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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

La reseñista

En su “lección inaugural” de ingreso a El Colegio Nacional, un crítico literario más conocido por su misoginia que por sus aciertos profesionales, aludió en tono despectivo a “una reseñista británica, una tal Zadie Smith”, y la volvió a citar, op cit, en alguna de las entrevistas enmendadoras de su –irreparable– mala reputación. Ignora, o pretende pasar por alto, que se trata de una de las más populares novelistas británicas de todos los tiempos… posiblemente la más celebrada desde Virginia Woolf, en la que es imposible no pensar cuando enfrenta uno la pulcra y artística prosa de esta habitual colaboradora de The New Yorker Review of Books.

“¿Qué hemos hecho para merecer a una joven novelista tan brillante, tan ingeniosa, tan viva?”, clama un crítico desde la revista Lire, refiriéndose a Zadie Smith, nacida en Londres en 1975, hija de padre británico blanco y madre jamaiquina, que además de un precoz genio literario –escribió su primera novela, Dientes blancos, a los 21– es judía, de raza negra, proviene de una familia extremadamente feliz –aunque las familias disfuncionales predominen en sus historias– y es madre de dos hijos. Su sueño era convertirse en la Ginger Rogers negra, pero terminó siendo alabada por Salman Rushdie, su declarado fan. Actualmente radica en Nueva York, y junto con su esposo, Nick Laird, trabaja en una ópera sobre Kafka.

Zadie, “Sadie” en realidad, modificó su nombre desde los catorce años porque la z le confiere más exotismo. Sin haber ingresado a la universidad se inscribe en un taller literario donde empieza a redactar Dientes blancos, novela en la que aborda la generación de sus padres, si bien, aclara, éstos no se parecen a sus católicos protagonistas, excepto en su exuberante diversidad étnica, una constante en su novelística. En El cazador de autógrafos retoma la multirracialidad y el multiculturalismo, que forzosamente la lleva a confrontar el racismo y los conflictos ideológicos entre judíos y gentiles, además de retratar a su propia generación con nitidez vitriólica; esos veinteañeros en los umbrales del siglo xxi no son muy distintos a los que en su momento definió la “Biblia” de los nacidos en los sesenta, Generacion X, aunque Zadie rebasa al estadunidense Douglas Coupland en complejidad y humor negro. Reelabora el discurso y el pensamiento de su generación que sigue siendo la X, con un pie en los llamados millennials, a través del protagonista de esta segunda novela, Alex Li Tandem, un joven londinense mezcla de chino y judío. Alex, como la propia Zadie, ha crecido en el populoso barrio londinense de Mountjoy. Ni él ni sus amigos son precisamente exitosos, y menos aún, ambiciosos, con excepción de Rubinfine, que de niño prometía ser un rufián y termina siendo rabino. Los personajes de Zadie parecen abducidos por la parafernalia globalizante; “internacionales” los denomina. Mientras que los jóvenes de los ochenta –en medio del azote del sida– y los noventa “pizcaron” en lo retro para incorporarlo a su moda (las faldas volantes tipo Grease de los cincuenta; el “grunge” neohippie de los noventa), los de principios del siglo XXI emprendieron una faena de recuperación del pasado y crearon la diversidad vintage, que se refleja tanto en sus gustos musicales como cinematográficos: ¿o es que acaso las salas de cine no continúan atiborrándose con cada nueva entrega de Star Wars? No nos extrañe que Esther, la novia negra de Alex, se identifique con Ally Sheedy (actriz juvenil muy de moda en los ochenta), o que el propio Alex se obsesione con encontrar a Kitty Alexander, diva cinematográfica de los cuarenta, de la que está platónicamente enamorado pese a que, a esas alturas, sea una octogenaria.

En Sobre la belleza, preclaro tributo a E. M. Forster, en especial a Howard’s End, Howard Belsey –que no podía llamarse de otra manera– es un académico de Nueva Inglaterra que compite con otro brillante profesor universitario de nombre Monty Kipps, especialista, como él, en la obra de Rembrandt, ambos de origen inglés. Las esposas e hijos de estos adversarios crearán lazos amorosos y afectivos que sirven de trasfondo a su batalla de egos. Y en medio de esta serie de encuentros y desencuentros, incluida una infidelidad de Howard que desata algo más que la ira de su esposa, la formidable negra Kiki de inolvidables 150 kilos de sensualidad, se prefigura la belleza prometida, más en la preciosa visión de Zadie Smith sobre los detalles insignificantes – ¡como el mismísimo Forster!– que en la manifestación como tal de la hermosura.

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