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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Otra temporada en el infierno (I DE III)

Si nos atenemos a la etimología, la democracia no existe. Y si alguna vez existió como piadosa mentira platónica, en la modernidad ha derivado a representación teatral cuyo clímax son las elecciones. En México la revolución social desembocó en la conformación de un partido capaz de instaurar una dictadura-perfecta de ciento dieciocho años, la cual a su vez sustituyó a la de Porfirio Díaz... En las elecciones, si alguna vez las hubo aquí, jamás se dirimieron programas gubernamentales, planes ni proyectos de país sino, acaso, se negociaron intereses, intereses por lo general ayunos de ideología o en casos muy específicos con una ideología endeble que se quebró ante el dique del fraude electoral. Pero lo peor no es eso. La división entre derecha e izquierda, nacida como metáfora incapaz al calor de la Revolución francesa, resulta inestable por el pragmatismo político y la debilidad ética. México es una inmejorable ilustración de esta incapacidad e inestabilidad. Aquí, desde el último cuarto del siglo pasado y en los dieciocho años que lleva éste, ni siquiera Aguilar Camín o Castañeda, por no hablar de Krauze, tienen la gallardía de reconocer su derechismo. El último, amén de dar el título de Textos heréticos al libro de divulgación del pensamiento salinista, se confesó liberal en una de las últimas entrevistas de Granados Chapa. Nada nuevo, pues hasta Miguel Alemán Valdés llegó a calificarse de izquierdista, López Mateos declaraba ser socialista dentro de la Constitución y Luis Echeverría aseguraba que el país no iba hacia el socialismo porque ya estaba en él. Si a eso agregáramos la realmente existente izquierda regalona, acomodaticia e inescrupulosa adocenada en los partidos Comunista Mexicano y Popular Socialista, estaríamos más que lucidos. Del PC, antes del liquidacionismo pleno, los militantes salían, ya por la derecha para integrarse a las filas del PRI a fin de cambiar-el-sistema-desde-dentro, o ya por la izquierda, para morir en las guerrillas o acogerse a la piedad del tirano en turno. Hasta que por fin aterrizó, creyéndose Quetzalcóatl, un oscuro burócrata y aún más oscuro escritor, José López Portillo, para abolir la geometría política de izquierda y derecha con una reforma a modo para que la rebaba progresista se refundiera en partidos más presentables y menos dependientes de la mezquindad moscovita. En eso estuvimos jugando al sí se puede hasta este 2018 que nos halló sentados-al-banquete-de-Occidente, mirándonos en el mismo espejo, sin derecha ni izquierda, con el máximo horror capitalista, es decir en la fase más apocalíptica de un sistema deletéreo a pesar de y merced a su descomposición.

Sin democracia, sin ideología propia, sin más rumbo ni visión que las elecciones, vuelve a despuntar como posible vencedora una fuerza antagónica al PRI. Por eso los dueños de la palabra, el dinero, las leyes, las armas y, sobre todo, del poder, son más destructivos mientras más segura parece la victoria de su oponente. Por eso la corrupción institucional refuerza su impunidad mediante leyes autoritarias, criminalizantes, militaristas. En ese escenario y con esas reglas unos y otros actúan en defensa y ataque de clases con intereses opuestos, unos y otros actúan en episodios en los que sólo unos tienen claro el objetivo de mantener sus privilegios materiales e inmateriales a toda costa, mientras los otros van convirtiendo su fortaleza en una caricaturesca aspiración a presidir un país sometido a leyes, instituciones, economía y valores contrarios a los intereses mayoritarios. La confrontación electoral no deja de ser, empero, una expresión de la oposición a/o del reforzamiento de las formas políticas, culturales y sociales de dominación de unos pocos sobre muchísimos. La confrontación electoral también constituye el ámbito por demás reducido para acceder a la realización de una democracia con el adjetivo imprescindible e infalsificable de verdadera, o a la caída en una mayor opresión con apariencia democrática, cuando no a la barbarie que crece en la misma proporción que la conciencia organizada de la ciudadanía y el valor civil de personalidades representativas de intereses mayoritarios. La confrontación electoral, con ser tan acotada, enciende una guerra por parte de quienes pretenden imponer a Me-a-de o a Anaya. Pero no sólo eso, también hay factores de otra procedencia que por diferentes visiones y/o convicciones avivan la guerra.

(Continuará…)

 

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