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Las 'Noches áticas' de Aulio Gelio

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Nosotros también hemos cumplido sesenta y tantos años, y a nuestra edad las coincidencias o novedades importan menos que lo que creemos verdadero. Hace tiempo que alcanzamos la edad en la que se lee menos y se relee más: releer es un privilegio que concede la vejez. Ese convencimiento nos ha enseñado que quien procura novedades las halla con más facilidad en los autores antiguos, acaso porque nuestros contemporáneos se asemejan demasiado a nosotros.

No son infrecuentes las ocasiones en que volvemos los ojos al pasado con anhelo, con fervor reverente en busca de consuelo, paz o guía para nuestras vicisitudes y vacilaciones. No es difícil hallarlas en las páginas de la historia, pero sobre todo en las de literatura. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Puede que sí, puede que no. Pero de contado, la lectura es fuente constante de felicidad.

En otra jornada memorable en el curso de nuestras lecturas, en semanas pasadas releímos a un autor menos popular que erudito, cuya influencia renovada sigue derramándose entre un grupo creciente de es-critores actuales. Su herencia ha sido popularizada en los tiempos que corren por los cultivadores del llamado texto breve o texto corto, microrrelato o microficción. Aulo Gelio floreció en el siglo ii de la era cristiana, una de las épocas (98-180 dc) más felices del imperio ro-mano, conducido por las virtudes y habilidades de Nerva, Trajano, Adriano y los dos Antoninos. En esa época –como dejó escrito Edward Gibbon–, el imperio abarcaba una porción considerable de la Tierra y la parte más civilizada de la humanidad.

Noches áticas, tituló Aulo Gelio la obra por la que lo recuerda la posteridad. Pocos libros tan deleitables como la lectura del libro del erudito latino. En el Prefacio –cuya amenidad y juicio revelan la influencia que ejerció en Cervantes– el autor mismo informa que le dio ese nombre por haberlo escrito “en las largas noches de invierno de la campiña del Ática”, durante un viaje a Grecia. Con agudeza y sorna, anota también que adoptó ese nombre en señal de rechazo a los títulos pomposos o cursis al uso, de otros autores griegos y latinos tales como: Musas, Silva, El velo, El cuerno de la abundancia, La colmena, La pradera, El prado, El vergel, Lugares comunes, El puñal, Recuerdos, Pasatiempos...

Todos los textos que componen el libro son breves, siendo ésa su característica principal. Van desde un pá-rrafo de cuatro líneas el más corto, hasta poco menos de doce y media cuartillas el más extenso y único. Los llama “recreos literarios” y los escribía “sin orden ni concierto”, según confiesa, pues a la postre no son más que un caudal de anécdotas, curiosidades, apuntes, vivencias e información del mundo clásico y de sus autores.

Muestra la afición y curiosidad inagotable de aquellos rudos hombres del imperio por temas de todo género, por asuntos terrenales, subterráneos o celestes, como los precios elevados que Platón y Aristóteles pagaron por ciertos libros de su interés; sobre las virtudes del número siete; del temor a los terremotos; o la frugalidad de los antiguos romanos. Para ilustrar, citamos el capítulo referido al estilo de Platón:

Decía Favorino de Lysias y Platón: Modificad o suprimid una palabra en los discursos de Platón; por hábilmente que hagáis el cambio, alteráis la elegancia: haced lo mismo con Lysias y alteráis el pensamiento.

Las Noches áticas están formadas por veinte libros –los poseemos enteros, con excepción del octavo, del que sólo se conserva el índice de capítulos– en los que aborda temas históricos, de filosofía, gramática, geografía, coquinarios, jurídicos, de filología, costumbres y un sinfín de otras materias y curiosidades. Una característica de su estilo es la manera como va introduciendo, como va intercalando entre sus textos una reflexión, un comentario o un chisme o hablilla, que además de su valor intrínseco avivan la lectura o moderan la gravedad de un asunto. Como aquel capítulo en el que narra en un párrafo cómo Demóstenes abandonó el magisterio de Platón para atender la cátedra de un demagogo.

En otro más, al contar las mortificaciones que padecía Sócrates con el carácter quisquilloso de su mujer, concluye con una reflexión de Varrón sobre cómo los defectos son más soportables que los vicios, en un tono y forma en que anuncia a Montaigne. Ensayo, recordemos, si la palabra es reciente, lo que nombra es antiguo.

Ambos autores compartían no sólo proximidad en su visión literaria, sino también la afición por lecturas comunes. En su ensayo “Defensa de Séneca y Plutarco”, escribe Montaigne: “El trato que tengo con estos personajes y la ayuda que prestan a mi vejez y a mi libro formado únicamente con sus despojos, oblíganme a comprometerme con su honor.”

Para aligerar su propio desarrollo narrativo y no detenerse en teorizar, Aulo Gelio prefiere citar lo que han escrito autoridades reconocidas. Entre los latinos, Ennio, Favorino, Varrón, Séneca, Cicerón, Suetonio, Catón, Plinio el viejo, Salustio, Virgilio son recurrentes... y entre los griegos Homero, Aristóteles, Platón, Eurípides, Crisipo, Plutarco... Consciente del mérito propio, no duda en elaborar un cuidadoso índice de su obra en seguimiento de Plinio el viejo.

No son escasas sus enseñanzas. Gracias a sus múltiples citas, fragmentos y referencias, conocemos a autores y personajes contemporáneos suyos y de la época clásica, que de otro modo se hubiesen perdido.

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La literatura latina no fue escasa en la época de nuestro autor, un período en el que proliferaron biógrafos –inspirados por Plutarco y Suetonio–, retóricos y gramáticos. Contemporáneos suyos Fueron Luciano, Apuleyo, Apiano, Marco Aurelio, y reinaban emperadores tan hábiles y diestros en la espada y el buen gobierno como en la cultura y a veces con la misma pluma, como Adriano y Marco Aurelio.Las mayores noticias biográficas que de él poseemos se hallan en su libro. Nace hacia el año 130 dc, en la Galia –según propia confesión– y se cree que muere hacia el 180. Su obra es publicada durante el reinado de Marco Aurelio y por siglos permanece adormecida hasta que el Renacimiento la reivindica. No han faltado críticos que minimizan su trabajo. Agustín Millares Carlo, en su Historia de la literatura latina (Breviario 33, del Fondo de Cultura Económica), reconoce que Aulo Gelio es “el más importante de los eruditos de este período... pero [concluye] no es la de Gelio una obra de valor literario”.

Era un hombre al que importaba la discreción, un ciudadano convencido del provecho y la bondad de las leyes y los hábitos de Roma. Para europeos y americanos hay un orden casi único que antes llevó el nombre de Roma y actualmente es la cultura de Occidente. Su inclinación por la vida y obra de Catón, Escipión africano y Crisipo revelan la medida de su calidad moral. En el capítulo iv del Libro ix confiesa el abandono de ciertas lecturas porque “no pueden contribuir al deleite y utilidad de la vida”.

Fue un hombre enamorado de la lengua, de las etimologías y de la erudición concebida como un juego. Tenía muy presente –lo recuerda en el Prefacio– la advertencia de Heráclito al respecsto: “No es la cantidad de conocimientos lo que enriquece al espíritu.” Y es en el juego y en el regodeo literario donde hallamos repetidos ecos en Cervantes. Los dos apelan continuamente al lector y, en el propósito y la intención del libro, aquel ruega a los lectores que no lo reciban mal y no lo rechacen si encuentran en él algo que hayan leído en otra parte, mientras que el autor del Quijote señala: “puedes decir de la historia todo aquello que te pa-reciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della”.

Se descubre que no fue solamente un sabio afanado en compilar datos curiosos, pues además de la erudición, de la pureza y propiedad del lenguaje, del original estilo, con ese libro el autor crea una forma novedosa de tratar asuntos literariamente, se convierte en precursor avanzado del ensayo moderno y del texto breve.

Precursor o inventor, su arte mayor reside en discurrir o narrar en unas pocas líneas y no más. En ello prefigura a su coterráneo Montaigne, quien diserta sobre un asunto tan vasto como la grandeza romana, en sólo cuartilla y media (ii-xxiv).

Texto bellísimo es el de la supuesta rivalidad y emulación entre Platón y Jenofonte. Gelio trata el asunto en un párrafo de poco más de una página y, luego de exponer las razones de aquella falacia, concluye lo siguiente: “Otros eran los que disputaban sobre superioridad y, en último caso, dos genios superiores que se elevan a la vez presentan siempre apariencia de rivalidad.”

En otros capítulos anota que la avaricia encierra todos los vicios; discurre sobre los caldeos y las predicciones; sobre el famoso actor –Polo– de Grecia; de las siete ciudades que se diputaban el nacimiento de Homero; sobre el impacto de las impresiones; del régimen alimenticio de Pitágoras y docenas de re-ferencias filológicas y jurídicas. En una página reseña la vida, costumbres y muerte de Eurípides, y se refiere a la época en que florecieron los historiadores griegos en sólo seis líneas.

Fue también un gran adelantado al señalar un fenómeno que sobrevive y pulula en nuestra época: cómo desde la Antigüedad los premios literarios han estado viciados por “el favor, la intriga y las cábalas”, informando que Eurípides y Menandro lo padecieron.

Su estilo incluye un lenguaje pulido, que gobierna con sencillez y armonía, y si bien la cita como arte tiene su gracia, Aulo Gelio abunda en ellas mediante extractos, pasajes y párrafos, no para ostentar sus conocimientos sino para iluminar un concepto, destacar un principio, señalar una falta o para destacar su belleza.

Si la obra de Aulo Gelio sobresale como antece-dente o fundamento del ensayo actual, Javier Perucho –autoridad mexicana en estos menesteres– ha escrito que “es la microficción un género propio, nacido el siglo veinte con antecedentes tan remotos como el cuento corto chino o las Noches áticas de Aulo Gelio, pero construido a partir de la obra de Marcel Schowb, en especial sus vidas imaginarias y La cruzada de los niños”. También señala que sus mayores seguidores se produjeron en Argentina y en México, siendo entre nosotros sus pioneros Alfonso Reyes y Julio Torri y sus cultivadores Arreola, Valadez, Elizondo, Pacheco, Avilés Fabila y varios más.

“He escrito hasta hoy veinte libros de comentarios y lo que reste de mi vida deseo dedicarlo a estos trabajos”, informa en el prefacio Aulo Gelio, un hijo privilegiado de la civilización más duradera y predominante de la humanidad. El mismo que con fervor y humildad alaba en el curso del libro “la gracia y la riqueza de la expresión griega”.

Otra de sus enseñanzas es que escribe con gracia, escribe para el gozo y entretenimiento del lector –un concepto ignorado en la era actual– y sus comentarios iluminan un caudal de hechos, una lección que la posteridad le agradece. Resaltar la importancia del oído como la clave, como el patrón, la medida definitiva de la calidad literaria, es una de sus enseñanzas centrales.

Pero acaso la mayor lección del erudito latino sea –en esta etapa transitoria de la humanidad, caracte-rizada por la violencia, la volubilidad y el vacío espiritual– recordarnos que el elemento indispensable en la formación de la cultura sigue siendo el conocimiento de las letras clásicas

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