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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Arte Cisoria

Algunos antropólogos suponen que el antiguo gesto de darse la mano significa “no vengo armado”. ¿Por qué? Porque parece que algunos de nuestros antepasados ya no creían en el lenguaje corporal: ni en la sonrisa, ni en el acercamiento pausado. Resulta que algunos, sonrientes y parsimoniosos se acercaban a otros y zaz, les daban una pedrada o les pegaban con una quijada de burro o lo que se pudiera según la época. A diferencia de los animales, cuyo lenguaje corporal suele ser inequívoco, los hombres pueden mentir y les resulta utilísimo.

El dar la mano aseguraba, al menos, que la extremidad usada para esgrimir las armas estaba vacía. Por cierto, la palabra arma viene del griego armos, brazo. En inglés brazo y arma se escriben y suenan igual: arm. Ya ni digo todo lo que se me viene a la cabeza por eso. Pero la cosa es que darse la mano era un gesto de paz, que al menos aseguraba que el encuentro tenía intenciones pacíficas. Pero podía ser que alguno trajera en la túnica un pequeño puñal, escondido ahí para lo que hiciera falta. Esos puñalitos se llamaban pistolas. La palabra podía derivarse del checo píst’ala, flauta. Todo esto me ha traído obsesionada, porque la pasión de ciertas personas por las armas me apabulla y porque somos animales peleoneros e hipocritones.

Pero las armas, en ciertas épocas, eran indispensables. En la Edad Media, la mayor parte de los hombres usaba cuchillo. ¿Para qué sirven los cuchillos? ¿Para cazar conejos, cortarse el pelo y la barba, bajar manzanas de los árboles, rebanar el pan y la carne, matar al de junto? Pues para todo eso y más. Imagine el lector a un hombre medieval, y digo medieval porque en el mundo clásico las reglas de convivencia eran otras, yendo a una comida en casa de un amigo. Esta era una persona acostumbrada a usar el cuchillo como ahora nosotros usamos el teléfono celular. Una persona acostumbrada a las condiciones de vida más rudas, a comer con la boca abierta, a limpiarse los dedos en el mantel cuando lo había o en el pelaje de los perros cuando no. Un individuo que consideraba el colmo de la cortesía tirar los huesos bajo la mesa en lugar de arrojárselos a alguien y al que tenía que recordársele que no escupiera en el mantel o el vaso.

Imagine el lector una mesa a la que están sentados varios hombres. En la mesa no hay platos ni tenedores. La carne se tomaba pinchándola con el indispensable cuchillo y se colocaba sobre una rodaja de pan. En la mesa, una jarra; en la jarra, cerveza, y en las casas más pudientes, vino. No es de sorprender que las comidas terminaran en pleitos sanguinarios.

El largo transcurso de “desarmar” la hora de la comida es la expresión de un desarrollo civilizatorio. Esa observación, al mismo tiempo llana y genial, fue argumentada por Norbert Elias en el hermoso libro titulado El proceso de la civilización, publicado en 1939. En él, Elias considera el lento camino recorrido por la humanidad para crear un ámbito civilizado y seguro para convivir; de andar todos armados y acuchillándose por quítame aquí estas pajas, se llegó al momento en el que sólo una persona en el comedor usaba un cuchillo grande: el encargado de trinchar. Esta persona era, en los palacios, el maestro del arte cisoria, el arte de cortar la carne. El Écuyer Tranchant en francés. En España, en el siglo xv, don Enrique de Villena, apodado el Nigromante porque también tenía intereses mágicos, escribió en 1423 un libro, titulado Arte Cisoria. Así, el comer seguro y conversar serenamente se convirtió en uno de los placeres más apreciados. Entre los cubiertos hay cuchillos muy diferentes del ubicuo cuchillo que se usaba lo mismo para degollar perdices que para cortarse el pelo.

Lo que me trae 2018. Habrá que esforzarnos por no pelear en la mesa a causa del voto. Yo no sé por qué, pero ningún tema provoca las pasiones que suscita la política. Desde el año 2000 he visto y participado en muchísimos pleitos que han arruinado amistades y separado familias. He gritado, me han dado ganas de aventarle un bolillo a una tía, he abandonado la mesa antes de terminar la comida, etcétera. No convencí a nadie, nadie me movió a mí.

Presiento un año en el que se va a discutir mucho. Ya desde ahora estoy mareada por la propaganda (para los partidos, dicen, como si quienes no militamos estuviéramos sordos). Pero hay que discutir, no pelear. O el arte cisoria se aplicará a la sociedad mexicana.

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