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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

El arte inmaterial de Yves klein

Yves Klein: el artista del azul profundo, de la profundidad del azul. Quizás sea por esta característica por lo que más se le conoce a este gran creador nacido en Niza, Francia, en 1928: la invención de un azul ultramarino intenso, brillante, como no se había visto antes. El Azul Internacional Klein (IKB, por sus siglas en inglés) es el nombre que patentó para el uso comercial de su azul distintivo, con el que creó pinturas y esculturas, y también lo utilizó para algunas de sus acciones. La exposición que se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM hasta el 14 de enero es la primera gran retrospectiva en México, integrada por setenta y cinco piezas que dan cuenta de una carrera breve pero prolífica, en la que en sólo ocho años experimentó toda suerte de técnicas y medios nunca antes empleados para reflexionar sobre la condición material del arte y su inmaterialidad. Tanto la excelente museografía como la inclusión de valioso material documental (cartas, dibujos, fotografías, documentos, películas) permiten al espectador hacer un recorrido por el quehacer artístico de Klein y comprobar cómo sus planteamientos teóricos y estéticos marcaron un hito en el arte de la segunda mitad del siglo XX.

En 1950 crea sus primeras obras monocromas en gouache y acuarela sobre papel o cartón, en paralelo a su Symphonie Monoton-Silence (Sinfonía Monotonal-Silencio), compuesta de un solo tono seguido de un largo silencio. Klein consideró su obra musical el equivalente sonoro de la monocromía en su pintura. La muestra toma como punto de partida su primer monocromo pictórico color naranja –Expresión del universo de color naranja plomo– rechazado en el Salon des Réalités Nouvelles, en París. Klein seguirá incursionando en una serie de pinturas monocromas hasta llegar, en 1957, a lo que conocemos como la Época Azul, cuando inventa el IKB y despliega su uso en pinturas y objetos tridimensionales elaborados con esponjas marinas, ramas, biombos, globos terráqueos, y la apropiación de esculturas de la Antigüedad clásica como la Venus o la Victoria de Samotracia, trastocadas por su recubrimiento con el pigmento azul. Ese año presenta en diferentes galerías de París una serie de trabajos que anticipan sus futuras exploraciones: monocromos, esculturas, ambientes, tinas de pigmento puro, y su Escultura aerostática, conformada por 1001 globos azules que se elevaron al cielo el día de la inauguración. La utilización recurrente del azul lo lleva a la construcción de una sensibilidad pictórica, de un campo de percepción que va mucho más allá de la dimensión material de la obra de arte. Esta etapa lo lleva a desarrollar series misteriosas e inquietantes, como los Relieves planetarios y Cosmogonías, en los que también explora las calidades matéricas y lumínicas, hasta llegar a la ambiciosa intervención arquitectónica en el Teatro de la Ópera en Gelsenkirchen (Alemania) y el proyecto de iluminar en azul el obelisco de la Plaza de la Concordia en París. Una de sus series más destacadas es la de Antropometrías, proyecto de pintura-acción realizado con lo que él llamó “pinceles vivientes”, es decir, cuerpos de modelos embadurnados de pintura los cuales, mediante movimientos rotatorios, dejaban su impresión en papeles en blanco colocados en el suelo. Siguió incursionando en este “lenguaje corporal” con el que buscaba imprimir los fugaces “momentos-estados de la carne”. La Antropometría del período azul fue una acción pública en la que las modelos plasmaron su impronta en el papel al ritmo de la Sinfonía Monotonal-Silencio, ejecutada por varios músicos. Otra de sus ocurrencias fue “pintar con fuego” usando llamas de gas que en algunos casos alcanzaban los 3 o 4 metros para dejar en el lienzo la huella del inasible brote de fuego. En el campo de la acción desarrolla su Teatro del vacío y el concepto de impregnación y vacío a través de sus Monocromos en oro y Zonas de sensibilidad inmaterial pictórica en las que cavilaba sobre la evolución del arte hacia lo inmaterial.

Yves Klein muere de un infarto a los treinta y cuatro años de edad en su casa de París. Célebre por sus excentricidades artísticas y un carisma irresistible, deja un importante corpus de obra que va íntimamente ligado a su pensamiento ético y estético, reunido en textos teóricos de una vigencia luminosa. “Mis cuadros no son más que las cenizas de mi arte”, promulgó el artista. Cenizas que son esencia, que son espiritualidad.

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