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Eliot en tiempos de penuria
'La tierra baldía'. T.S. Eliot, traducción de Gabriel Bernal Granados, Elementia-El Tucán de Virginia, México, 2018.
Por Evodio Escalante

La buena noticia es que hay un interés en español por realizar nuevas traducciones de la obra imprescindible de T. S. Eliot. En esta ola de fervor habría que incluir la versión de los Cuatro cuartetos que ofrece Andreu Jaume (Barcelona, Lumen, 2016), la aparición del impresionante primer tomo de las Poesías completas (1909-1962) basada en la edición inglesa que prepararon Christopher Ricks y Jim McCue para la editorial Faber y puesta en nuestra lengua por José Luis Rey (Madrid, Visor, 2017), así como la versión “corregida” y a la vez póstuma de los Cuatro cuartetos que realizara el fallecido José Emilio Pacheco (México, Era-El Colegio Nacional, 2017). A lo anterior, hay que añadir la caja que está haciendo circular el poeta y editor Víctor Manuel Mendiola con una novísima traducción de La tierra baldía a cargo de mi amigo, el ensayista y poeta Gabriel Bernal Granados. Se trata de una obra múltiple que conjunta una serie de treinta y cuatro “iluminaciones” (o grabados) en fibro-cemento realizadas por Emiliano Gironella, las cuales contienen su interpretación visual del poema, de la traducción antes mencionada, y de toda una propuesta editorial que incluye un ensayo de Víctor Manuel Mendiola, “Hurry up, hurry up, sexo rápido en T. W. L.”, otro texto de Guillermo Fadanelli acerca del trabajo del artista plástico, un par de artículos de Armando González Torres y de Edward Hirsch, así como de un insólito “rescate” de antigüedades textuales. Juntando lo más nuevo con lo más viejo, Mendiola incluye la primera versión del poema de Eliot que apareciera en nuestro país, la que realizó en prosa Enrique Munguía Jr. con el título de “El páramo” y que publicó la revista Contemporáneos en 1930, así como las primeras reacciones que suscitó dicho texto en Virginia Woolf, en el Times Literary Supplement y en el novelista estadunidense Conrad Aiken, quien publicara su reseña en The New Republic en 1923.

El ramillete textual lo abre el propio Víctor Manuel Mendiola con su ensayo, en el que nos propone leer La tierra baldía desde la óptica de una sexualidad degradada, y además, a toda velocidad, que habría sustituido al amor tanto romántico como mítico en favor de una efímera complacencia que a veces podría equivaler a una violación consentida. “Si hay un hilo en la espesa urdimbre cambiante, en la red de alusiones y símbolos, ese hilo sería la triste cita alrededor del amor invertido y postergado en mero sexo. Tan es así que, si suprimiéramos los instantáneos y descosidos encuentros carnales, el poema perdería no sólo su oscuridad profunda sino la acción dramática que lo caracteriza”, observa Mendiola, con lo que nos proporciona una sugerente clave para entender el texto por más que resulte ser de cierto modo unilateral, pues aunque pudiera tener razón en cuanto a la consistencia de la trama, es obvio que La tierra baldía es mucho más que “una metafísica de las costumbres de la sexualidad moderna”, para seguir citándolo. Las tinturas nihilistas del poema, su radiografía de una civilización en crisis y acaso en franca decadencia, y el mensaje final que se apoya en la sabiduría del Bhagavad-Gita para sugerir una salida a esta crisis a través del mensaje del trueno, se desvanecen de algún modo en el ensayo de Mendiola.

La traducción de Gabriel Bernal Granados, convincente en muchos de sus trechos, acaso se resiente del esquema “espontáneo” que asume el editor: hacer como si el poema de Eliot acabara de aparecer y no tuviéramos tras de nosotros una espesa capa de interpretaciones y lecturas diversas. Lo afirma Bernal Granados: “Traduje La tierra baldía como si fuese la primera vez, como si no existieran decenas de traducciones previas, más o menos afortunadas, de un poema publicado en 1922.” La frescura de su abordaje acaso queda anulada por lo que podrían ser errores de interpretación que se hubieran evitado precisamente teniendo en mente algunas de las traducciones anteriores. Al final del primer canto, por ejemplo, Granados equivoca el parlamento del poeta: “‘Oh, mantén al Perro lejos de aquí, ese amigo del hombre,/ O con sus uñas lo cavará de nuevo’” (?), cuando es obvio por el contexto que se trata de “excavar” o de “desenterrar” un cadáver. El famoso verso que en inglés dice “O O O O that Shakespeherian Rag”, en clara alusión a un género musical, lo traduce: “O O O O ese Andrajo Shakesferiano”, con lo que acaso sugiere un ambiente de “feria”, opción audaz pero que incrusta una dicción que no está en el original. Ahí mismo –y lo considero grave– el traductor le cambia el sexo a uno de los interlocutores, y lo que era un tenso diálogo entre dos mujeres se convierte en un intercambio entre hombre y mujer. Diré algo más: un verso idéntico de Eliot, que recurre en otro pasaje del poema, el traductor lo vierte una vez de un modo y la siguiente de otra. Una vez anota: “Esas son las perlas que fueron sus ojos. ¡Mira!”, y la siguiente, como si hubiera olvidado su anterior opción, “Aquellas son las perlas que fueron sus ojos…”

Ante este tipo de fallas, algunas de concordancia interna, uno se pregunta: ¿no será que la traducción, así como el libro en su conjunto, se hicieron a toda prisa, como otro episodio más del “sexo rápido” de que habla Mendiola en su citado ensayo? Hay detalles que hacen pensarlo así. Me refiero a erratas y descuidos en la edición. Primero que nada, si se trataba de darle todo su valor a una nueva traducción de La tierra baldía, entonces cada vez que en los distintos artículos que aquí se reúnen aparecen citas textuales del poema, lo obligado sería ajustarlas a la traducción realizada por Bernal Granados, cosa que no sucede. Un segundo descuido: al poema lo acompañan, como se sabe, sesudas notas elaboradas por el propio Eliot. Para facilitar el uso de estas notas, van acompañadas del número de verso al que se aplican. Tal procedimiento se respeta en la traducción de las notas, en efecto, pero… pero… el editor olvidó numerar los versos en el cuerpo del poema, razón por la cual este complicado aparato textual resulta inservible, o en dado caso, terriblemente laborioso de utilizar. Un descuido más, atribuible al editor: no hay ninguna indicación acerca de la fecha ni el lugar en que habrían aparecido por primera vez los textos de Virginia Woolf ni de Conrad Aiken. ¿Es que ya no hay sensibilidad filológica, ni siquiera tratándose de una operación de “rescate”?

A lo anterior, y ya para terminar, habría que mencionar algunas erratas, producto nuevamente de las prisas editoriales. Me limitaré a una, realmente estratégica, pues tiene que ver ni más ni menos con el apellido del autor. En un par de las notas al pie de página, en lugar de “Eliot”, el texto nos obliga a leer “Eiot” (!) ¿No es como para decir basta?

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