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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Vacío + Orquesta = Karaoke

Era de madrugada. El insomnio alentaba los ecos de una contractura de cuello que tiempo atrás nos hizo llorar camino al doctor. Sumergidos en la desesperación y sin fe televisiva, visitamos un canal olvidado: MTV. Allí, Crash Karaoke, programa en el que se alienta a gente común a cantar grandes éxitos de pop, rock y rap siguiendo letras en pantalla, luego de girar una ruleta temática. La mecánica es simple: dos contendientes espontáneos compiten para ganar cien dólares frente a una audiencia que, tomada por sorpresa en un restorán de comida rápida, una tienda o un parque, elige al vencedor aplaudiendo.

¿Por qué hablar sobre esto? Debemos reconocer que el asunto nos sacó más de tres sonrisas. En tiempos de egoísmo y desconfianza es positivo que un grupo de desconocidos se vincule cantando o bailando de la nada, a una hora cualquiera y en un espacio inesperado, reconociendo el poder unificador de la música. Otro ejemplo exitoso del canto sobre pistas –el más, probablemente– es Carpool Karaoke, segmento en el programa nocturno de James Cordan, conductor británico cuya brillante idea reventó las redes. Algo tan simple como esto: conducir un auto en alguna ciudad del mundo teniendo a una estrella de la música como copiloto para cantar con ella algunos de sus temas, al tiempo que conversan relajadamente.

Ahora bien, el concepto karaoke es algo de lo que hemos querido escribir desde hace años, luego de asistir a uno en Osaka, Japón. Allí, prolongando una noche de juerga y sake, terminamos disfrazados como mucamas y bebiendo cerveza barata entre otros melómanos mareados y entusiastas. Días después variamos la experiencia en un bar de Tokyo con clientela de mayor edad que se tomaba muy en serio su actuación. Vestidos y peinados para el escenario, no les importaba que a esa hora de la tarde el establecimiento luciera medio vacío. Aprovechaban su momento vocal exaltando un rasgo japonés manifiesto en las culturas otaku y gamer: la creación y cultivo de vidas paralelas, más o menos ficticias, a través de las cuales liberar frustración y presión cotidianas.

Con su influencia en pleno crecimiento y resurgimiento, el karaoke de hoy aparece en bares, cafés, restaurantes y antros del mundo entero, se instala en aplicaciones, videojuegos y sitios de internet que aprovechan su efectivo y primitivo mecanismo. A saber: canciones de éxito probado suenan sin voz para que cualquiera se suba a un escenario y pruebe suerte. Incluso los videoclips del momento están saliendo en versión lyric video para facilitar el aprendizaje de fanáticos que vuelven a enfocarse en la letra (algo bueno, sin duda). Nacido en Hispanoamérica como canta bar, su verdadero origen se remonta a la televisión estadunidense de los años cincuenta, cuando se les ocurrió que la letra de canciones podía aparecer en pantalla con una bolita que brincaba entre sílabas al ritmo de la música. Hay quienes señalan a las goguettes francesas como semilla del fenómeno, pero eso nos parece exagerado.

Esas composiciones provenientes del cabaret francés son piezas bien conocidas tocadas en vivo para que personas de la audiencia las canten, pero cambiando su letra (allí la distinción). Forma decimonónica de entretenimiento underground, tiene que ver más con la parodia política que con la imitación. En ese sentido pudiera acercarse a lo que en Barcelona y Madrid dieron por llamar antikaraoke. Hablamos de un concepto –popular desde hace diez años– que se crea cada noche en un foro y escenario en forma, frente a una audiencia mayor a la de un bar, para que una pasarela de freaks haga parodias con “instrumentos” y disfraces.

Ahora bien, regresando al origen del karaoke, hay quienes identifican al japonés Daisuke Inoue como el inventor de la primera máquina en el año ’69. Aunque no la patentó, se le han dado reconocimientos que incluyen el de la revista Time, que lo puso como uno de los japoneses más influyentes del siglo XX. Empero, también hay quienes hablan de Kisaburo Takagi como el verdadero cerebro karaoke, pues fue el primero en comercializar gramolas con micrófonos en los años setenta. Sea de una forma o de otra, es innegable que estos sistemas de reproducción nacieron y se consolidaron en Japón. De allí que la palabra karaoke combine los términos kara (vacío) y okesutora (orquesta), aludiendo a la falta de voz en un grupo.

Esa tecnología, combinada con formatos digitales y con la popularización de programas, películas y series musicales como Glee, Camp Rock, American Idol y Factor X, contribuyó a que el karaoke funcione como una eficiente actividad de entretenimiento y conexión social con múltiples variaciones. La más extrema: Lip Sync Battle, programa donde celebridades hacen mímica facial sobre canciones famosas, pero sin cantar. En todos los casos, tristemente, vemos algo grave: no hay músicos en vivo. No se necesitan. Quedan fuera de una fórmula que subraya al ego individual y su narcisista arrojo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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