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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

En el Cuaderno de exploración teatral (Cuadernos de ensayo teatral, 34, Paso de Gato) hay varios testimonios de obvia visión fenomenológica de una experiencia escénica que no se tamiza bajo un orden teórico, sino en la alternancia con los textos más técnicos y teóricos. El testimonio de Berta Hirtiart permite observar el pensamiento de un creador en el momento mismo de actuar y asociar sus intelecciones desde un mirador autorreferencial.

El título de su indagación (¿autobiográfica?) es, simplemente, “Testimonio”. Es de observarse que la actividad teatral que se realiza en la escuela define la participación futura de la niña Hiriart, quien se convierte con el paso de los años en un gestor y difusor de la actividad teatral, particularmente en contextos donde el teatro tiene una función terapéutica en lo individual y lo colectivo. Desde un espacio civil se suma a la tarea de ir a Erongarícuaro, Michoacán, para ofrecer “vivencias formativas que en general no brinda la escuela”.

La experiencia que transmite consiste en referir la emoción de la creación cotidiana en colectivo, la dramaturgia a muchas manos y, finalmente, su tránsito a la puesta en escena sin que la representación sea una meta de codicia, un punto de llegada, sino únicamente parte de un proceso que continúa sin que alguno de los momentos sea el privilegiado para la alegría de crear.

El texto que refiero, tengo que advertirlo, es en apariencia de una enorme simplicidad, parece un relato autobiográfico sobre la importancia, la belleza y la vitalidad de participar en un proceso creador colectivo que se llama nada menos que teatro. Son cuatro páginas que podrían equivaler a una cuartilla, pero lo que me interesa destacar aquí es la capacidad sintética para describir cómo se gesta un objeto estético sin importar sus cualidades o trascendencia. Lo importante es cómo surge ese objeto de los procesos que conducen a su consolidación.

Lo primero que se debe hacer es dejar fluir sus orígenes, que pueden venir de un relato, de un suceso de orden histórico, una leyenda, un mito o de una improvisación sobre “un tema o asunto”. En ese espacio creativo lo que se requiere es un guía que tenga la solvencia suficiente para proponer sin tregua opciones, buscar alternativas y “colaborar en las decisiones finales”.

Fascina la simultaneidad de tareas que permite ver la viveza y simultaneidad de acciones que exige lo teatral, como ninguna otra de las artes (piénsese en la música, la plástica, la creación literaria: nada semeja a lo escénico). Por ejemplo, a la par que se imagina el mundo verbal con sus originalidades y al mismo tiempo con lo manido de sus contenidos y temas universales, los temas de siempre, se transita también en la elección de la escenografía, la utilería y vestuario, mientras a un tiempo también se coloca la voz, se exploran las corporalidades en sus coreografías y sonoridades. Son territorios de enorme complicidad, donde nada que pase por la interioridad creativa de cada quien, se calla en el colectivo, a condición de aislarse, de no encontrarse y descubrirse (palabra clave en el mundo de Berta Hiriart) en el conjunto que también manipula máscaras, títeres, juegos de luz y sombra. Todo es sensualidad y modelaje de esa subjetividad tan particular de lo teatral.

Como sucede con la cocina, lo mejor y más nutritivo es lo que está a la mano. Hay que aprender a descubrir que el lugar más oscuro está debajo de la lámpara y hay que aprender a mirar a nuestro alrededor: “todo lo que usábamos para la producción se encontraba al alcance”. Al alcance también los otros. Aquellos que nos reubican, los maestros y los artistas invitados que amplían el horizonte de la interpretación y que se ofrecen como un extraordinario espejo que nos devuelve lo que somos, aumentados o simplificados, siempre enriquecidos.

Pocos espectadores se dan cuenta de que una de las mayores tareas implicadas en el hecho escénico es la lectura, ésa que se realiza en corrillo, transformando el texto en una estafeta que pasa de mano en mano, dando a la voz y la concentración un papel de alta exigencia mnemotécnica y expresiva que conduce a la alternancia de personajes, al sorteo de esas vidas con las que temporalmente se identifica el participante. Aquí nuevamente el guía tiene que rifársela para conseguir textos teatrales: “leíamos pocos textos dramáticos, pues en los años ochenta se publicaba muy poco teatro para niños”.

No concluyo, me detengo aquí para explorar después los vínculos entre teatro y narrativa en esta exposición que gloso con gran placer.

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