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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Anonimato

Las visitas familiares en el penal de Pachuca son los domingos. Como todo, las instalaciones ya no padecen la desorganización ni la sordidez de una cárcel. Porque, según me cuentan, a pesar de los cambios anunciados en el país ahí rige una disciplina de cuartel donde sólo se puede oír el silencio de la respiración y las palabras estrictas. Como todo, desde las lonas verde olivo de los tianguis callejeros hasta el clima artificial de los centros comerciales, en el penal hay orden y apaciguamiento rigurosos. No más alborotos ni relajo...

–Muchacha relaja –le decía mi abuela a mi tía consentida cuando ésta desobedecía–. Arrastrada escuincla, diablo de chamaca, salada, incapaz…

Con razón nunca falta quien, en tono de buen consejo o de plano de censura, me critique por escribir tan disperso y de cosas que nadie entiende ni a nadie le interesan. Bueno, caray, a mí sí me interesan y, literalmente, al editor, a mi abuela, a mi padre… Y también a mi mamá y a mi hermana, aunque a ellas no tan literalmente. Además no escribo así por rebeldía ni por relajamiento sino por incapacidad.

Mi incapacidad significa algo diferente de lo que para mi abuela. Se refiere –me refiero– a no poder escribir de otra manera, sobre otros temas, con otro orden. Escribo como me va saliendo de donde sea que me sale esto. Quizá de la angustia del momento, un momento como éste, en que quiero dormir y me desvela el compromiso de mañana. A cada capillita le llega su fiestecita y a este canijo le llegó y lo voy a ver mañana, 3 de febrero de 2019, día en que le íbamos a festejar su cumpleaños a mi nieta mayor. El cumpleaños cayó entre semana y por eso lo pasaron para el domingo, así no la enciman con la fiesta de la Candelaria. Ni modo.

Hizo mucho daño mi amigo. Delató por mala fe a gente que luego resultó no sólo inocente sino aliada. Tiene acusaciones muy graves, aunque más como instigador que como ejecutor, con pleno conocimiento, de actos que pudieron provocar o provocaron matanzas en las avenidas céntricas o en barriadas de construcciones grises, transparentes a las balas y a los gritos de la tropa que ordenaba no moverse, y a los aullidos de quienes caían acribillados aunque no se movieran, sobre todo jóvenes con cara de extraño enemigo que le caía gordo al sargento, al cabo, al raso, caras con ojos que miraban sin terror a los ojos de las armas o, peor tantito, con rabia o con demasiada humildad para ser cierta, para no ser la máscara de un alma vengativa.

Cumpliendo órdenes y a veces por iniciativa propia, mi amigo destruyó, robó, torturó, trajo todo lo que una guerra trae a civiles inocentes, aunque sea invisible, aunque no se declare o se declare mediante una ley de seguridad interior. Una guerra que duró así hasta que quienes dentro y fuera la habían fraguado acordaron el armisticio gracias al cual las cosas han seguido igual aunque él, mi amigo, haya entrado al botiquín de los resanes, al tanque, carnal. Siempre se sabe, y por sabido se calla, que en poco tiempo saldrá libre. Por eso me conviene quedar bien con él. Él tenía título de universidad tecnológica, caray. Si se enroló fue porque no conseguía chamba y cuando la conseguía era una señora soba, inestable, mal pagada. Así que cuando pudo enlistarse lo hizo sin saber muy bien a qué le iba tirando.

Ya no era el ejército el que reclutaba sino la agencia de un mando retirado o algo así, algún prestanombres igualmente innombrable. Así el ejército justificaba ese y otros gastos –sin dar de alta oficialmente a tantísimo elemento ni detallar gastos en rubros igual de inconfesables–, cargándolos a una partida presupuestal de asesorías y servicios externos. Eso sí, el adiestramiento, la preparación académica y militar propiamente dichas, así como la disciplina y la rutina en general eran las mismas de la tropa uniformada. Ah, porque los de nuevo ingreso andaban de civil hasta en donde los tuvieran concentrados, aunque a leguas se les notaba lo sardo en el corte de pelo, en su caminado, en sus modos. A fin de cuentas ellos mandaban y no había forma legal de distinguirlos de cualquier civil. Mejor todavía, los contrataba un privado y cualquier relación directa con los militares quedaba por ley bajo reserva, vetada incluso a los máximos órganos de fiscalización y transparencia, no se diga a la prensa. Así que ahí estuvo él, sin uniforme pero con arma reglamentaria, afrontando obligaciones y riesgos propios de cualquier soldado pero todavía más anónimo que la tropa de infantería, espiando grupos, familias, individuos, reventando asambleas, saboteando manifestaciones pacíficas. Y así.

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