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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Rossini: de Bugs Bunny a los canelones con foie gras

Primero una loción sobre la calva enorme. Luego el masaje coordinado a ritmo de las cuerdas (tarararara, tarararara, tarara, tarara). Manos y patas en la testa preludiando una ensalada multicolor –literalmente hablando– que, limitada por la espuma de rasurar, comienza a mezclarse con dos cucharones acompasados por la orquesta entera. Claro: es Bugs Bunny aprovechándose de un Elmer Gruñón aturdido, entregado a una secuencia infinita de maldades hilarantes. ¿Cómo olvidar esa mítica animación cuando escuchamos la obertura a El barbero de Sevilla (rebautizada por la Warner Bros. como The Rabbit of Seville hace casi siete décadas)?

Melodrama lúdico, la famosa ópera que tributa el simpático conejo sucede –ya con cantantes de carne y hueso– a través de dos actos en que los disfraces, la picardía popular y la ingenuidad del siglo XVIII (aunque fue estrenada en el XIX) se combinan dando como resultado una comedia de enredos ligera, potenciada por la extraordinaria música de Gioachino Rossini (1792-1868). Basada en el guión homónimo de Pierre-Augustin Caron Beaumarchais, también autor de Las bodas de Fígaro y El otro tartufo (musicalizadas por Mozart y Milhaud, respectivamente), El barbero… tiene momentos arquetípicos del bel canto que, ¡albricias!, sonarán de nuevo en México como parte de la celebración por el 150 aniversario luctuoso del compositor italiano.

Conducida la Ofunam por Massimo Quarta –director artístico que recién cumple un año a su cargo–, la obertura de dicha obra ocupará el aire de la Sala Nezahualcóyotl los días 13 y 14 de enero en un inicio de temporada que también ofrecerá entradas a La cenicienta, Guillermo Tell, La escalera de seda, La urraca ladrona y Semiramis. El programa para ese fin de semana contempla, además, Los latidos, de Paganini, con el propio Quarta como solista al violín, lo que suscita mayores deseos de asistencia.

Auténtico hacedor de hits, Rossini supo situarse en lo más alto del género operístico antes de cumplir los treinta años de edad. Esto le valió respeto unánime y un séquito de imitadores. Considerado precursor de un estilo que llevaba al extremo las posibilidades vocales (vibratos, legatos, trinos), cimiento para el clímax ulterior de Bellini y Donizetti, socialité en París y Madrid, amigo de poderosos y ambicioso de altos vuelos, su biografía tuerce por caminos extraños cuando, en la cúspide de la madurez y el éxito artístico, renuncia a la música en pos de una existencia signada por los placeres y la usura. Algo sin precedentes para un compositor de su talla y que en últimos años ha sido bien documentado por uno de los mayores expertos que a nivel mundial hay sobre su figura. Nos referimos al catedrático mexicano Hugo Barreiro Lastra, profesor adscrito al Departamento de Música de la División de Arquitectura, Arte y Diseño (DAAD) del Campus Guanajuato, quien ya recibió reconocimiento en la Universidad Autónoma de Madrid por su trabajo analizando la influencia de Rossini en la ópera española.

Gracias a investigadores como él, decíamos, hoy sabemos que el nacido en Pésaro supo transitar diversas vías exitosamente, aprovechando su carisma y genialidad. Una de ellas fue, por supuesto, la de bon vivant. Se dice que a su mesa parisina llegaban personalidades con distintos títulos nobiliarios, así como destacadas figuras del plano intelectual. De Gustave Doré a Alejandro Dumas pasando por Giuseppe Verdi, entre otros, todos se veían convidados por el compositor y su amigo el chef y arquitecto francés Marie-Antoine Carême, quien le ayudó a perfeccionar, entre otras recetas, la de los cannelloni Rossini. Así es, lectora, lector, hablamos de un plato que perdura en el paladar global por la fusión que implica entre la comida italiana y la gala. Son canelones rellenos con paté de foie gras (hígado de ganso), aderezados con salsas en las que conviven la nuez moscada y la trufa. Buscando aún más nos enteramos de que su creación lo llevó a variaciones como los tournedos de res, también con foie gras. En fin.

Sea como fondo para las locuras de un conejo con ojos a media asta, o sumándole calorías a la pasta italiana, o prestando dinero a duques con intereses del ocho por ciento, o destinando su herencia a la creación de un asilo para músicos jubilados, lo cierto es que Rossini transformó los sonidos del siglo XIX europeo añadiéndole frescura y un virtuosismo de valor inapelable. Vayamos a escucharlo con oídos provocados por la calidad, pero también por el motor de una existencia extravagante –contradictoria a veces– en que la belleza operaba desde un egoísmo particular. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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