadie nombra pero que Dawes, el virtuoso, ha incorporado al vocabulario poético universal con ritmo sincopado.

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