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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Fin de año

Primero: ¡feliz Año Nuevo! Que este año que comienza esté lleno de salud mental y física para que podamos votar por quien le convenga a la mayoría; que haya dinero para cubrir las necesidades básicas y más; que haya amor para soportar lo que la vida nos traiga y no nos aplaste el desaliento. Sobre todo, lo de la salud.

Te deseo que no des el viejazo, tengas la edad que tengas (el viejazo también puede caerle encima a un joven y dejarle cara de bagre. Es mental) y que puedas reírte de ti mismo.

Segundo: convengamos en que el fin de año no es sino la conclusión de una vuelta de nuestro planeta alrededor del Sol. Para los chinos, la cuarta parte de la población mundial, el Año Nuevo se celebra en febrero. Para los judíos, donde quiera que estén, el Rosh Hashaná tiene lugar en los primeros días del séptimo mes. Para los hindúes, el Diwali es en octubre y para los musulmanes, en el mes de Muharran, por septiembre. El año azteca o Xíhuitl duraba más que el nuestro. Su siglo tenía una duración de cincuenta y dos años, al final del cual se oficiaba una ceremonia que ha de haber sido muy impresionante: el célebre Fuego Nuevo que solemnizaba el Xiuhmolpilli o “atado de años”. En ese día se rompían las estatuillas que representaban a los dioses y se destruían todas las posesiones, tanto sacras como profanas de la familia: ropa, muebles, telares, aperos de labranza. Luego se apagaban todos los fuegos de la ciudad y la gente subía a la azotea. Mientras, los sacerdotes, vestidos como los dioses, caminaban de forma solemne hacia Iztapalapa. Allá, el sacerdote encendía un fuego en el momento en el que las Pléyades llegaban al cenit. Entonces, corredores escogidos ceremonialmente encendían teas en esa hoguera y llevaban el fuego nuevo a todos los templos de la ciudad, de esta misma Ciudad de México. Al día siguiente el pueblo entero comenzaba una nueva vida, con Tenochtitlán limpia como una gota de agua. Pero todo esto sucedía en noviembre, no en enero. Ahora CDMX suele comenzar el año llena de basura de la fiesta del 31, con medio mundo crudo y los platos sin lavar, sucios de romeritos quemados y pavo tieso.

Curiosamente, esa limpieza anual a fondo también es celebrada en Japón, donde se le llama susuharai.

Escribo esto para no dejarme llevar por la idea, enraizada hondamente en mi sistema personal de creencias, de que se ha cerrado un ciclo no sólo sidéreo, sino personal. Claro que las atribuciones con las que hemos caracterizado esa fecha son simbólicas. Los símbolos tienen peso, pero no definen el curso de nuestras vidas. Lo que podemos hacer es eso: usarlos como señal.

Admito que cumplí con todos los rituales de buena suerte y casi nunca funcionaron. He ido con maletas alrededor de la casa, comido las uvas, lanzado globos de Cantoya (nunca más, ahora sé que son peligrosos), comprado calzones rojos y amarillos, barrido la entrada y todo eso. He emprendido limpiezas entusiastas equipada con guantes de látex, delantal comprado ex profeso y botellas de cloro. Lo malo es que la energía nunca está a la par de la voluntad. Las limpiezas terminan siempre antes de tiempo y el contenido de los cajones sigue siendo una mezcolanza.

También he redactado listas de deseos y de propósitos; adquirido tenis nuevos para asegurar mi asistencia puntual al gimnasio, cuadernos para la nueva novela y un etcétera que revela que no sólo soy ingenua, también terca.

Qué más quisiera que decir que el año que termina se lleva con él los temblores, políticos corruptos, delincuentes, a Donald Trump y a todos los de su calaña; aquí, en China y todos los países que hay en medio. Poder decir, “Uy, sí, qué misoginia tan horrible, pero se quedó en el 2017”.

Pero quiero añadir una cosa: 2018 puede traer un cambio. Es decir, podemos cambiar las cosas nosotros, con toda el alma. Será difícil. Somos una sociedad dividida y asustada, que vacila entre la rabia y la indolencia. Pero la rabia no se la merece el señor de junto y la indolencia nos condenará a que las cosas sigan igual. Y en México, que las cosas no cambien significa, quién sabe por qué, un empeoramiento que culmina con la destrucción de vidas y bienes.

Con los sismos lo comprobamos. No contamos con ellos, pero la diferencia la puede hacer el de al lado, otro ciudadano común. No renunciemos a nuestro mínimo poder para cambiar las cosas. Ni al voto, ni a la voluntad de mejorar nuestra vida. Y de nuevo: ¡felicidades!

 

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