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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Entre héroes y tiranos

 

Zeus da a Minos, rey de Creta, un toro que los cretenses deberán ofrendar. Codicioso, Minos se lo apropia hurtándoselo al pueblo. La reina Pasifae, no menos codiciosa, se disfraza para que el animal la posea y engendra con él un hombre con cabeza de toro, el Minotauro. Dédalo construye un laberinto donde el monstruo cautivo será alimentado periódicamente con jóvenes mujeres y hombres atenienses hasta que Teseo lo mata y, mediante el hilo de Ariadna, salga del laberinto para derrocar a Minos. Hace exactamente un año repasé aquí las palabras de Pterocles Arenarius sobre este mito y la lección que proporciona: “El gobernante que por su ambición, su debilidad o su estupidez se convierte en tirano, con su acción terrible y cretina, labra la desgracia para todos, en primer lugar para sí mismo.” En este juego, dice en otro texto, “todos pierden, porque Minos es maldecido, odiado… Y además carga con la vergüenza de lo que pasó con Pasifae.” En http://pterocles-arenarius.blogspot.mx están disponibles los textos de donde proviene lo aquí citado y mucho más.

En Los reyes, primer libro publicado en 1949 con su verdadero nombre, Julio Cortázar da otro sentido al mito. ¿Algo cambia? Nada, la acción y el desenlace son los mismos. Sin embargo, la obra, que se propone de manera escénica, resignifica críticamente la figura del héroe y subvierte el papel que los personajes parecían condenados a representar eternamente. La obra no requiere más de cincuenta páginas, su estructura dramática corresponde al virtuosismo narrativo de Cortázar que después será admitido sin objeción, el lenguaje está a la altura adecuada de un tema clásico pero a la vez contiene en su economía la gracia de la agilidad que distingue al autor. Construida con escenas sin título, la obra avanza con un ritmo suntuoso y sobrio. La primera expone al rey Minos enfrentado a la pesadilla general del poder con un desdoblamiento particular que lo convierte en amo y esclavo, en carcelero y reo. La segunda escena la ocupan las duplicidades de Teseo, héroe y rey destinado a matar al Minotauro, cosa que da por hecha, y luego a encarar su verdadero problema, la salida del laberinto. En la siguiente escena aparecerá Ariana (sic), voluntad definitiva, aun cuando sea utilizada como instrumento de Minos para conseguir un pacto con Teseo; de Teseo para poder salir del laberinto y del amor recíproco para cumplirse como destino y desenlace. La escena siguiente es del monstruo (ahora nadie se atrevería a llamarle “antihéroe” aunque suponga la primera piedra del multidimensional edificio cortazariano de la transgresión), a diferencia del héroe, cuya visión de la muerte y el amor es secundaria, derivada, no central, el Minotauro carga la muerte y el amor: la levedad del amante verdadero y el peso mortal de amar de veras.

Sirvan algunas frases para intentar definir a los personajes de Los reyes. Minos censura así la sumisión de sus tributarios: “Y los atenienses siempre temerosos. Los atenienses inclinándose con el tributo anual.” Sin embargo, cuando lo exaspera la rebeldía amorosa de Ariana por su hermano el Minotauro, exclama: “Debí encerraros juntos, cederte a sus mandíbulas.” Ariana justifica ante el rey la exigencia de muchachos y doncellas atenienses por parte del Minotauro: “La cólera nació del primero que tuvo hambre.” Luego se inculpa por no entrar a rescatar al Minotauro: “Un horror solitario y astuto cohíbe mis pasos.” Finalmente, esa soledad y esa astucia la hacen concebir el truco del hilo, así, tras entregarlo a Teseo, ella implora: “¡Minotauro, cabeza de purpúreos relámpagos, ve cómo te lleva la liberación, cómo pone la llave entre las manos que lo harán pedazos!” Teseo es sencillo: “Tengo un problema, salir del laberinto.” “Me obedezco sin preguntar mucho. De pronto sé que debo sacar la espada.” Minotauro no confronta a Teseo con fuerza sino con entendimiento: “No es con los ojos que se enfrenta a los mitos. Ni siquiera tu espada me está justamente destinada. Deberías golpear con una fórmula, un ensalmo: con otra fábula.” A fin de cuentas, en la reformulación de Cortázar, ocurrirá un equívoco propiciado por la inocencia, será un malentendido lo que posibilite el cumplimiento del destino, la muerte indeseada de Minotauro y la absurda victoria de Teseo. Empero la sorpresa no termina ahí, falta la escena del citarista…

Hoy vendría al pelo una farsa con un Minos tricolor.

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