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Claribel Alegría, Premio Reina Sofía

Donosamente dice el viejo refrán español que por la boca muere el pez: donosamente. Y este adverbio lo uso y lo repito al pensar qué escribir en honor de la nueva premio Reina Sofía, la poeta salvadoreña Claribel Alegría, y recordando lo que hace treinta años le contó José Donoso a la revista Quimera, en Barcelona. Y lo que contó fue que le propuso a la Universidad de Iowa “hacer un taller sobre narrativa latinoamericana”, y le respondieron –“era el año 1965”, añade Donoso– que eso no existía. “Poesía sí –siguió diciendo Donoso–, Octavio Paz, Neruda, Vallejo... pero novela... ellos no sabían ni que existía”. Y concluyó Donoso que también preparó “una antología para la revista Tri–Quaterly, que fue la primera publicada en los Estados Unidos”.

Levanté entonces los ojos de las páginas de Quimera, miré a un rincón de mi biblioteca y me pregunté: ¿La primera publicada en Estados Unidos, en 1965? De ese rincón de mi biblioteca saqué un volumen cuya cariñosa dedicatoria avisa: “este libro que ya merecería estar en un anticuario”. La dedicatoria está firmada por Claribel Alegría y Bud Flakoll.

Era un libro al que yo de todas formas pensaba dedicar un artículo, así es que la lectura de la entrevista con José Donoso sólo actuó como una espoleta de efecto acelerado, o como esa ducha de agua fría que uno necesita a veces para sacudirse la modorra de las buenas intenciones y los proyectos, y poner de una vez por todas manos a la obra. El libro se titula New Voices of Hispanic America. An Anthology, y son los editores y autores de una introducción Darwin j. Flakoll y Claribel Alegría. El sello editorial es Beacon Press, de Boston, y la fecha de edición el año 1962. Repito: 1962. Vide supra la de la antología de Donoso, y sabrán por qué dije que, donosamente dicho, por la boca muere el pez.

Y escribí aquel artículo y aquí lo recupero, en honor de Claribel Alegría en una faceta menos conocida de su quehacer: haber sido coautora de la primera antología que se editó en Estados Unidos abarcando toda la nueva literatura latinoamericana, y de cuya publicación se cumplen ahora nada menos que cincuenta y cinco años, que no son paja ni moco de pavo, como también donosamente se dice en España.

New Voices of Hispanic America es un libro que vi por primera vez en Ca’n Blau Vell, en el refugio mágico de Claribel y Bud en Deyá, en la isla de Mallorca. Fue en enero de 1985, y la carretera de Deyá a Palma estuvo bloqueada hasta el día anterior a nuestro arribo, ¡a causa de la nieve!, algo que los más viejos del lugar (entre quienes todavía se contaba Robert Graves) no recordaban que sucediera desde muchos años atrás. Claribel y Bud hasta habían temido no poder salir a buscarnos al aeropuerto.

¡Qué jóvenes y buenmosísimos se les ve en la foto! –comenté.

¿Sabés de quién es esa foto de la contraportada? –me replicó Claribel, aclarando ante mi silencio: –de Mario Benedetti.

De New Voices of Hispanic America creo que es bastante elocuente el índice, y por creerlo así lo reproduzco íntegro: Juan Rulfo, Rubén Bonifaz Nuño, Juan José Arreola, Rosario Castellanos, Octavio Paz (México); Nivaria Tejera, Cintio Vitier, Fayad Jamis (Cuba); René Marques (Puerto Rico); Augusto Monterrroso, Otto Raúl González (Guatemala); Dora Guerra, Hugo Lindo (El Salvador); Ernesto Cardenal, Alberto Ordóñez Argüello, Joaquín Pasos, Ernesto Mejía Sánchez (Nicaragua), Alfredo Cardona Peña (Costa Rica); José Guillermo Ros Zanet (Panamá); Carlos Castro Saavedra (Colombia); Antonio Márquez Salas, Ida Gramcko (Venezuela); Hugo Salazar Tamariz, Adalberto Ortiz (Ecuador); Blanca Varela, Porfirio Meneses, Sebastián Salazar Bondy (Perú); Augusto Roa Bastos (Paraguay); Mario Benedetti, Idea Vilariño, Ida Vitale (Uruguay); H. A. Murena, Julio Cortázar, Elba Fábregas, María Elena Walsh (Argentina); y Alberto Rubio, Gonzalo Rojas, Eduardo Anguita, Nicanor Parra, Enrique Lihn... and last but not least José Donoso (Chile).

Nada menos que cuarenta y un nombres de los que al menos la mitad son ahora súper consagrados, unas auténticas vacas sagradas de la literatura latinoamericana, incluyendo el de ese José Donoso que en 1962 no era muy conocido más allá de las orillas del Temuco. Pero ¿quién conocía en 1962, fuera de sus respectivos países, o de un área bastante restringida, o bien al nivel de los sabelotodos (y no uso el sustantivo de manera peyorativa sino descriptiva), a Juan Rulfo, a Juan José Arreola, a Tito Monterroso, a Julio Cortázar, a Augusto Roa Bastos, a Mario Benedetti? Y aun a ellos es posible que se los conociese ya en algunos círculos de entendidos y hasta puede que en algunas universidades, si bien esto último me cuesta un grandísimo esfuerzo imaginarlo. Pero ¿y a Ernesto Cardenal, a Gonzalo Rojas, a Blanca Varela, a Idea Vilariño, a Nicanor Parra, a Enrique Lihn... quién los conocía en 1962, y sobre todo, quién hubiese apostado, en 1962, por una posible y feliz perpetuidad de sus nombres en la historia olorosa a olvidos y a descuidos increíbles de la literatura en lengua de Castilla?

Luego de todo lo dicho, supongo que se me entenderá bien qué clase de sorpresa sentí al leer que la primera antología narrativa latinoamericana publicada en Estados Unidos hubiese sido, según confesión de parte, la hecha en 1965, por un autor que figuraba en la editada en 1962 por una salvadoreña y por uno de esos estadunidenses que te hacen seguir teniendo fe en la tierra de Lincoln y de Faulkner. Y vaya por delante que en ningún momento creí que Donoso intentase anotarse puntos como pionero: más bien sospecho que la memoria, ese “obsceno pájaro de la noche”, le jugó una mala pasada.

Amén de ello imagino que se entenderá asimismo por qué pienso que era de justicia dedicarle un artículo a esa primera antología de literatura latinoamericana aparecida al norte del Río Grande. A pesar del cabizbajo torero de su portada, que me hace recordar que las corridas de toros brillan casi por su completa ausencia en esa literatura. Pero esa, diría Rudyard Kipling, es otra historia. Es decir: otro artículo.

 

 

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