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Minificción: la enorme brevedad

¿Cuándo aparecieron los animales en nuestra literatura? Vislumbro a la Monja Jerónima como a la escritora que primero los pastoreó en la lírica. Las literaturas orales y los códices indígenas que sobrevivieron a la devastación de las civilizaciones aborígenes dan cuenta de sus representaciones en adivinanzas, cuentos de tradición oral y en la gráfica del amate y el papel colonial.

¿Cuándo irrumpieron en las prosas cuentísticas
o novelares? En el siglo xix, Justo Sierra Méndez los domeñó para sus cuentos románticos: “La sirena” (El Renacimiento, 1869). A fines de esa centuria, Heriberto Frías se enfrentó otra vez con ese animal fantástico: La sirena blanca y el tritón negro (Maucci Hermanos, 1899).

Habrá otros ejemplos más añejos, sólo especulo para bocetar una pregunta que obliga a una indagación minuciosa por los estratos de la narrativa nacional. No ha sido un tema usual entre los medios de la crítica o la academia, aunque recientemente en México y Brasil se empiezan a formular los análisis iniciales y a excavar entre los acervos para ubicar sus símbolos, represen-taciones y transmutaciones. Inicialmente los escudriñó Mireya Camurati en una práctica novedosa que inició con su estudio sobre La fábula en Hispanoamérica (unam, 1978), donde buscaba los orígenes de un género, sus artífices, influencias, significaciones, inventarios, la aparición en el espacio literario de una especie, un ejemplar o de una fauna completa. El análisis filológico de Carlos García Gual quiero asumirlo como su complemento europeo, El zorro y el cuervo. Estudios sobre las fábulas (fce, reedición de 2016), donde indaga a partir de Esopo la historia del género, estructuras, parodias e intertextualidades, más algunos ejemplos fabulísticos antiguos y modernos.

Ahora bien, los deslindes entre fábula y bestiario aún están en proceso. Una tarea necesaria de cumplir, ardua y exigente. ¿Qué diferencia a estos géneros si el epicentro de su narrativa recae en un animal y en los dos se procura una enseñanza? Ambos géneros se han procurado con fervor en la literatura mexicana, por no mentar a la hispanoamericana.

Para orientarme en el deslinde, recurro al libro de Guillermo Tovar y de Teresa, El pegaso o el mundo ba-rroco novohispano en el siglo xvii (Renacimiento, 2006) para obtener una conjetura cierta. En sus folios eruditos encuentro un primer indicio. Sor Juana Inés de la Cruz fue la primera en introducirlos en la lírica mexicana con la figura de un equino dotado de unas alas imposibles. La Décima Musa ayuntó al animal fantástico con los símbolos del mestizaje, la autonomía y la independencia de una nación emergente. Desde entonces, los animales ramonean plácidamente en el campo florido de las letras mexicanas.

El libro más afamado donde pacen es el Bestiario
de Juan José Arreola (Joaquín Mortiz, 1972), desvestido de atributos independentistas, aunque recargado de insidia.

Desde la Antigüedad grecolatina las colecciones de animalias fueron tapizadas con atributos humanos con el propósito explícito de criticar con fiereza los defectos de nuestra especie, siempre despreciables. Esopo y sus fabulillas conceden el ejemplo in-mediato para demostrar. La fauna doméstica o selvática sirvió al fabulista griego para moralizar sobre la raza humana. El escritor como educador cumplía, así, una función social que ya ha perdido o éste ha decidido renunciar a ella, temeroso de asumirla. Los bes-tiarios modernos se despojaron de dicha carga de moralidad, a la vez que se desprendieron de las vanas pretensiones de predicar entre sus contemporáneos. ¿Con qué autoridad lo haría?

Las fábulas y los bestiarios contemporáneos carecen de los predicados de educar a los mortales sobre la vida social, la formación de ciudadanías, las carencias o defectos de la especie humana. Como ya no esconden un afán educativo y han dejado de pregonar una moraleja, ahora reciben el nombre de anafábulas: adolecen de intención moral y no esconden el propósito de enseñar a su prójimo. Este cambio radical en la estructura literaria y en la ética literaria que se proclamaba en los bestiarios antiguos y modernos se vislumbra en los microrrelatos aquí seleccionados, apenas una veintena, que ilustran las metamorfosis que ha sufrido el género en tiempos recientes. En cada narración los animales cumplen la distinguida función de héroe del relato. Ya no son aquel espejo del hombre donde éste podría contemplar sus defectos para procurar su enmienda. Deja de asumir las funciones del confesionario o el diván, espacios donde se podría explayar secretamente sobre sus inmoralidades y dilemas; renuncia a las de una tribuna libertaria donde aclamaba, en la plaza pública, las virtudes del ser humano. Ahora, a tres metros bajo tierra, el gusano se lo carcome y le taladra dulcemente el oído.

En su columna “Inventario”, José Emilio Pacheco pespuntó una “Vindicación de las cucarachas”:

El poder y el abismo. La cucaracha es el insecto sin nombre: llamamos así a unas dos mil especies distintas. Entre los ortópteros, los insectos masticadores de alas rectas, la cucaracha es el lumpen, mientras que el saltamontes es

la aristocracia, el grillo la burguesía y la langosta el vigoroso proletariado campesino. Tal vez al hablar sólo de langostas la Biblia se refirió a veces a las cucarachas. En Números 13:13 está prefigurado su destino tercermundista: “Y éramos como langostas y así les parecíamos a los gigantes.” Proverbios 30:27 alude al triunfo de su bien organizada anarquía: “No tienen rey, y salen todas por cuadrillas.” Como las hormigas, los conejos y las arañas, son “de las cosas más pequeñas de la tierra y más sabias que los sabios”. Finalmente, en Apocalipsis 9:3, cuando el quinto ángel abre el pozo del abismo, “salieron y se les dio poder”. (Proceso, No. 548, 4 de mayo, 1987)

Pacheco no fue un fabulista, pero muchos animales recorren su obra, tanto lírica como narrativa; éstos nunca asumen un afán moralizador o un dejo aleccionador para la especie, de esos vanos propósitos jep renunció en su poética. ¿Para qué moralizar? Sobre todo él, cuyo arco iris narrativo se tapizaba con el gris del pesimismo, la desesperanza y la nostalgia.

Para la épica revolucionaria fueron fundamentales. Los federales al anochecer, antes de asaltar la choza de Demetrio Macías, acribillan al Palomo, que le avisaba con sus ladridos la cercanía de los forasteros, el perro de compañía, salvamento y protección de la familia Macías. Los caballos de la gavilla insurgente de Los de abajo fueron usados como máquina de guerra como la del ferrocarril de los federales. Los caballos, objeto de la discordia, el despojo y el saqueo. Por atreverse a entrar cabalgando a la cantina, el atrevido insurgente es castigado con la pena de muerte.

En cambio, la fauna que aparece en la cuentística de Juan Rulfo se arropa con los colores de la muerte, asume incluso los símbolos del oprobio, la fatalidad o la persecución. En “No oyes ladrar los perros” para el padre son anuncios de esperanza y salvación del hijo enfermo, que carga a cuestas como animal de carga. En “Diles que no me maten”, reptiles y aves colaboran con la desesperanza, pues los animales rastreros acompañan al perseguido en su huida por el monte, incluso le sirven de alimento; las aves negras le vaticinan una tragedia, señales de mal agüero. La vaquita que sería herencia de la Tacha (“Es que somos muy pobres”) y su salvación de un oprobioso destino, manifestado en el ejercicio prostibular de las hermanas, un río cercano la arrastra por la crecida, dejándola en la miseria y en la maldita condición de repetir el oficio de sobrevivencia que ejercen las hermanas: “La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.” (El Llano en llamas, 1953).

De José Revueltas apenas recuerdo su cuento “El sino del escorpión” (Material de los sueños, 1974), del que entresaco este pasaje magistral:

Como no pueden otra cosa y se pasan la vida escuchando lo que ocurre en el mundo exterior, los escorpiones se dan entre sí los más diversos nombres: amor mío, maldito seas, te quiero con toda el alma, por qué llegaste tan tarde, estoy muy sola, cuándo terminará esta vida, déjame, no sabría decirte si te quiero. Palabras que oyen desde el fondo de los ladrillos, desde la podredumbre seca y violenta, entre las vigas de algún hotelucho, o desde los fríos tubos de hierro de un excusado oloroso a creolina.

Los microrrelatos que se incluyen en la selección inmediata siguen la premisa de los bestiarios y las fábulas antedichos, pues no profesan una lección cívica, moral o sexual; el epicentro de cada narrativa breve recae en los animales: domésticos, selváticos o fantásticos. Ilustran, sí, una conducta humana, mejor dicho, contemplan uno de los dilemas morales que corroen a la especie humana, aunque no pretenden una enseñanza, sino enfrentar, en el espejo negro de obsidiana, a la fiera que habita en nosotros

Rex y la culpabilidad

Enrique González Rojo Arthur

Rex había nacido para cuidar la puerta de la casa. Sus ladridos eran la forma sonora del letrero “se prohíbe la entrada”. Sólo permitía acceder a la casa a los dueños de ésta y eso si llevaban el salvoconducto del timbre identificable de la voz familiar. Durante años fue defensor de la propiedad privada con el mismo ahínco con que lo hace la Carta Magna que rige nuestra vida civil. Pero en una ocasión –¡en una sola– se descuidó.

En la parte trasera de la casa había un agujero que, aun enrejado, dejaba ver desde adentro lo que ocurría en la calle. El caso es que en ese sitio se posó, como quien no quiere la cosa, una perra de ladrar insinuante y vaivenes lujuriosos. Rex, desde adentro, pero con un ansia desmedida de hallarse afuera, concentró toda su atención en ese maravilloso punto del espacio. Y descuidó de tal manera la puerta de la casa que hizo posible que un ladrón, escalando la puerta, penetrara subrepticiamente, cruzara el jardín y se introdujera, llevando saco al hombro sus malas intenciones, en la mansión. Rex, aturdido por la sensualidad, no oyó nada; pero el ratero, tan lento como torpe, hizo tamaño ruido al interior de la casa, que Rex paró oreja, abandonó el sitio donde se había evidenciado su debilidad y su apetito irrefrenable de pecado, y se puso a ladrar de tal modo que no permitió al ladrón salir de la casa. Los dueños de ésta, más un policía del barrio que había oído el escándalo, llegaron en ese momento y aprehendieron sin mayor dificultad al delincuente. Los amos de Rex lo colmaron de felicitaciones, pero él, desde entonces en adelante, sentía que la culpa le quemaba las entrañas. Ya viejo, empezó a ahorrar sus ladridos, prefería estar acostado en un charquito de sol que todas las mañanas se formaba junto a la puerta. Ante cualquier extraño, enseñaba los colmillos y emitía un rumor de pocos amigos. Pero cuando sintió que le llegaba la hora se fue a tender junto al hoyo de la parte trasera del jardín y allí, cabe su viejo pecado, recibió la muerte.

 

La serpiente

Alfonso Reyes

Yo tengo mis dudas. Lo digo con respeto y pido perdón. La tentación del Árbol, la viciosa ostentación de los Frutos, eran ya, en sí, incentivo bastante para precipitar los destinos. ¿Pero la Serpiente? ¡No, la Serpiente no puede aconsejar el amor, esta bendición de las bendiciones! El amor no puede ser condenado en el plan de la Creación. La Serpiente aconsejó el rencor; quiso dividir a Eva de Adán: le contó historias sobre su esposo. Algo les dijo para sembrar entre ellos la desconfianza y el desamor. Ése fue el pecado mortal; ésa, la pérdida del Paraíso. Es el caso de la primera intriga para entristecer a los que se aman. La Serpiente anuncia a Yago, no a Celestina, la calumniada.

Me quieren cortar las alas

Dina Grijalva

Desde que brotaron alas en mi espalda, me siento etérea; capaz de elevarme y volar. Desde que me brotaron alas me han querido encerrar. Me ofrecen un auto rojo, un empleo estable, un hogar ibídem, un puesto, una oficina, ¡qué sé yo!

Todo me ofrecen. Por envidia a mis alas.

Canario

Luis A. Chávez Fócil

Aun canario se le hinca un número mientras se aprieta el puño entre la bolsa; los colmillos pueden ser dos, cuatro. Se observa cómo la poca sangre del ave escurre una miseria, brevedad no suficiente. El ama del pájaro mira en ese instante el ósculo, la jaula abierta y el “aprendizaje” del niño de diez, once años. A la dama asisten leyes, médicos, hospital, justicia; ella tiene la razón de grito y golpes. En el momento ignora la mujer de cómo y por qué se significa tanto a un niño.

Se pueden excluir el gato ahogado, la lumbre con periódicos hace dos meses, el sapo, la culebra, el lodo. No vienen a la mente de los que le acompañan el estiramiento colosal de la columna infante, el vello púbico, cartílagos; son sólo plumas, maldad y desazón y muerte.

Los padres del menor, atosigados por chillidos y quejas sin demora, cubren el gasto del daño. Sin reprender al hijo abren su casa para ver televisores y macetas.

El cruel sube a su cuarto, vierte una sustancia atroz en la pecera y todo deja de vivir.

Ahíto de llanto, crecido a pataletas y pujidos, observa cómo un ave de forzado curvo pico entra a su cama, como mágica, le extrae un ojo, raspa con sus dos agudas patas el estómago menor que una pelota. Brota sangre, materia fecal en abundancia. Llegan los progenitores con revistas en las manos, el prodigio vuela llevando entre su pico una porción de carne y trapos.

Los papás, en el centro médico distante, abrazan un rosario, solicitan les enseñen a rezar porque no saben, nunca lo han hecho.

Un médico les cree. Él tiene un ojo de cristal desde hace mucho: también quemó canarios, martirizaba a un perro. Les dice que del cielo a veces baja una crueldad divina.

Amblar

Eduardo Torres

Al mediodía la sirena llega presurosa a los bajos de la bahía para mirar el cadencioso andar de las bañistas, quienes apenas cubren el vértice de sus muslos y la pirámide del pecho con un girón de tela. Asoma sus ojos por la espuma de las olas y se zambulle de súbito cuando un nadador se acerca a ella. Luego vuelve a emerger, emboscada entre las olas, sus ojos atentos al andar de las bañistas que caminan a la vera del mar para encontrar un asiento donde reposar la planicie procelosa de sus cuerpos. Arena y sol. Brisa y olas temperadas: una lujuria para las visitantes. Un hogar sempiterno para ella.

En el ocaso, cuando las fogatas de los pescadores se han extinguido, remonta las olas para dirigirse a la playa. Ahí, donde desembocan las olas y la resaca, en la fusión del torso con la cadera, se adhiere una estrella de mar y, en el volcán de los senos, dos pudibundas algas anudadas a la espalda los velan. Inmediatamente practica el andar sinuoso y ambarino de las bañistas que había contemplado desde la espuma marina a la luz del alto sol, mas su cauda, aun cuando se ejercita en demasía, siempre le atrofia el paso. Granos de arena en la comisura de los labios, ningún bañista como testigo, salvo el resplandor de la luna, la brisa y las estrellas. Un anhelo farfulla mientras se sacude la arena, Mañana, en el crepúsculo del día, me robaré sus sandalias.

El origen de las especies

David Chávez

De todas las criaturas mitológicas que han habitado esta región nunca nos intrigó tanto el origen de las sirenas como el de los centauros. Del de las primeras, luego de algunas conjeturas y varios casos muy conocidos en el pueblo, descubrimos cómo las muchachas vírgenes y casaderas resultaban preñadas por la hueva de ciertos peces que habitan el río donde ellas se bañaban luego de lavar la ropa, aunque algunos sigan culpando a naguales, chaneques, duendes y otros seres del agua, algunos más libidinosos que otros.

Sin embargo, no fue sino hasta que una noche en el pueblo vecino el señor cura, al regresar caminando de una cena en casa del alcaide, descubrió en lo alto de una ventana a un caballo que entraba lo más sigilosamente que sus cascos se lo permitían a lo que después se supo era la recámara de la hija del dueño de la posada.

El animal fue muerto al día siguiente, luego de ser sometido la noche anterior. Fue impedido de consumar su unión con la doncella, a lo sumo de unos catorce años, gracias a que el religioso que pasaba a esa hora por la calle alertó inmediatamente a los padres de la joven, quienes acudieron en tropel y con su prisa despertaron a huéspedes, quienes a su vez se sumaron a la comitiva ignorando lo que pasaba.

Pese a todo, mi mujer y yo ya habíamos pensando en que algo similar pasaba, aunque a ella le parece exagerado que las autoridades vecinas colgaran el miembro del equino como una especie de advertencia a jumentos y caballares, porque a decir suyo: “Hay otros animales de cuatro extremidades que caminan erguidos y nunca escarmientan.”

Ajolote

Adriana Azucena Rodríguez

Amedida que los ajolotes literarios se multiplican, los ajolotes naturales desaparecen. Como la leyenda infantil que pregona que cada vez que alguien dice “Las hadas no existen” una de ellas muere, ocurre también con la especie mexicana: cada vez que alguien manifiesta por escrito su asombro ante estos mágicos artificios de la conciencia (los axolotl), los ajolotes mueren a miríadas.

 

Los ecologistas y estudiosos sostenidos por raquíticos programas destinados a detener la catástrofe afirman que la extinción se debe a la incorporación de especies de consumo humano en las aguas en que habita el monstruo acuático, pero también al hecho de que el ajolote es una de las bases de la alimentación de los lugareños. Y aunque han realizado esfuerzos por modificar estas condiciones, las medidas resultan un fracaso pues no atacan la causa última.

Nadie, hasta ahora, había descubierto la proporción entre ajolotes textuales y su mortandad como especie. Pero es tan cierta que tiemblo a medida que me acerco al punto final. Sólo espero que la advertencia llegue a tiempo a quienes son responsables de este crimen biológico.

Oropéndola

Rafael Toriz

Claras, distintas y semejantes son buena parte de las aves del reino; sin embargo la oropéndola es la única que ha nacido del engaño. Discreta, dorada y hermosa, su canto es un abismo que deforma los sentidos. Con frecuencia es confundida con la agreste sinestesia quien, pese a lo que delata su aparente morfología, no es un animal sino una plantica narcótica. Entre sus particularidades se cuenta el hecho de que puede imitar el trino y el graznido de cualquiera de las aves: replica a todos los pájaros del mundo pero ninguno le responde.

No pocos la consideran un ave hipócrita, perversa y desalmada, plumífero funesto que pierde a los incautos entre la hojarasca de los bosques y la orilla de los ríos.

El canto de la oropéndola sólo suena para los enamorados, para aquellos que precisan del engaño y no se resignan a vivir sin sus amantes. Fieles y devotos sostienen que en realidad es la única ave que existe y que las otras son sólo un eco de sus cantos viejos y perdidos.

Es imposible descubrir su engaño porque la oropéndola, en lo profundo de su nido, sólo canta para ti.

El cara de niño

Luis Ignacio Helguera

En carrera enloquecida, huyendo, entre las piedras, de los zapatos. –¡Déjame ver tu cara de niño, papá!

–No tiene cara de niño, se llama así nada más.

Voltearon con una rama la masa aplastada, con patas estertóreas todavía. Y un golpe de la luz radiante en plena cara del insecto reveló al verdugo una instantánea desconocida, en que aparecía él mismo cuando niño haciendo un gesto luminoso y plañidero porque quería seguir jugando en el jardín y le habían dado alcance inapelable.

Sireta

Sergio Astorga

Sin gloria, la locura de parecerse a una beldad marina, una Nereida, de talle frío y sangre templada, resultó la idea que la arponeaba desde la infancia, cuando en la laguna de su pueblo se pasaba horas metida en el agua hasta que la piel le quedaba arrugada.

A fuerza de los baños de agua y la lectura de historias antiguas sucedidas en el mar de las Antillas, consiguió que su cuerpo quedara escamoso. Cuando todo parecía viento en popa, su voz era un infortunio, como la de aquel sapo, grotesco trovero, que por las noches le cantaba a la luna.

Sireta supo llevar su desdicha con dignidad; el sonido de su cuchillo era más efectivo que su voz. Así lo consignan dieciocho llorosas madres.

Pastor o el cuento más breve

Adolfo Castañón

Anunciando nuevamente al lobo, aulló.

Idilio con sangre

Agustín Monsreal

Amarte, sabes, es la única manera que tengo de confirmar mi existencia, dijo el gusano con lamento íntimo al oído del cadáver.

La corta vida de efímero

Roberto Abad

Del animal llamado Efímero –y gracias a los pocos estudios que le han hecho en distintas universidades–, se sabe que come la misma porción que un insecto, a pesar de tener la masa de un elefante; su fisionomía polimorfa complica la tarea de catalogarlo en el reino de las especies: sus garras, sus tres picos y su único ojo podrían ponerlo en el grupo de los ovíparos, pero cuando alza las alas y deja ver el succionar desesperado de las branquias, o la consistencia glutinosa que toma su cresta al querer reproducirse, hace pensar a los científicos que es un híbrido proveniente de la familia de los vivíparos. Sin embargo, luego de reflexionar un rato, esta suposición termina por confundirlos más. Hubo un tiempo en que pensaron nombrarlo sólo “criatura”, pero a alguien se le ocurrió que sería mejor hacerle honor a su ciclo de vida llamándolo Efímero. Esta analogía del nombre se relaciona, claro está, con el tiempo que pasa en la Tierra, pues tarda más en nacer que en morir, es apenas un instante, y también es por eso que únicamente se conocen estas características. Si se hablara de su vida, de lo que hace en ella, no alcanzaría ni para escribir un párrafo; ni una línea. Tal vez, una palabra.

Janto

Raúl Renán

Janto, el corcel profeta de Aquiles, dijo a su jinete que tomara ejemplo de sus pies que volaban como la voz de los montes, y de su relincho que arrojaba piedras para espantar a la muerte. Aquiles no relincha y el vuelo de sus pies está tocado por el designio

 

 

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