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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Afonía en las Galápagos

 

Prácticamente sin música. Así pasamos los primeros doce días del año. De vez en cuando un restorán soltaba algo de reguetón; de pronto un barecito algo de salsa-choque (de la que ya hablaremos), sí, pero no mucho más y siempre a volumen moderado. Porque en las islas Galápagos (Océano Pacífico, a mil kilómetros de Ecuador, país al que pertenecen) el dominio animal se ha impuesto a muchas de las leyes que limitan el comportamiento humano tanto en lo espacial como en lo auditivo. Es así que el sonido del océano, de las aves, de los insectos y de los lobos marinos predomina en el aire, impulsando una sensación paradisíaca que llega al extremo cuando comprobamos que muy pocos de estos seres le tienen miedo a nuestra especie y que, cotidianamente, se le acercan con diáfana curiosidad.

Entonces: prácticamente nadie con radio portátil en la playa. No hay parapentes ni bananas acuáticas con gente gritando. No hay paseos en helicóptero perturbando el andar de la brisa. Los permisos de las embarcaciones están clasificados al extremo: pesca manual, pesca vivencial, buceo, visita en tierra, etcétera. Solo una línea local hace viajes en avioneta entre las tres islas principales del archipiélago, así que es rarísimo escuchar un motor aéreo. En la callecita principal de Puerto Ayora (isla de Santa Cruz, la más poblada), empero, la vida comercial se perfila hacia ese terrible futuro en donde cada establecimiento será tienda de suvenires plásticos o agencia para excursiones de un día. Parece inevitable.

Digamos que los turistas han abandonado los pequeños cruceros –de precios estratosféricos– para dormir en tierra a costo de hostal, lo cual ha ido modificando el entorno rápidamente. Decenas de idiomas. Decenas de costumbres. Decenas de paladares. Epidermis varias... Pero eso sí, la mayoría exigiendo que el terreno pueda conquistarse con un par de sandalias –chanclas–, soslayando si se pisa lava milenaria, arena, adoquín, tierra o concreto. Senderos y veredas bien trazados han aparecido en los paisajes más remotos, rodeando volcanes o en medio de tupidos humedales, permitiendo que un mediano esfuerzo consiga vistas lunares, marcianas, oníricas de tan verdes o singulares. Verbigracia: las poblaciones de Escalesia en torno a oquedades y túneles de magma seco, ahora desnudos para indeseados visitantes. Lo bueno, decíamos, es que la naturaleza nos acalla.

Cantan su vulnerabilidad las tortugas gigantes de tierra, y nos arman de sigilo. Sacan su cabeza las tortugas de mar para inhalar ocho horas subacuáticas, y nos renuevan el mutismo. Nadan zigzagueantes las iguanas y en su leve singladura acarician la mudez. Entre los lobos de mar se llaman la madre y el cachorro, juegan los más jóvenes, se pelean los machos mayores… Articulan en conjunto comas, acentos, artículos y preposiciones entre viajeros azorados, pues deambulan junto a ellos en embarcaderos, playas, malecones, hoteles, bancas públicas y camastros, llamando a su sordina. Flamencos, pelícanos, piqueros, gaviotas, canarios, pinzones y demás aves hacen lo suyo siguiendo el discurso de lagartijas, ciempiés, escarabajos, moscas, libélulas y hormigas; de tiburones, rayas, cangrejos y peces multicolores que con bellos alfileres de garganta, pata o burbuja detienen al silencio ya ondulante, bandera de patria que no nos necesita.

Nadando en la torpeza, con visores y respiradero artificiales, el aliento se acelera ajeno al espectáculo que cobija amorosamente. El pulso recuerda que somos invasores, por más distancia que tomemos. Volcanes, cavernas, montañas y valles se tienden a los ojos pidiendo no ser musicalizados, tarareando periferias inauditas. Todo nos pide recato, reducción de fonemas. Todo nos reduce desde algo anterior a la belleza con evoluciones lentísimas del pico, la rama, la garra, la piedra y el colmillo. El sol subraya que estamos en la panza de la Tierra y cobra doble factura. Muerde vigorosamente cuando en las zonas altas coronan las nubes su líquida venganza. Todo alza la voz y nos somete, todavía.

Claro. En esa polifonía reverberante hay un solo silencio: el nuestro. Humillación pasajera de ideas y pensamientos que día con día erigen su injusta potestad en las Galápagos, como en cada vez menos partes del planeta que cumplen su estancia sin ambiciones, demostrando las mejores conclusiones de un panteísmo, de una hermandad soberana de la que vamos quedando fuera. Y no se trata de callar forzadamente ni de ser vegetarianos. No se trata de apagar las máquinas ni enmudecer los instrumentos musicales. Se trata de contemplar sin palabras, de rato en rato, imaginando ese tiempo antes del tiempo tal y como escribe el gran poeta veracruzano Francisco Hernández: “El pelícano se clava/ en el azul vespertino./ Semeja un tizón de lava/ o un arcángel submarino,/ cuyo vuelo no se acaba/ donde termina el camino./ El pelícano soñaba./ No hay mar. Tampoco destino.” Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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