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Tomar la palabra

Mentadas mentalidades

¿Rosario de histrionismo pésimo o monumento al kitsch del México oficial? Materia para las mentadas mentalidades. El video fb/mariafelixfrases quiere ser una antología de frases de María Félix o la Doña o la Doña María Félix, que empieza con un dicterio de ella contra Zona sagrada, de Carlos Fuentes: Ni siquiera me pidieron permiso para hacer el libro. ¿Y no demanda?, le pregunta el reportero. ¿Para qué?, si la gente tiene hambre, que coma. Los hombres no me escogieron a mí, yo escogí a mis hombres, por eso he sido tan feliz. Donde estoy yo, está la suerte. El hablar de mí es muy severo, porque soy mucho mejor de lo que parezco. Nunca he querido a nadie como me quiero yo a mí misma, entonces nadie me ha podido hacer sufrir. Si usted supiera cómo me aburre hablar de mí, es mucho más divertido hablar bien de mí que mal de los demás, eso desde luego. Es el respeto que yo le tengo al público, al público le gusta verme con las cosas que yo traigo de París, al público le gusta verme arreglada, ¿cómo quiere que venga, así, huarachuda, aquí al programa?, me pongo lo mejor que puedo.

Otro de sus típicos entrevistadores le acerca el micrófono: “A la edad que tiene, señora, se ve hermosísima” “¿Por qué a la edad que tengo, a usted qué le importa? Luché mucho por mis películas, por hacer un buen trabajo, cuando tuve éxito para mis mexicanos siempre.” Sin embargo, el chiste no termina ahí, porque dura seis minutos y se adoba con frases dizque célebres de los filmes en los que…, apareció…, decir que actuó es hacerle un favor. Dos ejemplos, en una escena de la cinta Juana Gallo, la Doña en su eterno papel de María Félix o, viceversa, María Félix en su eterno papel de la Doña, tras escuchar la mala nueva de que ya se acabó el parque da la orden: “Échales mentadas, que también les duelen.” En el segundo, todo el peso de la escena recae en Eulalio González, Piporro. Cuando él reclama que el animal muerto era como su padre, ella le dice “Pues le doy mi pésame, porque ahora se quedó huérfano de padre y de madre”. “¿Y de amá por qué?”, dice Piporro. “Porque nunca la tuvo”, dice la Félix al tiempo que da un violento mordisco a un muslo de pollo para que la burla pueda apreciarse por encima del único tono posible en ella, el tono bronco, incapaz del mínimo matiz. Sin regatear una belleza que ella se encargó, en su esplendor, de explotar como minera canadiense y a la cual, durante su decrepitud, se aferró en forma grotesca, el ego de doña María fue una pista aérea, previsible y unidimensional. Y su personaje monomaniaco, cultivado artificialmente a partir del filme basado en la novela homónima de Rómulo Gallegos y perpetuado socialmente en la percepción vicaria del indio Tizoc actuado por Pedro Infante, deriva en la mísera mitificación propia del México superficial, la deidad burda de esta farsa. Esta reducción al absurdo, empero, no constituye una visión antagónica sino una mirada actualizada al envés del México profundo que erigió y ha sostenido, en el otro extremo del mismo tablero nacional, a la Virgen de Guadalupe… Pero esa es otra historia.

Aquí debía venir una alusión a Bonfil Batalla, una cita de Le Goff y consideraciones de Solange Alberro sobre las mentalidades, pero cuando escribo estas notas el pri y sus contlapaches fecalistas, gordillistas, verdepús y demás, aprueban las leyes de Seguridad Interior y de Archivos y reforman el artículo 1916 del Código Civil Federal. Lo primero para reprimir el descontento social, así sea tan pacífico y regulado como la participación en las elecciones. Lo segundo, para secuestrar desde su raíz cualquier prueba, indicio o testimonio de sus crímenes de lesa humanidad, matanzas de las que son protagonistas o partícipes o responsables por omisión, saqueos sistemáticos, entreguismo y abandono de la defensa de la soberanía nacional, corrupción asumida, colusión con el crimen organizado y con empresas transnacionales, ocultamiento de información, construcción y difusión de falsedades, etcétera, etcétera con el fin, principal pero no único, de garantizar su impunidad, así como para proteger la autoestima de la imbecilidad antonomásica que regentea nuestras instituciones, de manera tal que sea ilícito “comunicar, a través de cualquier medio, de un hecho cierto o falso que pueda causar deshonra, descrédito, perjuicio o exponer al desprecio de alguien”.

Reglamentar la memoria y el silencio, matar con olvido las palabras, acallar la verdad. De eso se trata.

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