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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Artes en China: Museo Guggenheim

de Nueva York (II Y ÚLTIMA)

En la pasada entrega se dio inicio a la reseña de la magna muestra que se presenta en el Museo Guggenheim de Nueva York: Arte y China después de 1989: Teatro del mundo, integrada por 150 obras de setenta y un artistas que revelan el espíritu crítico y contestatario de dos generaciones de creadores que forjaron el arte contemporáneo en ese país entre 1989 y 2008. Al recorrer la muestra redundan las tribulaciones existenciales de los artistas chinos: el rechazo al sistema totalitario, la búsqueda incesante del individualismo y la libertad de expresión, la recuperación de las riquezas milenarias de su pasado artístico e histórico, la indagación en conceptos relativos a la identidad, la tradición y su relación con la modernidad, la cosmogonía y las filosofías zen y budista y –una preocupación persistente– la fusión y el choque del pensamiento oriental y occidental en el contexto de la globalización. Los artistas recurren con gran ingenio a la parodia y al tono sarcástico para ridiculizar las contradicciones del sistema, la propaganda institucional y la burocracia administrativa, haciendo uso del absurdo y del humor negro –ácido– como vehículo para ejercer la crítica social.

La fotografía ha sido uno de los medios más eficientes para registrar los cambios vertiginosos de la sociedad, como es el caso del trabajo de Liu Zheng (1969), quien realizó a lo largo de ocho años la serie titulada Los chinos –en referencia al famoso trabajo del fotógrafo suizo Robert Frank conocido como Los americanos, en el que documentó al pueblo estadunidense en la postguerra. Se trata de un mosaico amargo y conmovedor de retratos que dan cuenta de la nueva sociedad china en la que la brecha entre las clases se hacía cada vez más profunda. En ese lenguaje críptico y hasta grotesco surge un nuevo realismo en la pintura, con exponentes como el celebérrimo Zeng Fanzhi (1964), quien forma parte de la lista de los diez artistas vivos más caros del mundo. Con una técnica pictórica impecable, este renombrado pintor abreva en las fuentes del arte occidental como el expresionismo alemán –Max Beckmann, Käthe Kollwitz, George Grosz– así como del realismo desgarrado de Francis Bacon, para crear escenas demoledoras inspiradas en hospitales y carnicerías. En el extremo opuesto está el lenguaje poético de Lin Tianmiao (1961) –una de las pocas mujeres en la muestra– cuya creación consiste en objetos de uso cotidiano que recubre en su totalidad con hilos de algodón en un proceso increíblemente delicado y exquisito. Su pieza Cosiendo es una máquina de coser de la era maoísta que representa uno de los objetos de consumo más populares en la China de los años setenta, metáfora también de la potente industria maquiladora en el país asiático. Un vídeo proyecta sobre la máquina la imagen de unas manos femeninas en el proceso de la costura, un guiño sutil y elegante a uno de los oficios femeninos por excelencia.

Previo a la inauguración, la tan esperada y promocionada exhibición se vio envuelta en un zafarrancho a causa del contenido de tres piezas que fueron condenadas por las asociaciones protectoras de animales. Una de ellas, justamente la que dio el nombre a la exhibición –Teatro del mundo, del controvertido artista conceptual Huang Yong Ping (1954)–, incluía reptiles e insectos vivos, y otros dos autores registraban en vídeos acciones violentas filmadas con animales. La curadora hizo hasta lo imposible por defender la participación de las piezas que ya habían sido exhibidas anteriormente en otros museos, pero las amenazas llegaron a tal punto que se decidió retirarlas “por la seguridad de los visitantes y del equipo del museo”. “Cuando una institución de arte no puede ejercer su derecho de libertad de expresión, resulta trágico para la sociedad moderna”, opinó el artista y activista Ai Wei Wei, también presente en la muestra y quien ha sufrido la represión del gobierno chino en repetidas ocasiones. Me pronuncio una gran admiradora de la calidad ética y moral del arte de Ai Wei Wei, pero en este caso no concuerdo con él. Desde mi punto de vista, las obras en cuestión sí involucran a los animales en situaciones violentas que van más allá de la libertad de expresión en la creación artística. El debate queda abierto y esta ambiciosa muestra –seguramente irrepetible– es un testimonio invaluable del arte, la política y la historia de la que, al parecer, es hoy la primera potencia económica del mundo.

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