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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De cineastas y contrastes

En días recientes tuvo lugar un contraste que no puede uno menos que lamentar: mientras la mayoría de los medios –donde caben los ahora llamados “tradicionales”, los cibernético/virtuales, así como los cuasi personales–, especializados o no en estos temas, festinaban que The Shape of Water, de Guillermo del Toro, acaba de obtener nosecuántas nominaciones a los Globos de Oro estadunidenses, por lo cual se confirma como fuerte candidato a otras nosecuántas nominaciones al Oscar; mientras Unosyotros tácitamente considera una suerte de reivindicación nacionalista colectiva el éxito de un mexicano, y lo festeja como si se tratara de un logro suyo, y habla de eso incluso cuando ni le corresponde ni le preguntan… mientras ese triste remedo de cargada priista tiene lugar, sólo Unoqueotro se desmarca del coro balador para informar que Nicolás Echevarría fue galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Bellas Artes, por su obra en conjunto; obra dedicada de manera consistente, y en palabras del propio Echevarría, “a rescatar la memoria del país, el cual es virgen en mil aspectos”.

No se llame a ofensa la legión de bienquerientes de Del Toro, excelente realizador y simpática persona, que lo anterior no se dice contra el autor de Cronos –por cierto, su único filme dirigido estrictamente mexicano–, sino simplemente para deplorar que las cosas sean como se ven: en la balanza de las apreciaciones de esos bienquerientes, lo mismo que en la de todos aquellos que puedan medrar mediáticamente, siempre pesa mucho más un solo reconocimiento venido de Gringolandia que los asequibles aquí, aun si fueran todos juntos. No es casual, sino sistémico y estructural, que esos mismos corifeos sean los primeros, además de ser los más ruidosos y lapidarios, a la hora de soltarle a quien se deje Su Verdad: de acuerdo con ellos, que al cine mexicano “le falta mucho” para ser tan bueno, digamos, por ejemplo… ¡claro!, como el que hace Guillermo del Toro. Lo mismo daría pensar, en ese caso, que al cine mexicano lo que le hace falta es no ser mexicano, así no fuese más que por los temas abordados; es decir, más allá de la comparación, inane por desproporcionada, entre las posibilidades económicas –y por ende técnicas y de producción– del cine estadunidense y el que se hace acá. Olvidan, esos jilgueros, que sin importar quién lo dirija, el cine hecho en Estados Unidos no abordará jamás un tema o personaje que no le importe o le interese, así sea de refilón, a su público; postura que, por cierto, resulta perfectamente lógica, normal y hasta saludable: he ahí un pueblo que constantemente aborda sus temas, su historia, sus mitos, su cultura en general; que se mira a sí mismo para mejor entenderse.

Lo que no es lógico ni normal, y mucho menos saludable, por más colonizadas que ya estén las entendederas de Mediomundo en México, es que quienes uno supondría capaces de la ponderación y el equilibrio a la hora de hablar de ambos flancos, al final se olviden de uno a favor del otro, y que siempre de los siempres la disparidad acabe desfavoreciendo a lo local.

La construcción de la memoria

Tiene toda la razón Echevarría cuando dice que “la historia de México está por ponerse en la pantalla”. No otra cosa ha hecho él, como sabe quien ha visto, entre muchos otros, los documentales Semana santa entre los coras (1973) Hikure Tame, peregrinación del peyote entre los huicholes (1975), María Sabina, mujer espíritu (1979), Niño Fidencio, el taumaturgo de Espinazo (1981), Memorial del 68 (2007) o al menos Cabeza de Vaca (1990), su mejor y más conocido largometraje de ficción que, por cierto, para volverse realidad debió pasar por una serie de avatares que sólo en México no son un disparate.

No es poco lo que Echevarría ha contribuido a la construcción de una obviamente necesaria, pero no menos evidentemente mal atendida memoria audiovisual mexicana. De preferencia orientado a temas relativos a la historia en general, así como al universo indígena, este cineasta de origen nayarita comenzó hace cuatro décadas y cuatro años una labor en la que debería estar menos solo, que no tendría por qué significar un viacrucis en cada nuevo proyecto, por lo cual debería hablarse de él mucho más de lo que se habla o, si las distorsiones de percepción y la incapacidad autocrítica de Tantos no fueran el cáncer que son, al menos con entusiasmo equivalente al que le provocan la gravedad, los renacidos y las formas del agua.

 

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