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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Recuentos, ¿PARA QUÉ?

El año recién concluido arrojó la elevada cifra de 175 producciones fílmicas mexicanas. En promedio, es como si se hubiera concluido una película un día sí y un día no. Pero como viene sucediendo desde hace ya algunos años, cuando se rebasó la media centena, ni siquiera la mitad de esas películas fueron estrenadas no sólo comercialmente, sino al menos en festivales.

Así las cosas, fueron solamente ochenta y cinco las cintas mexicanas que el público pudo ver a lo largo de las cincuenta y dos semanas de 2017. Con todo y el enorme rezago, eso da una media de tres producciones asequibles cada quince días, lo cual debió ser suficiente para que cada fin de semana hubiese, mínimo, una película nacional en cartelera. Pero no sólo no fue así, sino que de esas ochenta y cinco, una buena cantidad consistió en rezagos de años anteriores; baste como ejemplo mencionar que La región salvaje, el más reciente, multipremiado a nivel internacional y magnífico largometraje de Amat Escalante, fue producido en 2016 y será hasta este mes de enero que tenga su estreno comercial.

Lo anterior, entre otras cuestiones, da pauta a la pregunta que encabeza estas líneas: tratándose de cine mexicano, los recuentos, ¿para qué sirven? ¿Tiene sentido apuntar siquiera el nombre de esas casi dos centenas de producciones, si apenas un puñado –pero de veras mínimo– de los ciento veinticinco millones y pico de habitantes de este país han podido verlas? ¿Lo tendría si se tratara aunque sea de las “afortunadas” ochenta y cinco exhibidas, considerando que la mayoría de ellas pasaron por la pantalla con una fugacidad que las hizo estar tres días y va pa’fuera, por lo que muy pocos pudieron verlas?

Esta situación, padecida por el cine mexicano desde hace tanto tiempo que a Todomundo ya le parece lo más normal, es como los resfriados, pues el problema está dentro pero aunque a primera vista no lo parezca, la causa viene de fuera –y, claro está, padecer de bajas defensas no ayuda–: el virus se llama cine estadunidense, pero ese cuerpo en el que consiste la cinematografía en México, es decir el ciclo producción-distribución-promoción-exhibición, está tan acostumbrado a vivir malsanamente, que los refuerzos del virus no son recibidos con alarma sino echando porras malinchistas a más no poder: antier se llamó La liga de la justicia, ayer cambió a El último Jedi –y ojalá fuera de verdad el último, por amor de dior–, y mañana trocará en Rápidos y babosos número veintitrés, da lo mismo.

A tal grado se vive con el enemigo adentro, alimentándolo tanto como lo quiera su voracidad, que Unosyotros vive mil veces más pendiente de aquello que suceda en la “Meca del Cine” y sucedáneos, que de lo que acontece frontera hacia dentro. Pero a esa distorsión exasperante debe añadirse la superficialidad con la que atienden los asuntos del patio ajeno: refocilados en la que hoy es infausta suerte de un productor cinematográfico otrora poderoso, le dan el mismo tratamiento epitelial, por ejemplo, a un dato que debería alertar porque influye directamente en eso que tanto les gusta ver y comentar –o, dicho de modo más ad hoc para su modo de pensar, que tanto les gusta consumir–: en días recientes, y salvo los segmentos de noticias y deportes, la compañía Disney absorbió a la Twentieth Century Fox.

En buen español, lo anterior se llama monopolio y se llama, por ende, constreñimiento de la oferta de contenidos y reducción de perspectivas temáticas pero, sobre todo, éticas y estéticas, ahora obligadas a converger en la bien conocida visión Disney, arranciada desde siempre en la promoción de los “valores” estadunidenses más caros, entre los cuales destacan la “decencia” y la “moralidad” tal como las entiende el estadunidense clase media estándar, el paternalismo cultural de Occidente y la asimilación de las “periferias” –véase como ejemplo insuperable Coco, en virtud de la cual Disney-Pixar se apropió, le guste a quien le disguste, de un bien cultural/inmaterial.

Eso es lo que suele y le gusta manducar a Mediomundo, que ni a chistar se anima ahora que su acostumbrada sopa fría será todavía menos variada. A ver a qué le sabe cuando Disney compre Warner y cada película de ésas que plagan las pantallas mexicanas acabe teniendo, intangibles, las orejas de Miquimáus. Mientras eso sucede, el cine mexicano seguirá acumulando invisibilidades o, como por ahí anuncian como si fuera digno de aplauso, se cambian todos a la producción de series tipo Netflix. Sólo que a esta última, como verán tarde o temprano, también le van a salir orejas negras.

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