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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

La curiosidad

La curiosidad mató al gato, se dice con frecuencia como advertencia a quien es proclive a meter las narices donde no lo llaman. No dudo que en ocasiones mate al felino, pero las más de las veces conduce a hallazgos (sobre todo en la ciencia). O También cuando uno anda husmeando en los libros.

Siempre me ha parecido asombrosa la cantidad de páginas que escribió Ignacio M. Altamirano y lamento sentir que no podré leer completo ese mundo de cuartillas. No obstante, cuando tengo “un tiempito” leo algo de él. Me acerco al librero y dejo que sea el azar el que lleve alguno de sus libros a mis manos; en dicho volumen busco en el índice algo que llame la atención, es decir, que suscite mi curiosidad. En esta ocasión me brincó a las manos Paisaje y leyendas. Tradiciones y costumbres de México, y en la relación del contenido: “La noche Buena (Leyendas, tradiciones y costumbres)” y sin pensarlo mucho me propuse recorrer esas cuartillas teniendo presente (y tal vez haya sido el motivo principal) su Navidad en las montañas, además, que, como todos saben, el primer arbolito de navidad en nuestras letras se encuentra en Clemencia, de este increíble y mítico autor, del cual habría mucho que decir pero lo dejaré para otra ocasión. De momento me interesa decir que el texto aludido más arriba me llamó muchísimo la atención desde las primeras líneas, pues al parecer lo mexicano no era la médula.

No se trataba de una crónica costumbrista. El propósito de Altamirano era, lo dice, indagar en el origen de esta celebración, husmeando en la historia y sin dejarse llevar a priori por la idea de que surge con el cristianismo. Hace una revisión etimológica de la palabra navidad, remitiéndola a la latinidad, y posteriormente asienta que tal festividad se remonta “hasta el origen mismo de la Iglesia cristiana de Occidente. Fue instituida por el Papa Telésforo, y puntualiza que "cuando surge la celebración, era movible, pues en algunas partes, la celebraban el 6 de enero, con el nombre de Epifanía”, en otras el 13 de agosto o el 20 de abril, pero “aunque en la cristiandad se celebra el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús”, en realidad la fiesta toma forma cuando el cristianismo vence el paganismo romano y “la gran fiesta pagana que se celebraba en honor del invicto sol se convierte en fiesta del nacimiento de Jesús”.

Papas van y emperadores vienen, y muchos de ellos intentaron hacer una separación absoluta entre la celebración pagana al sol y la del nacimiento de Jesús, pero la promiscuidad prevalece hasta fines del siglo iv. En todo ese tiempo, hay quienes piensan y sienten la fiesta como eminentemente cristiana, no obstante, para otros, como los gnósticos, los maniqueos y los priscilianistas, creen que la Navidad “es una simple transformación de la fiesta pagana de diciembre, Dies natalis invicti soli, como acaba de decir Balzer, de las Brumalia, de las Sigillaria, de las Strenae, etc.”

Por momentos y con discreción hace alusiones a las raíces paganas del catolicismo pero elude abundar al respecto porque sólo le interesa abordar la cuestión de la Navidad; así pasa a la relación con las letras y desde luego a la presencia del tema en los villancicos y otras expresiones líricas, menciona el Cancionero sagrado, de Rivadeneira, a poetas como Lope de Vega, Francisco de Ávila, Francisco de Ocaña, Francisco de Velasco, Andrés de Claramonte y otros. Para esta primera revisión concluye que para él la fiesta de Navidad “no es más que la sustitución de las antiguas Saturnales romanas y de las Sigillaria, así como de la llamada Dies Natalis invicti solis, que eran celebradas en Roma con gran pompa.”

Los romanos se hicieron católicos pero como estaban acostumbrados a celebrar en esas fechas al sol, siguieron haciéndolo, es decir, sucedió algo similar a lo que algunos dicen que fue la sustitución de Tonantzin por la Virgen de Guadalupe.

El texto sigue y analiza también las similitudes de fechas en celebraciones que ocurren en otras partes y no en torno a Cristo, es decir, incursiona por el rumbo de los romanos, los egipcios, los griegos y en la religión de los antiguos mexicanos, que la fiesta solsticial de invierno la solemnizaban con grandes fiestas “y sacrificios humanos en los últimos días del mes Panquetzalistli, según algunos historiadores, o en los primeros del mes Atemoztli, según otros, y justamente en los días correspondientes a los de las Saturnales romanas o a las de nuestra Navidad”.

El recorrido que nos entrega Altamirano es sorprendente por lo completo e inusitado de sus referencias, y por los relatos que hace de las costumbres en diversos países y tiempos. Podría decirse que, apoyándose en San León, concluye que “en su tiempo había en Roma gentes que decían que lo que hacía digna de veneración esta fiesta (la Navidad) era, no tanto el nacimiento de Jesús, cuanto la vuelta, o como ellos la llamaban, el nuevo nacimiento del sol.”

En este caso y volviendo a las primeras líneas, estoy convencido de que la curiosidad no me mató. Y tampoco a ustedes.

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