Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Del Toro y del aire, la forma

De Piazzola al cabaret francés, del swing estadunidense al vals, del pop al musical hollywoodense en blanco y negro, el arte de Alexandre Desplat fue uno de los elementos que mejor eligió Guillermo del Toro para su reciente película La forma del agua. Director de gran capacidad simbólica para quien pocas cosas ocurren de manera gratuita, el jalisciense supo delegar la forma del aire a un hombre con probadas credenciales en el mundo de las bandas sonoras. Un creador de temperamento atrevido que suplió magistralmente las carencias de un personaje mudo, tierno, resistente, carente de riquezas o sueños singulares, pero con brincos emocionales de alta dificultad para un soundtrack que debe darle voz y evolucionar a su paso. Nos referimos a Elisa Esposito interpretada por Sally Hawkins.

No tenemos el conocimiento suficiente ni queremos salirnos de los lindes de este espacio, pero hablar de la música en La forma del agua implica señalar algunos aspectos aglutinantes de la película entera. Si el gran total tuvo éxito o no, eso es algo que dejamos a juntapalabras expertos como nuestro vecino de página Luis Tovar (saludos amigo). Lo incuestionable es que una cinta que junta el drama de la Guerra fría con el “documental” social (racial y de género), con el cosmos fantástico, con un nutrido crisol de referentes televisivos de época, con el cliché del cuento infantil que se deshoja entre masturbaciones, homosexualismo, traición, ignorancia y crítica al capitalismo; lo incuestionable es, decíamos, que una cinta así exige un marco sonoro de altísima complejidad y tino. Del Toro lo consiguió haciendo un llamado arriesgado, certero.

Francés con cincuenta y siete años de edad, Alexandre Desplat es un músico atípico. Interesado en formas populares como el jazz y la música brasileña (ha grabado con Carlinhos Brown), además de tocar diversos instrumentos desde la niñez, estudió en los Conservatorios de París y Boloña y se involucró en formas clásicas contemporáneas que amplían su rango al componer y al dirigir orquestas, sean de cámara o completas, como la London Symphony Orchestra, la Royal Philharmonic Orchestra y la Munich Symphony Orchestra, entre otras. Asimismo, ha escrito canciones para las actrices Kate Beckinsale y Charlotte Gainsbourg, partituras para publicidad, obras de teatro y ballet y da clases magistrales en universidades como La Sorbona.

Artista todoterreno, Desplat ha entrado por sus oídos, lectora, lector, a través de películas como El gran hotel Budapest (que le hizo ganar un Oscar), Harry Potter, Crepúsculo y El discurso del rey, entre muchísimas más. Hablamos de un músico que sabe causar dramatismo tomando su propio lugar en el tablero y dialogando profundamente con quienes surcan la pantalla. Superando la sola eficacia y gracias a un balance inteligente entre lo folclórico y lo urbano, entre lo moderno y lo clásico, su obra nos coloca en un estado de sensibilidad particular –de brazos y tímpanos abiertos–, pues arropa tramas con efectividad, pero también sabe tomar el primer plano y sobrellevar la responsabilidad discursiva por completo.

Ahora bien, si el trabajo de Desplat es encomiable, también lo es la asesoría y decisiones en torno a las piezas de repertorio que se utilizaron a lo largo de La forma delagua. Allí están “La Javaneise” con Madeleine Peyroux; “I Know Why (And So Do You)” con Glenn Miller y su orquesta; “Chica chica boom” con Carmen Miranda; “Babalu” con Caterina Valente y Silvio Francesco; “A Summer Place” con Andy Williams; “Breathe” con Fleurie (la más joven y contemporánea nuestra) y “My Unusual Man”, de Trixie Smith. Esta última, por cierto, es la más vieja de las canciones de repertorio utilizadas. Nacida en la década de los veinte, es gran ejemplo de la dislocación semántica que la música sufre al volar sobre una historia así –la de una desafortunada mujer que limpia un laboratorio estadunidense en los años sesenta para hallar el amor inesperadamente– y de cómo ese vuelo cambia nuestra perspectiva de la Historia humana a partir del “sencillo” drama individual y cotidiano.

Oda a la alteridad y a los valores de la diferencia, esta película acuática ve su reflejo en el aire gracias a la visión de Del Toro y el talento de Desplat. En tiempos de crisis de valores –sí, de valores–, cuando el miedo y la paranoia obligan al escape al egoísmo y la ambición, una obra que resalta la posibilidad del cariño –del tipo y forma que sea, tan inefable o diáfana como sea– y que lo hace respetando congruentemente la trayectoria de sus autores, nos obliga a quitarnos el sombrero en el primer mes de un 2018 que luce desalentador en lo tocante al amor al prójimo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

comentarios de blog provistos por Disqus