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Atentado poético
'Atentado celeste', Alejandro Campos Oliver, selección y prólogo de Ricardo Venegas, Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, México, 2017.
Por Ricardo Venegas

Alejandro Campos Oliver (Cuernavaca, Morelos, 1983) apunta con frecuencia que la poesía fue su terapia para superar airoso las vicisitudes de su adolescencia, e incluso hasta hoy día es uno de sus contrafuertes favoritos para los días más aciagos y grises. Para Alex –como le decimos los amigos que lo queremos–, no resulta un “atentado” recobrar los poemas de esta etapa de dudas (adolescencia) cuando él encontró su lugar en el mundo. Aunque sabe que no tiene el genio de Rimbaud, como le han dicho sobre su valor e intención de mostrar sus poemas mozos (otros quienes “hinchados de edad”, tal vez han olvidado su niñez). Para Campos es motivo de orgullo no negar ni esconder lo que publicó en revistas y está consignado en parte en sus primeros cuatro libros que publicó entre 2000 y 2008 con una formación literaria totalmente autodidacta hasta esos años.

Si la poesía permite ver qué y cómo ama cada cual, y comprender cómo habita el mundo; si la adolescencia es cuando de verdad se aprende algo, puedo decir que en esa etapa Alex C. Oliver aprendió a amar la lectura y las palabras, el gozo de la expresión libérrima, la seducción por la belleza eufónica de los actos humanos, el trabajo constante y los misterios de la vida; su asombro por la naturaleza y particularmente por los árboles, el caminar como cantando, la soledad, la docencia, la edición, la sanación, la promoción cultural… En 2000 Alejandro Campos contaba con diecisiete años y como lector compulsivo de poesía –abstraído en su cuarto con las vicisitudes del día a día–, inició por mímesis con estructuras e intenciones poéticas que descubría solo, transfigurando así su derredor doloroso o lo que le asombraba del huerto donde creció y los portentosos mantos acuíferos de su Cuautla. Así descubrió la catarsis liberadora que le proporcionaba la escritura o como él le llama “su poder terapéutico”.

Cuautla, Morelos, ciudad donde residió hasta los veinticuatro años, contaba con por lo menos con doce mil habitantes y en la casa de Cultura de Cuautla, a los diecisiete años, coordinaba en los veranos el único taller de apreciación y expresión literaria que existía en dicha ciudad y, en períodos regulares, una sala de lectura en el Museo José María Morelos y Pavón del entonces Instituto de Cultura de Morelos.

Javier Sicilia cree que justo en el primer poemario el aprendiz de poeta mostrará sus temas y obsesiones futuras. Desde Oraciones temblorosas (2005), Alejandro ha sido fiel a sus temas, a pesar de que no son del gusto de quienes idolatran la ultravanguardia (como si no fuera necesario o parte del trayecto formativo). Cada poemario de Alex es un ejercicio personalísimo por abrevar en nuestra interminable tradición y decantarla.

Hoy Alex ha participado en talleres con una docena de escritores en Ciudad de México y es editor de más de una centena de libros de autores contemporáneos, donde sobresale el probado oficio que ha mostrado en Ediciones Eternos Malabares, editorial independiente en la que ha elaborado varios volúmenes que hoy conforman una serie considerada de consulta imprescindible. Es autor de una veintena de libros (parte de su trabajo traducido a seis idiomas), un apasionado catedrático y gestor cultural, infatigable tallerista y terapeuta en los sistemas más heterodoxos de medicina alternativa, pero sobre todo, es un eterno estudiante que vive para leer, aprender y escribir.

Ojalá que una buena dosis de ingenuidad siga siendo una fuerza natural en el noble corazón de hombre sensible que es Alejandro, para que no olvide nunca que la historia de cualquier sociedad y la historia personal no pueden convertirse en un ingenioso juego intelectual de ficción.

Para fortuna o infortunio de Alex –él sabe desde hace mucho, tal y como lo aprendió de Valéry– la honestidad o “el ingenio sin talento, es bien poco”, y que el talento no es más que esa enorme aptitud para la paciencia.

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