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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La búsqueda interna

Si en virtud de una filmografía clara y decididamente alejada de posturas complacientes en temas que para otros resultan escabrosos, con o sin razón a Claire Denis ya la perseguían epítetos estilo “provocadora”, “escandalosa” y otros similares, Un Beau Soleil Interieur (Francia-Bélgica, 2017), razonablemente rebautizada en México como Una bella luz interior, no ha hecho sino incrementar esa fama, se insiste, bien o mal ganada, merecida o inmerecida, que es decir justificada o todo lo contrario.

Añádase al rumor mitad comprensible, mitad sólo malediciente que la precede, el hecho de que para esta cinta Denis se hizo acompañar, en calidad de guionista, de la no menos “ave de tempestades” literaria llamada Christine Angot –a quien por cierto está dedicada esta entrega de La Jornada Semanal–, para que la combinación devenga en infaltables e innumerables cuestionamientos al filme, pero no tanto en torno a la forma, el estilo, la propuesta estética ni cualquier otro aspecto estrictamente cinematográfico, sino al contenido, a la historia que se cuenta en sí.

A todo lo anterior súmese un dato que contribuye, y no poco, a la polémica de múltiples aristas en torno a Una bella luz interior: el punto de partida, no argumental sino conceptual, son los Fragmentos de un discurso amoroso, que el también francés Roland Barthes, ensayista, semiólogo y filósofo publicara hace exactamente cuatro décadas, pero que hasta el día de hoy sigue suscitando desencuentros intelectuales de alto calibre, entre quienes sin mucha plausibilidad postulan una idea del amor y lo amoroso que necesita de una profunda revisión, habida cuenta del constante fracaso de sus tesis en el terreno de la realidad, y por el otro lado quienes, como Barthes en los Fragmentos…, identifican –sin deplorar, sino únicamente dando cuenta y haciéndose cargo de dicha condición– precisamente la fragmentariedad del concepto mismo y, por consiguiente, su anclaje en un individualismo, en un estado de soledad cada vez más absoluto y arraigado, que no sólo es consecuencia de esa falta de ligazón entre el sentimiento amoroso y sus objetos –personas, posesiones materiales, situaciones, experiencias, etecé–, sino ambas cosas a la vez: causa y consecuencia, en un ritornello al que cada miembro de la sociedad se encuentra sometido, aun sin ser consciente de que inclusive sus más denodados y honestos esfuerzos por establecer vínculos signados por la estabilidad, la durabilidad y otras “dades”, se hallan condenados a una condición finita y, habitualmente, fugaz.

La trama de Una bella luz interior, cuyo título se revela engañosa e inteligentemente contradictorio, se hace constante eco de las anteriores dicotomías: en el personaje de Isabelle –interpretada por una Juliette Binoche que vuelve por sus fueros de manera intensísima y convincente– se resumen todos los sinos contemporáneos de lo que también podría ser considerado un “fin de la historia”, o una “posverdad” más allá de la idea de lo postmoderno, pero no a nivel colectivo sino estrictamente personal. No son el éxito profesional, ni el bienestar económico, ni la libérrima disposición del tiempo y el cuerpo de uno mismo, ni el nivel cultural requerido para ser en buena medida consciente de la propia conducta y de sus consecuencias… nada de lo anterior es bastante para sacudirse la noción, clarísima en su sorda gravedad, de que la felicidad es asequible sólo de a ratos, y de que para alcanzarla debe uno tragar más de un sapo y, aún, que hay ocasiones en las que la felicidad pareciera consistir en ese sapo, precisamente.

Hábiles como pocas para confeccionar personajes y tramas francamente contrapuestas a eso que suele llamarse “corrección política”, aquí sobre todo en materia de sexualidad, perspectiva de género y feminidad –que no feminismo–, Angot y Denis hacen de Isabelle un reflejo del espíritu de la época contemporánea. Empero, y a diferencia de las multitudes que no se atreverían jamás a la sinceridad consigo mismas, Isabelle pone en práctica, y de manera tan sostenida que se le vuelve vida y pensamiento cotidianos, una búsqueda que sólo por encima, nada más en apariencia, es la del “hombre ideal” –y quienes concluyan tal simpleza deberían leer al menos El incesto y Una semana de vacaciones, de Angot, y por supuesto los Fragmentos…, de Barthes–, pues en el fondo se trata, como el propio título indica, de una búsqueda hacia dentro.

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