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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De gatos y cascabeles

Es altamente probable que quien pase sus ojos por estas líneas haya leído alguna vez las novelas Primer amor, últimos ritos, Trópico de Cáncer, Los once mil falos y Justine, por citar sólo cuatro. Como sabe quien las conoce, esas obras no se distinguen precisamente por lo que hoy se da en llamar “corrección política”, en este caso tocante a la sexualidad humana, que en más de un aspecto sólo es el nombre moderno del puritanismo. Pues bien: si eso que hoy es considerado ya no digamos el mejor, sino incluso el único comportamiento aceptable, fuera llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas, usted tendría no solamente que arrepentirse públicamente de haber leído esos y otros libros de Ian McEwan, Henry Miller, Guillaume Apollinaire y el Marqués de Sade, respectivamente, sino además debería organizar una pira pública para quemar en ella las obras completas de dichos autores, retirarle hasta el saludo a quienes no hagan lo mismo o expresen su desacuerdo con tal decisión, escrachar a quienes lean y conserven en sus bibliotecas esos libros y otros por el estilo, no participar en ningún proyecto ni actividad que los incluya del modo que fuese… Después, por estricta congruencia, tendría que repetir el proceso con libros que, sin ser explícitos en su “incorrección” o que ni siquiera abordan esos temas, fueron escritos por autores de los que antes o después llegó a conocerse una o más conductas moral y/o legalmente reprobables… Y después se vería obligado a proceder exactamente igual con la pintura y los pintores, la escultura y los escultores, la dramaturgia y los dramaturgos, la música y los músicos, el cine y los cineastas...

Pero el asunto no para ahí, porque la sexualidad sólo es uno de los muchos asuntos potencialmente convertibles en esas arenas movedizas donde el menor paso en falso puede condenar a cualquiera al ostracismo. Así que, de nuevo en aras de la lógica y la congruencia, tendría usted que seguirse con el rechazo, público y elocuente, a cualquier obra y autor sospechoso de apologetizar en su trabajo, y/o practicar personalmente, y/o no manifestarse tan mediática y notoriamente como sea posible, contra la intolerancia a la diversidad sexual, el racismo en sus infinitas manifestaciones, el clasismo ídem, la violencia preeminente, el supremacismo biológico humano, la irresponsabilidad ecológica… En el improbable final –improbable porque una tarea así seguramente no ha de acabar jamás--, su entorno, sus referentes y su imaginario serán inmaculados –es decir, lo que su entonces muy angosta moralidad considere susceptible de ser calificado así--, pero de manera irremediable su universo cultural habrá quedado reducido al mínimo, con tendencia a empequeñecer.

No dictar: reflexionar

La aclaración debería ser innecesaria, pero más vale hacerla: ni media palabra puede decirse a favor de los Nassar en el deporte, los Maciel en la religión o los Weinstein en el cine, y queda fuera de toda duda lo saludable, a nivel individual y colectivo, de acciones como #MeToo y similares. Dicho con una expresión popular, ya era hora de que a ese gato se le pusiera el cascabel, con miras a eliminar la depredación sexual –cosa que se antoja imposible, pero no por eso menos exigible--, lo mismo en el ámbito de lo privado que en el de lo público, al que pertenecen las artes y los espectáculos.

Empero, esa tarea urgentísima no estará completa si al mismo tiempo no se le pone su correspondiente cascabel a otro gato, que puede ser llamado revisionismo, maniqueísmo, extremismo, absolutismo… Póngase un ejemplo práctico: en esta columna, dedicada a la crítica cinematográfica, se ha hablado innumerables veces del cine de Woody Allen, sobre quien pesa en este preciso momento la carga mediática más fuerte de algo que están dando en llamar “la era postWeinstein”, debido a las acusaciones de abuso sexual erigidas hace un par de décadas contra el autor de Manhattan, por cierto ya resueltas jurídicamente. En la lógica neovictoriana que ha movido a muchos de quienes han colaborado con Allen a desmarcarse de él y, a toro pasado, expresar su rechazo, ¿qué debería hacer, por ejemplo, alguien como este ponepuntos? ¿Desdecirse de todo cuanto haya manifestado, favorable o no, relativo al cine alleniano? ¿Ignorarlo de hoy en adelante o asumir el riesgo de ser considerado un apologista suyo? Y una vez más en esa lógica: ¿de hoy en adelante debería ver todo el cine bajo esa luz y autocensurarse en caso de habérselas con un defenestrado más?

Pocos temas merecen tanto ser abordados con total disposición a escuchar, y no a dictar posturas desde una superioridad moral igualmente cuestionable. La reflexión está abierta.

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