Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del niño de la calle

No trozos de cemento, terrones de polvo y chapopote, tampoco piedras de lodo y excremento, sino guijarros de ríos extraviados me encandilan aquí sentado en la banqueta. Con el suelo siempre cerca, en los tamaños de la urbe que me empuja, me dejan insistir en otra parte por instinto, me devuelven la estatura de persona. A estas altas horas de la noche todo el día, descanso las plantas de mis pies del impulso de sus pasos sin sentido, su ir y venir por las calles a la misma calle indefinida para volver al cabo sin remedio al cerco del inicio, con el zumbido de la sed, el fuego lento de las tripas, la comezón de vidrios en la piel. Más allá, las columnas de concreto que bajan del puente hacen un hueco que de noche me oculta y de día me refresca o me guarda de la lluvia. Con una manta esquino el suelo y me acurruco; con uno o dos cartones y restos de una silla me arrincono. El puente pasa y alarga su distancia; oigo cómo crujen sus goznes de acero, cómo truena en sus losas la ciudad que aleja su destino. Yo me quedo impuesto a su penumbra. No me muevo aunque luego aparezca en una esquina diferente, en la otra acera ayer vendiendo un caramelo o dos, una flor o tres, o un pedazo de papel fortuna, quizás con un trapo jabonoso trepado a un parabrisas o recostado en una banca de metal entre perros sueltos y basura, al alcance de todos los recursos del olvido, o de frente a una vitrina de ropa o restorán, sólo apenas antes del grito, el manotazo o la mueca de aversión que me ponga de nuevo en la espiral de alma y pensamiento que me abren tan pronto las orillas. Yo obedezco y me escabullo por los puntos ciegos de la luz, ésos que vuelven transparentes y mudos los objetos, que los hacen perdedizos y confusos, uno así, la mirada grande abajo, en el suelo siempre cerca. Pero voy atento a los guijarros de los ríos extraviados que llegan a mis pies. A veces suenan sus aguas claras en mi nuca y entonces cierro los ojos y me lavo el rostro. Ya no huelen mis manos a limosna, la tela cetrina de mi ropa ya no exuda orina; no me arden de sarna las axilas, no retumba en mis entrañas el vacío, no me punza de piojos la cabeza. En este vórtice de asfaltos y ráfagas de coches y cuchillos; de recelos y delirios desatados por humores y vapores de solventes, de caricias a la fuerza y riñones robados a la venta, apartarme así de mi presencia para irme a otra que me salva es la última salida de la infancia que me queda, el único juego en que gano si me pierdo. A los ocho años la miseria en su abundancia me concede todavía esa licencia. Sin embargo, sitiada por las casas y edificios, cruzada por el filo de las bardas y el eco de baldíos, tejida en los viaductos y traspatios, tendida en los balcones y azoteas y rugosa en las plazas y zaguanes, despunta y avanza una brillante soledad que abarca toda mi memoria, que se enrosca y aprieta adentro en mi silencio y en mi cuerpo a contrapelo flamea azulosa su múltiple violencia de Estado y de familia por lo menos. Muchos somos ya el sueño embrutecido que provoca, el miedo que el ruido de su risa disimula, uno a uno la vasta cofradía del abandono en este puente por ahora. Apenas asomado a la ventana de tu coche, por ejemplo, sé que no me ves cuando me miras y que yo tampoco siquiera me vislumbro en el negro de tus ojos. Por eso entonces, en el claro desencuentro que tenemos día a día en camellones y cruces de avenidas, una sola gracia espero si la hubiera: que no te salven de mí en su arrebato con una rápida moneda la llana compasión y la efímera ternura.

 

comentarios de blog provistos por Disqus