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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Viejo manual de Carreño

 

Me llegó la hora de exclamar como han exclamado todas las personas mayores de cincuenta años que han vivido en este mundo: “¡Así no era en mis tiempos!”

Es decir, ya soy una viejita. Es incómodo, no sólo por las canas, las arrugas y las rodillas tiesas. Lo que más me alarma es la sensación de repelús que me invade ante ciertos cambios en la vida diaria. No “asunto” el zeitgeist, caray.

La cosa es que cada generación suele traer un adelanto con ella. Algunas son imprescindibles para el avance de las sociedad: la lucha por la equidad de las mujeres y los grupos LGBT; la puesta al día de leyes que eran discriminatorias; los derechos de los animales; la laicidad; la importancia que ahora damos, al menos nominalmente, a la educación científica, etcétera. Unas también traen el smartphone pegado y creen que pregonar sus proezas sexuales con desconocidos es ser sincero y fresco.

Ciertos cambios chocan con el gusto de la generación anterior: por ejemplo, el uso de las groserías. He visto cómo las groserías han perdido eficacia y flexibilidad en los últimos años. Aclaro que no soy ajena a su poder liberador. Hay ocasiones en la vida en las que lo único que tiene uno para enfrentar el dolor o el miedo es una mentada. Durante la adolescencia mi poeta favorito fue Francisco de Quevedo, no por el bellísimo Amor constante más allá de la muerte, quizás el más hermoso soneto escrito en castellano. Lo que yo adoraba eran las peladeces: “¿Quién si dos dedos creciera/ pudiera llegar a rana?/¿Quién puede ser almorrana/ de la peor rabadilla?” escribió sobre Juan Ruiz de Alarcón. Estos son apenas unos versos. Quevedo era escatológico, misántropo, misógino y rabioso; tenía todo el español a su servicio y con él fabricaba lo mismo los dardos que el veneno.

Todavía me tiro al suelo de risa con la pura dedicatoria de Venturas y desventuras del ojo del culo: “ Para Doña Juana Mucha, Montón de carne, de Juan Lamas, el del camisón cagado.” Lo que sigue es indescriptible y divertisimo.

Mi familia es yucateca. Es decir, en mi capital cultural cuento con una versión escatológica de cada refrán usado en el altiplano. Por ejemplo: en lugar de decir: “Es la misma gata pero revolcada”, yo suelo decir: “Es la misma lavativa con distinto bitoque.”

Yucatán es un estado en el que hijoeputa es una sola palabra que se aplica con imparcialidad a hombres y mujeres. Con esto quiero dejar asentado que no es la grosería lo que me irrita: es la compulsión a usarla con el “güey” al principio o al final de cada oración. A todo volumen. Cerca de personas a quienes no nos interesa lo que se está diciendo. No siempre es un privilegio enterarse de lo que pasa en la vida de quien está junto a uno en la caminadora, la cola del súper o el Metrobús.

Agradecería mucho que alguien me explicara de qué forma mejorará la vida colectiva ahora que sacarse los mocos, limpiarse los dientes o las orejas con las uñas, rascarse la entrepierna y soltar ventosidades se han convertido en actividades, si no públicas, tampoco confinadas a la privacidad.

Sospecho que la rutinaria contemplación de los miles de videos que nos ofrece internet, protagonizados por personas haciendo todo tipo de cosas: ridículas, íntimas, prohibidas, criminales o simplemente estúpidas, nos ha encallecido el gusto. Tanto, que un presidente como Trump puede conducirse como un niño horrendo y haya quien lo celebre.

La prensa rosa está plagada de artículos sobre el desempeño sexual de los actores de telenovelas; “investigaciones” en las que se expone la vida privada de las celebridades; fotos de mujeres en calzones con cara de éxtasis. Quizás por eso hablar de la genitalia propia y ajena en el Metrobús sea peccata minuta.

Me parece engañoso y tonto: quien se deleita eructando en la cara del vecino creyendo que por eso es libre, no mira en dirección a los barrotes. Siguen ahí, donde siempre. Cierran la entrada a la educación (no me refiero a los modales), la equidad, la honestidad y la posibilidad de expresarse. La mexicana, a pesar de las portadas llenas de encueradas en revistas y periódicos, es una sociedad pacata que castiga a las mujeres. Quien expresa cosas de verdad importantes e incómodas suele pagarlo con la vida. Miren la cantidad de periodistas asesinados. Que un señor diga “Robé, pero poquito”, no es honestidad, es descaro. Habría que revisar lo que es necesario cambiar. Y dejar los modales como estaban.

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