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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

Palabra y proporción

El mundo de Occidente nació de una cultura verbal, es decir, de una cultura en la que, hasta el siglo XX, la confianza en la palabra como detentadora del sentido fue su fundamento. De allí que Octavio Paz, resumiendo siglos de esa tradición, pudiera decir: “El mundo está hecho de palabras.”

Ese fundamento tiene su origen en el sentido que la tradición hebrea le da a la palabra (dabar) como fuerza creadora y que San Juan traduce en el Prólogo de su Evangelio con el griego logos: “En el principio era el logos” –la dabar con la que Dios en el Génesis crea y que San Juan rememora al decir en el mismo Prólogo que con él “todas las cosas fueron hechas”.

La lenta degradación de este sentido, que señoreó a Occidente, tiene que ver, junto con muchas otras cosas, con la pérdida de esa significación profunda. El logos, para hablar del español, fue traducido como “palabra” (en otras traducciones y con el fin de conservar algo del sentido creador que tiene la (o el) dabar hebreo, se le tradujo como “verbo”), es decir, como un simple nombrar desprovisto de su responsabilidad creadora y de su peso significante, como una simple moneda de intercambio lingüístico para hacer habitable la vida social y que puede cambiar arbitrariamente de valor.

El logos, sin embargo, es más que la palabra, cuyo sentido etimológico –también extraviado– viene del griego parabole (comparación), que se refiere a la forma en la que Jesús habla en los Evangelios. El logos, por lo tanto, significa al mismo tiempo acto, comparación, relación, proporción que nos permite entrever el sentido absoluto e indecible que los orígenes de Occidente llaman Dios. De allí que San Juan pueda deducir, en el mismo Prólogo, que ese logos, “por el cual todo ha sido hecho”, se encarna y “levanta su tienda entre nosotros”. Dios se vuelve así proporción en lo humano, se vuelve relación, comparación: “Quien me ve a mí ve al Padre”, y en consecuencia sacralidad. De allí también la confianza de Occidente en la palabra y su peso en la poesía: el lenguaje más profundo y más fino del habla.

La pérdida de esas profundidades de la palabra, que el lingüista Pierre Souyris definió como “la desintegración del Verbo”, tiene que ver con sus lastramientos históricos y significantes que la velocidad y la desproporción de los medios modernos de comunicación –Twitter, Facebook, WhatsApp, etcétera–, y los discursos políticos donde la palabra se ha vuelto una manera de mentir y de encubrir grandes crímenes, nos han llevado a grados alarmantes de no-significación. Probablemente, lo que de violencia y anomia estamos viviendo en México y en el mundo tiene su origen en una crisis del lenguaje, en una destrucción y un vaciamiento de los últimos vestigios de sentido que tenía la palabra, en una desencarnación, cuya consecuencia es precisamente la pérdida de la palabra, del logos, como acto creador y como mediación entre los seres entre sí y lo trascendente. Hemos llegado así a olvidar la luminosa enseñanza de El libro de los proverbios, escrito en esa lengua en la que la palabra guarda el contenido que tuvo alguna vez para Occidente: “La vida y la muerte están en poder de la lengua, del uso que de ella hagas, tal será el fruto”; o del Critón, de Platón, que tenía un claro sentido de lo que el logos significa: “La incorrección en la lengua no es sólo una falta contra el lenguaje, hace también daño a las almas”.

En una sociedad donde la palabra –que era todo y bajo la cual Occidente se hizo como cultura– se ha vuelto tan líquida como el mercado y sus flujos, lo único que queda es la anomia, la violencia, el daño y la muerte de la vida humana y su sentido civilizador. La corrupción de un mundo basado en la sacralidad de la palabra tiene necesariamente que derivar en el horror del nihilismo que hoy padecemos.

La palabra, para nuestra desgracia, ha perdido mucho de su genio humano y sagrado, se ha deshumanizado, se ha reducido a un espantoso galimatías, se ha convertido, dice George Steiner, en una “gramática de lo inhumano”. Frente a ello lo único que queda es intentar refundarla a partir de sus orígenes o elegir, en lo que aún conserva de significación, su otro lado fundamental, el silencio.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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