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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

El futuro, la esperanza y el aevum

 

En los ríos, al norte del futuro,
tiendo la red que tú
titubeante cargas
de escritura de piedras,
sombras.

 

Paul Celan

 

La noción de futuro en las lenguas fue tardía. Se expresaba en otras épocas, como posibilidad o deseo, en el optativo o el subjuntivo. Su aparición generó una nueva percepción del tiempo que tiene dos caras; una negativa: la convicción de que podemos dominar lo que sucederá y que somos dueños de nuestra historia. En nombre del futuro se han hecho guerras, revoluciones, y se han levantado cadalsos; en su nombre también se han producido las grandes catástrofes del Progreso. La otra es positiva y tiene que ver con la esperanza. Sin la idea de un mañana, los seres humanos, en circunstancias de terror y decepción, no podríamos sobrevivir. La certidumbre de que algo bueno vendrá –una certeza que sólo puede tener sentido por la presencia precisa del futuro en la lengua– permitió a seres como Víctor Frankl y a otros muchos sobrevivir al infierno de Auschwitz, y a Paul Celan vislumbrar la posibilidad de la vida “al norte del futuro”. La resolución de continuar viviendo, cuando todo en nuestra historia es atroz, sólo pudo originarse en la noción de un porvenir, de que el hombre, como lo decía Nietzsche, “es un animal no determinado, todavía no completamente ubicado” en el tiempo.

“No habría historia individual ni social –escribe agudamente Georges Steiner– sin las siempre renovadas fuentes de vida que brotan de las proposiciones en futuro.” Probablemente esas proposiciones sean una mentira, la “mentira de la vida”, como llamaba Ibsen al futuro –¿quién, que no esté poseído por la soberbia de la futurología, de los tecnócratas del Progreso o de los fanatismos religiosos, podría afirmar de manera absoluta que habrá un mañana mejor en la historia?–, pero sin esa dinámica compleja de anticipación, de voluntad de vivir hacia adelante, de esa ilusión consoladora de que es posible un mañana mejor, probablemente la salud psíquica y biológica de la humanidad estaría rota, a punto de acabar con nuestra especie. Es precisamente la noción de futuro, estrechamente tejida a nuestra sintaxis, la que permite al ser humano mantener una resistencia tenaz frente a lo irremediable, a veces más allá de su propia conciencia; es ella también, en lo que guarda de esperanza, la que nos permite, en los momentos más hondamente oscuros de nuestra existencia, cuando sentimos que la única salida es la desesperación y el suicidio, salir a la superficie. “Si éste no fuera el caso –dice Steiner–, si nuestro sistema de tiempos verbales fuera más frágil, más impenetrable y filosóficamente menos sólido en su final siempre abierto, tal vez no seríamos capaces de durar.” Gracias al futuro los seres humanos podemos, incluso, si no olvidar, sí, al menos, relativizar la condición absoluta de nuestra propia muerte y estar abiertos a una grata sorpresa, a una promesa de que algo nuevo y pleno en su bondad y su felicidad nos aguarda en el momento inexorable del final.

Hay, sin embargo, un tiempo que la estructura de nuestras lenguas olvidó, un tiempo que pertenece a la espiritualidad profunda. Tomás de Aquino lo llama aevum. No el tiempo presente, tampoco el del pasado ni el del futuro, sino el del aquí y ahora. Para explicarlo, Iván Illich recurrió a una metáfora de Petrus Hispanus –un espiritual del siglo XIII que escribió un manual de lógica llamado Tractatus, fuente de inspiración del Tractatus, de Wittgestein. Los seres humanos, escribe Illich recordando a Petrus, “estamos sentados sobre el horizonte, es decir, sobre una línea que pasa entre nuestra nariz y nuestra espalda. Una parte de nosotros está sentada en el tiempo, la otra en el aevum”. Ambas están sostenidas por el amor, sin comienzo ni fin, un tiempo donde el futuro dejó de existir porque su salud está presente en la experiencia misma del amor, un tiempo que rompe el cronos en el que transcurrimos y que, a falta del aevum, el futuro hace habitable. Sin el aevum y sin el futuro, nuestra vida en el cronos se marchitaría como la vida de los condenados al infierno que describe Dante en su canto X: “enteramente muerto estará nuestro saber cuando del futuro quede cerrada la puerta”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

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