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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Ómnibus de poesía mexicana, antología preparada por Gabriel Zaid, se publicó por primera vez en 1971. Su corpus, que se presume panorámico, abarca diferentes geografías y tiempos, su listado de autores va desde Nezahualcóyotl hasta José Carlos Becerra y divide a la poesía en categorías, como indígena, popular, novohispana, romántica, modernista, y aquella escrita por autores nacidos entre 1889 y 1937. En lugar de un prólogo que justifique sus métodos críticos, Zaid propone siete breves advertencias en donde expresa que los únicos argumentos válidos para realizar una antología de estas características son el gusto personal y los mismos poemas: “Una antología de antologías” en la que “la selección es de poemas y tipos de poesía, tanto o más que de poetas.” Este Ómnibus (que en latín quiere decir “para todos”, como bien remarca Zaid) permite que convivan entre sus páginas canciones de cuna, refranes, conjuros, oraciones, poesía política, burlesca, “letras de letrina”, y obras que son consideradas como canónicas en la poesía nacional, como las de sor Juana Inés de la Cruz o Alfonso Reyes.

Pero leída con atención, la perspectiva incluyente y democrática de la antología revela ciertos gestos discriminatorios al organizar a sus pasajeros en primera y segunda “clase”. Aparte de las categorías en que ordena a la poesía mexicana, hay dos ejemplos concretos que dan testimonio de esta actitud: Zaid reta, aparentemente, al canon al afirmar que hay “algo más vivo en el Brindis del bohemio que en la poesía de Altamirano y Cuesta [a quienes no incluye], hombres tan importantes en la historia de nuestra poesía”, para después confrontar a Octavio Paz y a Efraín Huerta en una muestra desigual, concediéndole a Paz veintiún páginas mientras que a Huerta sólo dos, publicando de éste sólo seis Poemínimos e ignorando toda su obra. Gabriel Zaid endiosa a Paz y (poe)minimiza a Huerta sin darle al lector la oportunidad de decidir por sí mismo.

Pero no sólo los poetas padecen esta discriminación, sino también los poemas y, en consecuencia, los lectores. Resulta sospechoso que Gabriel Zaid mutile los poemas de largo aliento de nuestra tradición, por ejemplo, de El Sueño, de sor Juana Inés de la Cruz, cuya extensión es de 975 versos, sólo publica sesenta y tres, es decir, casi un seis por ciento del poema, lo que equivaldría a “antologar” (aproximadamente) medio verso de cualquier soneto y esperar que el lector comprendiera el poema. Zaid repite el mismo vicio que los antologadores que le anteceden y suceden: subestima al lector pensando que no leerá todo el poema y que no necesita más que “una probadita” del mismo (pese a que la extensión no debiera ser un pretexto en una antología de casi setecientas páginas). Finalmente comprendemos, a casi cincuenta años de su publicación, que bajo el disfraz democrático de Ómnibus de poesía mexicana se oculta el inagotable deseo por tener la última palabra en la mezquina construcción del canon.

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