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Angela Carter o la perversión de la belleza

Si la Ilustración y la Revolución Francesa produjeron un ángel depravado como el marqués de Sade, el llamado postmodernismo nos lega un hada perversa de nombre de Angela Carter que, como en su momento el Divino Marqués, arrasa, como un incendio contra un bosque, con lo que difusamente se denomina “valores”. En un ensayo titulado La mujer sadiana, Carter destaca la injerencia del aludido en la inversión y subversión de roles sexuales dentro de la literatura, y lo hace a través de personajes femeninos que aniquilan la biologista noción, reciclada por la cultura, de la llamada “naturaleza femenina”. La obra de Sade es una desacralización integral de lo femenino: “El ataque sexual es tanto un estupro como un tributo, pues el mismo acto del estupro refuerza la santidad del templo”, escribe Carter en uno de los mejores ensayos –o el mejor– que se han escrito sobre el heterodoxo genio. Angela explica metódicamente lo que simbolizan los personajes femeninos del Marqués a través de sus aberraciones contrarias a la “sensibilidad femenina”, parodiada a través de la emblemática Justine, y nos hace ver hasta qué punto su propia obra descansa en ese altar profanado: “La voz de la razón, siempre subversiva, debe provenir de un monstruo.”

Nacida en Eastbourne, Sussex, el 8 de mayo de 1940, Angela se crió con una abuela en Yorkshire. A los veinte años se casó sin abandonar sus estudios en la Universidad de Bristol, ni dejar de ejercer el periodismo, y tuvo un hijo llamado Alexander. Algunos, al ver su retrato, pensarán que luce como un ángel, pero Angela no es rubia como ángel sino como la Justine que da lugar a uno de los dos arquetipos de heroína sadiana, en este caso, la que por hermosa y honesta es, por fuerza, destructible –Angela afirma que el ideal contemporáneo de una heroína sadiana sería Marilyn Monroe–, teniendo su antítesis en la morena, cruel y astuta Juliette.

Dos Bellas y dos Caperucitas

Leyendo los relatos de Angela Carter, recientemente publicados en español por Sexto Piso bajo el título Quemar las naves, salta a la vista que esta Justine trae por dentro a una Juliette. Imposible asociarla con la autora de novelas verdaderamente corrosivas como Varias percepciones (1969), La pasión de la nueva Eva (1977) o la que sería la última, Niños sabios (1991). Salman Rushdie, quien fuera su amigo más cercano y prologa la edición de sus cuentos completos, alaba, entre otras cosas, su extraordinaria capacidad para ser, sucesivamente, formal y escandalosa, exótica y demótica, exquisita y ordinaria. Angela llega a mostrar una violencia sexual extrema –y suprema– no necesariamente del hombre hacia la mujer. Los relatos que componen La cámara sangrienta (1979), donde arranca a los cuentos de hadas los ropajes con que sucesivos autores han pretendido cubrir las parafilias en que tienen su génesis, y en algunos casos se fusionan con otras criaturas fantásticas como los vampiros –Erzbeth Báthory, condesa de Tepes– son de una minu-ciosidad quirúrgica, tanto en el hilván de su prosa co-mo en su calculada crueldad, aunque conserven el tono encantador con que suelen transmitírsele a una audiencia infantil. Nos entrega dos versiones alternativas de La bella y la bestia. En una se linda con el bestialismo y, en la otra, la bestia se escuda tras una preciosa máscara que despierta instintos fetichistas en la Bella; un conde anhela tener una hija con el pelo negro como el ébano, la piel blanca como la nieve y los labios rojos como la sangre y, como si su deseo fuera atendido por dioses demasiado cercanos, se la topa durante un paseo en carruaje por un paseo nevado, pequeña y hermosa… pero también desnuda y muerta de frío, y tras una serie de eventos terminará violando el cadáver de la niña para apaciguar los feroces celos de su condesa. Hay también dos caperucitas, una que asesina a su abuela y otra que convierte al hombre lobo –no “lobo”, a secas– en su juguete sexual. No hay un solo detalle o descripción que pudiera considerarse pornográfica: el cristal cortado de su prosa no tolera máculas. Pero por lo mismo tiende a embellecer y poetizar la violencia.

Su primera novela, Varias percepciones, transcurre en 1968 y se menciona reiteradamente la guerra de Vietnam. El recurso del que se vale es el mismo de Sade: eliminar cualquier parapeto que brinde esperanzas de seguridad de cualquier tipo (física, emocional, psicológica). En un mundo sin Dios, pero también sin Freud, sobran las justificaciones para el crimen. El protagonista, Joseph, es la Justine de este mundo des-pojado de sentido: un “bueno” que en realidad es un masoquista encubierto. Para él, repartir su dinero entre indigentes que lo insultan es un autoflagelo que le produce un placer enfermizo. En sus estériles obras de caridad, Joseph intenta encontrarle sentido al absurdo, del todo parecido al aburrimiento. Sin embargo, la influencia sadiana se encuentra más vívida y hasta con escenas que son franco tributo a su obra –la obsesión excrementicia, las bodas simuladas en las que se invierten los roles sexuales y la práctica habitual de la tortura– en La pasión de la nueva Eva, donde se recrea una tierra en la que hombres y mujeres representan bandos irreconciliables, enganchados a una violenta pugna por el control de la humanidad: las mujeres, los negros y otros oprimidos históricos se manifiestan como potenciales terroristas, lo que exacerba tanto el machismo como el racismo. Con esta situación se encuentra Evelyn, un joven inglés recién llegado a Nueva York que, si bien presenta rasgos que pudieran calificarse de “femeninos”, como conmoverse hasta las lágrimas con las películas de Tristessa St. Ange, especie de Greta Garbo que vive oculta –que no retirada–, ejerce las más abominables actitudes misóginas con Leilah, una jovencita negra. Tras inducir a ésta a practicarse un aborto, Evelyn cae en un inexplicable sentimiento de culpa que lo impele a huir a través del desierto donde será interceptado por unas amazonas –que como tales, se han cercenado el pecho izquierdo para sostener cómodamente el arco– y sometido a una rústica cirugía de cambio de sexo, algo que sonaba a ciencia ficción a finales de los setenta. Transformado en la hermosísima –y virgen– Eva, parecerá condenada a ser lo que Angela denomina, refiriéndose a Justine, “artista de la huida”, pues las amazonas pretenden fecundarla con su propio semen y la sola idea de la maternidad la aterroriza más allá de toda proporción. En el ínter será capturada por Zero, un poeta cojo inspirado en Lord Byron que se refocila en un harén de púberes idiotas que la emprenderán a golpes y escupitajos contra la recién llegada. En medio de tan insólitas circunstancias, Eva coincidirá nada menos que con su idolatrada Tristessa, que resulta ser un bellísimo travesti…y no uno homosexual. En esta novela, que bien podría ser el Orlando de finales del siglo xx, Angela vuelve a poner en jaque los estereotipos culturales de género.

La última visita

Angela Carter, una de las plumas más privilegiadas en lengua inglesa de todos los tiempos, como la antes citada Virginia Woolf, o su virtual heredera, Margaret Atwood, murió de cáncer de pulmón el 16 de febrero de 1992, en pleno apogeo de sus facultades literarias e imaginativas. En el prólogo de Quemar las naves, Salman Rushdie evoca la última vez que la visitó en su casa. Ella insistía e alejarse de su lecho de enferma, vestirse para el té y sentarse a la mesa con su invitado sin dejar de sonreír. Sus labios no dejaron nunca de fruncirse satíricamente y, por si fuera poco, parecía de humor para detallar chismes maliciosos. No sólo se burló de los dolores que le producía el cáncer: planeó su propio funeral con la misma contenida pasión con que escribía sus extraordinarias historias. El inciso uno de sus condiciones debía ser acatado al pie de la letra: alguien leería el poema “Sobre una gota de rocío”, de Marvell, sobre su féretro abierto. Se sabía, a decir de Rushdie, una autora lo bastante extrema para resignarse a disolverse con facilidad y no ser recordada en púrpura y negro. Y quien no la haya leído aun y por consiguiente no conozca el asombro, la maravilla y el horror en su manifestación más extravagante, delicada y pura, deje lo que esté haciendo y corra a sepultarse en Quemar las naves, que aparenta ser un encantador libro para niños… pero es un rito de iniciación para habituarse al rojo tiziano del infierno

 

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