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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Nace un nuevo género “literario”

En los tiempos de la memoria y la imaginación degradadas por el uso de internet en que las personas parecen ser la extensión sensible de sus dispositivos electrónicos, frecuentemente nos preguntamos por la pertinencia de la lectura. Sin embargo, la “Lectura” es un término bastante ambiguo que contempla un espectro que va de la lectura superficial a la lectura profunda, en el que los géneros literarios también se someten a la tensión del debate. Charles Simic, en un maravilloso y conmovedor ensayo titulado “Los poetas y el dinero”, dice que “en esta época de atenciones breves, la poesía podría acabar siendo la única literatura que la gente lea. Cuando no queden librerías y las bibliotecas hayan sido clausuradas, los enamorados que necesiten un estímulo amoroso adicional tendrán que alcanzar sus iPhones y encontrar un poema adecuado para la ocasión y leérselo el uno al otro. La fuerza de la poesía procede de tales usos prácticos.” Simic apela a una poesía cuya característica central es la brevedad, y la opone a la novela, cuya extensión impide que un lector pueda soportar una lectura sostenida que contrasta con su déficit de atención (dejando fuera del juego a poemas extensos como la Ilíada o Las soledades).

Lo que no advierte Simic es que la poesía no sólo es brevedad, sino profundidad; ya Pound señalaba (hasta el cansancio) que la poesía es “lenguaje cargado de sentido”, y tal parece que el lector moderno (aquel que lee mayormente en formatos digitales) no sólo busca la brevedad sino también la “ligereza”, como lo explica y señala ampliamente Gilles Lipovetsky en su libro De la ligereza, en donde explica cómo ésta es una condición que pasó de ser una característica en ciertas obras a ser nuestra manera de relacionarnos con el arte. No se encuentran en el mismo nivel una frase para aderezar el día del amor y la amistad en una tarjeta (virtual) que un haikú, ambos son breves pero la complejidad que implican los sitúa en polos opuestos.

Lo que el lector moderno está haciendo con la literatura (al leer tanto y tan poco a un mismo tiempo) es dinamitarla para usar las esquirlas (citas); quizá no lea una novela o un ensayo completos, ni siquiera un poema breve, pero sí utiliza una frase o un verso que le conmueven fugazmente para luego re-publicarlo en alguna de sus redes sociales y simular que ha leído. Es cierto, la buena literatura soporta este tipo de mutilación porque nada hay en ella que sobre; lo que olvida el lector moderno es que los versos tienen más sentido cuando se leen junto a aquellos que los preceden y suceden en su contexto original.

De este ejercicio de reciclaje y copy-paste (nieto del collage) está emergiendo un nuevo género “literario” (derivado de una nueva sensibilidad), uno que es ligero (como la ocurrencia), pero que parece profundo (como el aforismo), una nueva retórica que es determinada en gran medida no por quienes la escriben sino por quienes (aparentan) leerla.

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