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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De recuperaciones

 

A los veinticinco años –nació en 1953–, José Buil hizo su debut cinematográfico al escribir, dirigir y editar el cortometraje Endre en la ciudad (1977); haciéndose cargo de las mismas tres áreas filmó Mis amigos desempleados (1978) y Apuntes para otras cosas (1979). Dos años más tarde, nuevamente responsable de escribir el guión, dirigir y editar, hizo el mediometraje Adiós, adiós ídolo mío (1981). El mediometraje Conozco a las tres (Maryse Sistach, 1983) dio inicio a su dilatada colaboración entre la también directora y guionista. Antes de escribir y editar Los pasos de Ana (M.S., 1988), Buil fue coautor del guión Ahí viene la plaga, con Gerardo Pardo y José Agustín, editado por Joaquín Mortiz en 1985. En 1989 escribió y dirigió su primer largometraje de ficción, La leyenda de una máscara, y tras escribir el guión para otra cinta de Sistach –Anoche soñé contigo, 1992–, escribió y codirigió La línea paterna (1995) y El cometa (1998). En 2000 hizo el guión, produjo y editó Perfume de violetas (nadie te oye), dirigida por Sistach, primera de una trilogía completada por Manos libres (nadie te habla), de 2005, dirigida por el propio Buil, y La niña en la piedra (nadie te ve), de 2006. Al siguiente año coescribió el guión de El brassier de Emma (M.S., 2007). Transcurrió casi una década hasta que Buil volviera a dirigir, cuando adaptó La fórmula del doctor Funes (2015), un libro para niños de Francisco Hinojosa, y la década entera para que concluyese Los crímenes de Mar del Norte (2017).

 

Las historias de acá

Pese a los altibajos inherentes por un lado a la cinematografía mexicana en general, y por otro a la reinvención personal a la que Buil debió enfrentarse debido a durísimos eventos del ámbito personal, el recuento anterior revela una carrera fílmica de cuatro décadas en donde lo que más destaca es una pasión indeclinable, manifiesta sobre todo en dos vertientes: por supuesto, la primera es el cine en sí; la segunda es un nacionalismo alejado del panfleto y los lugares comunes y, por consiguiente, valioso como jamás podrá serlo el que convenencieramente propugnan partidos políticos, entidades gubernamentales y compañías televisoras.

Tómense sólo tres ejemplos: La leyenda de una máscara, su debut en largoficción, es una de las mejores revisiones fílmicas no del “cine de luchadores” al que hoy Mediomundo quiere hallarle inexistentes cualidades, sino de la dimensión sociocultural del héroe popular en el que cada profesional de la lucha libre se convirtió desde mediados del siglo XX en México, con especial énfasis en El Santo, aquí rebautizado como El Ángel Enmascarado.

Por su parte, el guión de Ahí viene la plaga, que nunca llegó a filmarse, consiste en un amplio e irreverente fresco de época que abarca las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta mexicanos, en el que se mezclan documental y ficción y se da cuenta de quiénes eran, cómo hablaban, qué pensaban, qué sentían, qué deseaban y qué temían los chavos de entonces, hoy adultos o muy.

El tercer ejemplo es el filme más reciente dirigido por Buil: Los crímenes de Mar del Norte aborda nada menos que el evento unánimemente considerado como el “ingreso” mexicano a las ligas de los asesinos seriales: la vida criminal del estudiante de química Gregorio Cárdenas, mejor conocido como Goyo, que hace tres cuartos de siglo –1942 es el año– literalmente estremeció a una Ciudad de México en aquel entonces aún bastante más pacata y provinciana de lo que sus habitantes gustaban imaginar.

Sin los ingentes recursos económicos que suelen verse ya no digamos en las megaproducciones gringas que en estos días invaden las pantallas –aunque vale decir lo mismo para el resto del año–, sino incluso en una comedia nacional estándar, el oficio de Buil le permite lograr una convincente cinta de época: el diseño de arte refleja bien la apariencia visual de los años cuarenta nacionales, desde la vestimenta y el arreglo personal hasta el mobiliario; el habla de los personajes suena convenientemente anacrónica y, redondeando, la fotografía en un blanco y negro altamente contrastado evoca con fortuna al estilo típico del film noir, en el que la cinta debe inscribirse, además de hacerse eco de la estética iconográfica y la idiosincrasia habituales en aquel entonces, poco dadas a los matices.

Tras lo fallidas que habían resultado las dos anteriores propuestas de Buil como director, Los crímenes de Mar del Norte significa, desde la perspectiva de la cinematografía nacional en conjunto, una auténtica recuperación.

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