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Bitácora bifronte
Por Ricardo Venegas

Sendas de la poesía morelense

 

A nadie le es ajeno que hay quienes han tenido sendas habilidades para hacerse más poeta que escribir poesía. A la hora de premiar, más por amistad que por calidad, no se prevé el daño –a veces de niveles demenciales– que le han causado a algunos galardonados, haciéndoles creer que son eminencias en su disciplina, cuando en la realidad distan mucho de serlo. El resultado: obras que se derrumban en la segunda –a veces en la primera– lectura con la inherente prepotencia y arrogancia de quien decidió vivir en el autoengaño. La corrupción en el tema de las becas y los premios literarios es tan antigua como el oficio más viejo de la humanidad. Ya no sorprende ver dictámenes que cínicamente avalan a los amigos de los amigos, como los realizados por Kenia Cano; favores que serán retribuidos en una cadena interminable de “te doy-me das”; lo raro es encontrar justicia y honestidad, palabras más ligadas a una campaña política que a una institución cultural. Así la feria de las vanidades con la poética de la voracidad y el hambre.

En este contexto, la poesía de Morelos ha sabido sortear los avatares de su oficio. Entre los poetas más jóvenes se distingue Afith Hernández (1980), quien hace uso de una intuición que le conduce la voz: “Los danzantes queman sus pies como una manda./ Tambores, semillas secas en los tobillos,/ el ritmo cifrando una palabra nunca dicha./ Un silabeo./ Plumas que parten el aire; sus escamas fulgurantes/ rozan la piel desnuda de la doncella en supuesto sacrificio./ Aquí, ¿qué dios se nutre con la farsa?”

Por su parte, Elizabeth Delgado (1981) deduce en lo inefable: “Qué extraño es padecer de un nombre solitario,/ de miradas hundidas en un sueño,/ de pensamientos sin gramática.”

Alejandro Campos Oliver (1983) usa la memoria como móvil del poema: “Mi abuela me dijo/ en un sueño/ que después/ de leer un buen libro/ las hojas pesan entre/ nuestras manos/ y que los dedos son/ como enanitos/ desmayados/ que amilanados/ de tal peso,/ se sumergen/ en un/ recóndito/ letargo/ subterráneo.”

Itzela Sosa (1972) apuesta por una senda donde el ritmo se ciñe al significado (contar y cantar): “No hay más pez/ que tu corazón intacto/ ardiendo en medio de la nada/ siendo todo/ una vez más/ sin miramiento/ No hay camino más rojo/ que tu nombre/ ciudad/ cincelado/ en la tibieza de mi sangre.”

Armando Alonso (1974) va en un viaje: “La luz abatida en la penumbra de lo incierto abandona la arena tomada por la muerte. Baja la cabeza, saluda a la señora, quítate el sombrero de la duda, tiende tu cuerpo sobre el camino, lame la piedra en que te convertirás.”

Alma Karla Sandoval (1975) es una de las voces que en su alquimia nos devuelve al poema: “Hay quien quema la columna de un pescado/ y esconde una llave ensangrentada/ Quien sepulta un cáliz./ Hay quien dice que el campo es para eso,/ para que el tiempo no encuentre lo que ha sido.”

Así la poesía morelense, archipiélago donde no hace falta la corrupción ni el arte de trepar.

 

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