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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Berta Hiriart, memoria, literatura y teatro

En esta visión selectiva del breve y consistente Cuaderno para la exploración teatral con niñas y niños, continúo la referencia a la reflexión que la compiladora coloca como parte de los testimonios que sobre la creación escénica, literaria y dramatúrgica, configuran esta aportación tan rica para quienes han decidido encaminarse por las rutas de lo infantil en el teatro y del ejercicio escénico con pequeños que se asoman a la sorpresa de la escena.

Las relaciones entre literatura y teatro son fundamentales desde varios puntos de vista del proceso. El primero –y en el marco factual imprescindible– consiste en apropiarse de un texto a través de la lectura silenciosa, comprensiva y a solas de un material que se pretende entender e interpretar exclusivamente con las herramientas del análisis textual.

También la lectura colectiva forma parte de estas metamorfosis del texto en la interioridad de los participantes. La manera de movilizar el interés consiste en trabajar un cuento breve para leer en equipo. También se puede preparar un fragmento improvisado, hacer una lectura en voz alta o actuar un resumen de algún texto. Hiriart concibe este ejercicio como un espacio de creatividad, de vínculo con la narrativa y el teatro, y como un poderoso estímulo para la lectura. La dramaturga refiere un aspecto que asombra y propone una meditación sobre el papel de la memoria, la rigidez, el esquematismo que caracteriza mucho del trabajo teatral escolar: “nunca montamos un texto memorizado. No sólo nos faltaba tiempo para ello sino que los niños se tensaban ante la dificultad de repetir un parlamento al pie de la letra, en especial si eran largos. Los juegos de improvisación constituían el camino para llevar al teatro las palabras leídas.”

Esta visión coloca la práctica teatral en el territorio de la improvisación y la escritora no deja de señalar que el método de Viola Spolin, con sus jerarquías graduales de la dificultad, era la guía para trabajar con los grupos cuyos desafíos fundamentales consistían en tratar de resolver los problemas escénicos “no intelectualmente, sino en la acción espontánea”, que es donde se echan a andar todas las capacidades expresivas.

Explora un ejemplo que permite llegar a una ecuménica conclusión: son incontables los asuntos que pueden explorarse siguiendo esa técnica que han desarrollado actores, directores y maestros de teatro desde muchas ópticas. Se puede utilizar de muchas maneras, tanto en ejercicios individuales o en parejas, como en equipos o en un grupo grande.

Expone un ejemplo muy interesante por sus posibilidades expresivas, temáticas y simbólicas: un fragmento de Robinson Crusoe, que facilita la exploración sobre el espacio, los objetos que lo pueblan y la metáfora del naufragio y las posibilidades de sobrevivencia que propone, no sólo la individual sino la de la cultura y la imaginación frente a un espacio desconocido y feroz. Cuenta cómo fue la discusión, cómo se construyeron los personajes y cómo se abordó un texto que en apariencia era sencillo, pero que contenía el germen de los vínculos escénicos entre los personajes y las dificultades actorales y coreográficas que presenta ese despliegue de los sentidos, y la intelección de un texto que se ha convertido en una diáspora de sentidos y significados.

Hiriart recupera la experiencia y relata que “una vez terminadas las improvisaciones, hablamos sobre el material que había surgido de ellas, con la mira puesta en rescatar lo más interesante y decidir el suceso sobre el que construiríamos la obra”. Lo que seguía era una lista tentativa de escenas, haciendo un resumen de cada una, era el armado de una escaleta, de una estructura, de un armario donde se colocarían cada una de las corrientes que animarían la puesta en escena.

Al final, la idea fue que cada actor se adueñara del tema, el orden de las escenas, las acciones, los textos que les correspondían a cada uno. Finalmente, una experiencia como la que propone Hiriart consistía en concentrarse en lo que ocurre en el escenario. No existe un espacio más importante que ese. “No hay acción que esté mal en sí misma; los accidentes, equivocaciones y olvidos son el material sobre el que se sostiene la improvisación y permite salir adelante.”

Lo más importante, y que nos deja la lección fundamental de lo teatral: el sentido del trabajo en equipo, el apoyo mutuo que hace de la empresa teatral algo indispensable que construye la confianza en uno mismo y los demás.

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