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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

David Psalmon y la abolición de las jerarquías

 

Un conjunto de ideas, no todas concatenadas, ni siquiera bordadas por la causalidad ni la bidireccionalidad, son el paisaje de este bosquejo ético, antropológico, político y social que constituye la maqueta fascinante que es Después de Babel, dirigida por David Psalmon y armada auténticamente con una tribu de cómplices capaces de fundar su propio Aztlán teatral, donde podrían de una vez elaborar un futuro que puede albergar una dicotomía entre el sedentarismo y la vocación nómada de este puñado de artistas.

En la entrega anterior bosquejé en qué consiste a grandes rasgos el concepto escénico que anima esta puesta en escena que descansa en un gran trabajo técnico, de relojería y manejo de un espacio que hacia este fin de mes se desplegará en la Casa del Lago, después de apropiarse de la Casa Refugio Citlaltépetl, en la calle del mismo nombre en la colonia Condesa.

La arquitectura interna de la obra está compuesta por el diseño de los espacios e iluminación (Sergio López Vigueras), que se cruzan para sostener los sonidos y la música original de Rodrigo Flores y Daniel Hidalgo Valdés. Todo esto es completado con el “dispositivo multimedial” ideado por Héctor Cruz, que permite también la incorporación de su “videoarte” con el de Miriam Romero y esa otra imagen que es el vestuario diseñado por Mauricio Ascencio, que definitivamente rompe con cualquier asociación realista para hacer del tiempo un espacio que puede correr hacia atrás o hacia delante, pero jamás instalarse en un presente ordinario ni reconocible. Por supuesto, eso es posible gracias a otra fila de artistas que cosen, martillan y clavan, enlistados en el sitio web de Teatro sin Paredes.

Estamos ante una casona/escenografía/espacio escénico con varios cuartos que funcionaron en algunos casos como vientre, en otros como un espacio toráccico e intestinal para conformar un cuerpo cultural postbabélico, organizado al modo de una rayuela cortaziana donde lo teatral se despliega en un fluir que semeja los modos estructurales de narrativas de largo aliento, como la nouvelle o la propia novela: inacabada, siempre dispuesta para armar, pero sin dejar de sostenerse en lo novelesco donde las tramas están constituidas por el propio aliento de personajes, cuya fuerza consiste en una dualidad entre lo arquetípico, el estereotipo y una suerte de confesión, testimonio y un “yo acuso” que lo libra de la petrificación constrictiva del rol.

El programa de mano no sólo es un registro de los créditos y el contexto de la obra; también es mapa, croquis y guía de lectura. Eso también lo convierte en una metáfora de los caminos en la palma de la mano, y sólo la elección que interpreta y actúa puede trazar una ruta entre seis posibles, multiplicadas por otras seis, con las consecuentes inagotabilidad y amplitud como la que ilustrada por el viejo cuento del sabio Sissa, a quien el rey Sheram quiere recompensar por haberle descubierto los placeres del ajedrez, con un grano de trigo por el primer cuadro del tablero del juego, dos granos por el segundo, por el tercero, 4, por el quinto 8, por el sexto 16, y así hasta acabar con los 64 cuadros del tablero y también con las reservas de los graneros, insuficientes para cumplir la demanda matemática.

Seis posibilidades contenidas en seis momentos de tránsito obligados, en siete actos con una duración de doce minutos cada uno, que serán repetidos seis veces con un intermedio de cuatro minutos entre cada acto, para desplazarse hacia el próximo, indicado en la ruta de elección y/o asignada. Al final, todos se reúnen en el mismo espacio inicial donde se recibieron las instrucciones. Utopya guarda una proximidad estructural con este (des)orden babélico. El hilvanado entre los actos es una tarea que el espectador deberá asumir, y sólo será compartido si va acompañado por alguien, porque cada acto será irrepetible en una combinatoria aún mayor porque no hay actores fijos para cada acto.

Los temas del uno al siete organizan el sentido y corresponden a un dramaturgo: el nacimiento (Babel, Philip Kniht y Angel Hernández), el autorreconocimiento (Cámara de refrigeración, Sara Pinedo), el amor (¿Funciona el amor?, Luisa Pardo), la comunicación (Las palabras de la diosa, Sergio López Vigueras), la unión con el todo (Paraíso perdido 1.0, Diego Álvarez Robledo) y finalmente Reconstruir la comunidad, de Sergio López Vigueras.

Una invitación a una lectura desordenada del mito, una lectura no lineal, no cronológica, no jerárquica. ¿Babélica?… Esto no es Babel, es Después de Babel.

 

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