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La narrativa sin ficción de Vicente Leñero

En la presentación del número 31 de Material de Lectura (serie ya ancestral de breves antologías literarias editada por la unam desde finales de los años setenta), donde publica cuatro cuentos, Vicente Leñero (1933-2014) se presenta a sí mismo como devoto practicante de una muy clara obsesión literaria: “el ejercicio de una narrativa sin ficción”. Si esto pudo corroborarse con frecuencia a lo largo de su generosa y vasta práctica literaria (acerca de la cual van siendo ya necesarias, como en el caso de Monsiváis, unas obras completas), es también reconocible en ella un hábito que acaso sea difícil asociar al empeño de cronista ya señalado: su innegable afinidad con la experimentación. Dudo que en la literatura mexicana exista un escritor que haya llevado a efecto con tal felicidad tan fecundo maridaje.

Nacido en Guadalajara y formado en el jesuitismo, Leñero es sin duda uno de los narradores más peculiares de la generación nacida en los treinta (ésa que fue dócil a autobiografiarse en los sesenta, obedeciendo a un proyecto tan excéntrico como eficaz de Empresas Editoriales), pues a la naturaleza mestiza de su literatura añadió una práctica periodística de probidad poco común, la escritura de notables guiones para las pantallas chica y grande y una vocación teatral que lo llevó a pergeñar piezas de peculiar fuerza dramática.

Sólo porque no dejó poesía publicada, podemos restarle a Leñero un género cultivado espléndidamente por el otro gran polígrafo de la segunda mitad del siglo xx mexicano, José Emilio Pacheco; pero, como él, fue un autor tan interesado e intenso en su trato con el tiempo presente como con la tradición. Es curioso que su producción literaria vaya de la novela al teatro y otra vez de la novela al teatro en un orden que no parece casual: de 1960 a 1967, novelas (entre ellas El garabato, Los albañiles, Estudio Q); del ‘68 al ‘72 teatro (se destacan Pueblo rechazado y la adaptación de Los albañiles); entre el ‘73 y el ‘79 vuelve a la narrativa (Redil de ovejas, Los periodistas, El evangelio de Lucas Gavilán); regreso al teatro entre el ‘79 y el ‘81 (La mudanza, Alicia, tal vez, Martirio de Morelos), para cerrar los ochenta con novelas como La gota de agua y Asesinato. Claro que ese orden no se mantuvo en su acaso escasa producción de los últimos años y que su debut literario lo constituye, más bien, un libro de relatos, La polvareda y otros cuentos (1959), pero es notable cómo su destreza y versa-tilidad literaria obedecieron a lapsos reconocibles.

Nunca es de fiar el juicio del propio autor sobre su obra, como no lo es, y a menudo peca de injusta, la apreciación que un padre tiene de sus hijos; así, que Leñero abomine de La voz adolorida equivale a su aprecio emocional por La vida que se va. La crítica ha proferido dictámenes diferentes e igualmente equívocos, aunque no entrampados en deudas de amor o desamor. Según Emmanuel Carballo, Leñero impuso “una nueva imagen de lo que puede ser entre nosotros el escritor católico que abandona el sectarismo en beneficio de la comprensión”, observación de orden moral más que literaria, pues nos encontramos frente a un autor cuya obra es casi siempre la puesta en juego de dilemas éticos, de elecciones personales drásticas. Si hizo “de la desobediencia de diferenciar entre periodismo y literatura” su principal aportación a la literatura mexicana, según Alberto Paredes, cabría preguntarse si tal desacato, en primer lugar, define lo esencial de sus novelas, y si el bisturí entre ambas actividades no fue abolido desde el siglo xix por numerosos autores de vastas latitudes.

En todo caso, dos novelas fundamentales de Leñero lo muestran de cuerpo entero como una de las voces narrativas más plenas de la literatura mexicana del siglo pasado: Los albañiles (1964) y Los periodistas (1978). Esta última cuenta, con pasmoso buen pulso dado que el asunto había ocurrido apenas dos años atrás, uno de los episodios más lamentables de la historia del periodismo mexicano: la expulsión, dictada por el presidente Echeverría y disfrazada como decisión de los asambleístas del diario, del grupo comandado por Julio Scherer al frente del periódico Excélsior durante la que fue su mejor e irrepetible época (1968-1976), proyecto del que el propio Vicente Leñero formó parte esencial. Recordar a los numerosos periodistas y escritores que animaron tal período redundaría en una lista interminable de lo mejor de nuestra intelectualidad. La novela recupera, en tono de relato real, los intríngulis, las peripecias, los desmayos anímicos, las trai-ciones alevosas y la integridad moral que registró ese lapso de ocho años.

Los logros literarios de Los albañiles, reconocidos desde su obtención, en 1963, del premio literario más codiciado en lengua española en los años sesenta, el Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, son asimismo numerosos. Ante todo, se trata de una novela po-licíaca que estrictamente no lo es porque, lejos de obedecer a recetas genéricas, aporta a este tipo de literatura precisamente eso, literatura, asunto que ol-vidan muchos practicantes de la creación policial. La estructura, el flujo de narradores, los juegos de pa-labras de espléndido humor negro (el velador de una construcción, don Jesús, que se “vela solito”), son reveladores de la riqueza de planos del texto, que no se deja asir como una novela sobre la locura paranoide de la víctima –pues sus temores resultaron ciertos– ni tampoco como la historia de un asesinato inmotivado, porque muchos son los personajes y las razones que los culpabilizan.

Ingeniero de profesión, actividad que Leñero abandonó desde muy pronto para dedicarse a la escritura, los puentes que establece en la trama de la historia y la meditada construcción de los testimonios que la conforman, dejan ver que alguna sutileza en el peso y equilibrio de los materiales está en la base del edificio narrativo construido por Leñero. El narrador de la obra es avieso, múltiple, huidizo, adopta tonos de voz que ironizan lo que dice, se deja confundir felizmente y de manera fluida con el alter ego del personaje de quien en un dado momento se habla, asume riesgos y anti-cipa anécdotas como quien sabe que el poder de adivinación no pertenece al dominio artístico sino al de la más elemental y taimada taumaturgia. Y así, enhe-brando con pericia la historia, Leñero deviene leñador incansable en el deforestado bosque de la narrativa mexicana de asunto criminal como quien criba en el lugar común la savia de su esencia imperecedera

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