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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La rueda de la fortuna

 

Si bien es cierto que Wonder Wheel significa literalmente “rueda maravilla”, resulta absurdo soslayar que en español el nombre de la tradicional atracción de feria es “la rueda de la fortuna”, por lo que rebautizar como La rueda de la maravilla al más reciente trabajo del hoy defenestrado Woody Allen es un despropósito que sería irrelevante si en el concepto “fortuna” no estuviera cifrada buena parte del sentido último de la cinta.

Narrada desde la perspectiva de un joven salvavidas que quiere ser dramaturgo, el filme cuenta la historia coral de un conjunto de personajes típicamente allenianos: la “familia” compuesta por Ginny, una mujer de mediana edad cuyos sueños de actriz no la condujeron sino al desencanto y a la difícil sobrevivencia económica, y Humpty, su esposo, un hombre maduro en lucha contra el alcoholismo, acompañados por el pequeño hijo de ella, un niño con tendencias piromaniacas, y poco más adelante en la trama por la hija de Humpty, una joven cazafortunas que cometió el error de casarse con un mafioso del que ahora busca huir.

Ambientada en el Coney Island de los años cincuenta, cuando aquel sitio vivía un esplendor en el que, por cierto, se resume mucho de la idiosincrasia estadunidense –búsqueda incesante del entretenimiento y la disipación, una vida sencilla sin más afán o complejidad que hacerse de dinero y, si es posible, de fama, todo ambientado con oropeles baratos y luces de neón–, la trama ilustra, con la crudeza sin concesiones de la verosimilitud total, la imposibilidad de cada uno de los personajes para escapar de sí mismos, por más esfuerzos que hagan.

Figura central del filme y paradigma del deseo que se consume en sí mismo, en la periclitante Ginny –una soberbia Kate Winslet– se exhiben todos los tonos posibles del patetismo: la puerta falsa de la infidelidad para escapar al menos momentáneamente del tedio cotidiano y de un ayuntamiento sin felicidad ni erotismo ni dinero ni nada; la no menos falsa del enamoramiento, o más bien la infatuación, con alguien mucho más joven que ella; el empecinamiento en la quimera astrosa de creerse o sentirse actriz cuando sólo es una mesera que envejece a grandes zancadas…

La rueda de la fortuna que le hurtaron al título es el telón de fondo de la historia: Ginny, Humpty y sus respectivos hijos viven en una cabina habilitada como casa, justamente a un costado de la enorme rueda icónica de Coney Island y, más que en los actos y las situaciones, es en su mente donde la fortuna pareciera girar incesantemente: de alguna manera tránsfugas de su pasado, del que muy poco se cuenta pero todo se puede intuir, Ginny está como esperando que su fortuna y su vida entera cambien por el simple hecho de mancornar a su pareja, mientras éste sólo aspira a que nada cambie ya –sobre todo su necesidad de beber, momentáneamente reprimida–, al mismo tiempo que su joven hija no termina de salir de un conflicto cuando ya está involucrándose en otro, ahora con el salvavidas-amante de su madrastra-aspirante a dramaturgo, y el pequeño pirómano es dejado prácticamente a su suerte.

“Unas veces arriba y otras veces abajo”, dice el corolario popular respecto de la multimencionada rueda, pero la del Coney Island del filme se empecina en mantener a los personajes en la parte baja, en medio de la felicidad de pacotilla, toda hecha de cartón piedra y fugacísimas luces de colores, característica de los parques de atracciones –o ferias, como suele llamárseles acá. Soberbio retrato coral de las ilusiones frustradas, el filme de Allen va más allá de la crueldad a la hora de decidir la suerte de sus personajes –crueldad inherente y, por lo tanto, inevitable cuando se trata de radiografiar pulsiones y deseos, que es lo que mejor hace el director y guionista neoyorquino–: el descenso es tan profundo que en las últimas capas uno descubre, no sin asombro, matices de una compasión absolutamente inesperada, en virtud de la cual –y para respiro de un espectador que, a contrapelo de la que considera su propia superioridad moral (idéntica por cierto a la de los desabonados del universo fílmico alleniano, que oscilan entre lo hipócrita y lo pacato), se identifica con este o aquel personaje– se alcanzan al menos unos gramos de redención.

La rueda de la maravilla está exhibiéndose en la Cineteca Nacional. Considerando el torquemadismo del que Woody Allen es el cliente en turno, y aunque ya terminó su siguiente producción, quizá La rueda… sea la última película exhibida de su larga e insoslayable filmografía. Así fuera sólo por ese motivo valdría la pena verla, pero por fortuna el verdadero motivo es el único importante: la película es realmente notable.

 

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