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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Ya quisiéramos esos Grammy para un domingo

Hace un año, durante las ceremonias del Grammy y del Oscar 2017, la figura de Donald Trump fue objeto de bromas y señalamientos adscritos a la inteligencia estadunidense que aún vivía su esperanzada ingenuidad: Trump no sería tan imbécil durante mucho tiempo. Así es. Hace doce meses pocos creían que el hombre del cabello perturbador insistiría en promesas de campaña imposibles de cumplir, ni imaginaban que se consolidaría como enemigo de mujeres, de minorías raciales, de la naturaleza y de la paz mundial. Aún negaban la consistencia de su estulticia diplomática, su discapacidad para liderar gabinetes…

Un año después, claro, la historia fue distinta en el Madison Square Garden, allí donde la última entrega de los premios Grammy –la número 60, por cierto– amplificó su activismo contra el Número 45 (como también se le conoce a Trump). Y lo celebramos. Más aún: envidiamos ese cúmulo de voces venidas de todas partes del espectro sonoro anglosajón (menos del country, but of course), que gritaron un Ya Basta colectivo y no sólo en el ámbito político.

Gracias a ello, aunque en un sentido estrictamente musical la ceremonia fue poco original, la unidad apasionada resultó contundente. El guión comenzó con el rapero negro Kendrick Lamar rodeado por un contingente de bailarines “militarizados” que, bajo la bandera estrellada en pantalla, trazaron estampas de extraordinaria fuerza estética, articuladas por la acidez del afamado cómico –también negro– David Chappelle. Abordando temas del álbum Damn, Lamar demostró por qué es uno de los más originales representantes del hip hop mundial. Creador que dinamita la frontera entretenimiento/arte, la extraordinaria rítmica de su voz combinada con músicas atípicas nos hace ponerle especial atención, incluso cuando sus letras pasan continuamente del barrio sincero al falso padroteo.

Conducida por el británico James Corden (Carpool Karaoke) con ayuda de otros colegas del stand up comedy, la ceremonia se vio inundada con referencias filosas al presidente de la corbata roja, al clima racista del país y a la situación de las mujeres en la industria del entretenimiento. Empero, la burla más inesperada y provocadora se dio cuando Corden presentó un sketch simulando audiciones para el audiolibro Fury and Fire, polémico besteller del periodista Michael Wolff que evidenció erráticas conductas de Trump en la Casa Blanca. Leyendo fragmentos hilarantes (como los dedicados a las hamburguesas que consume para no ser envenenado), pasaron algunos de los más estridentes críticos de su régimen: la cantante Cher, el rapero Snoop Dog y, sorprendentemente, Hillary Clinton (quien después recibiría un vengativo tweet del hijo del presidente).

Camila Cabello, joven cantante con ascendencia cubanomexicana, se manifestó en apoyo a los dreamers cuyo futuro se juega bajo amenazas inhumanas, a cambio de un muro (el discurso posterior de Trump sobre el estado de la Unión lo confirmó). También hubo referencias al proyecto Time’s Up, cuya recaudación de fondos para la justicia a mujeres abusadas ha cobrado fuerza. En tal sentido se presentó la cantante Kesha, quien sufriera acoso y violación de su otrora representante. Acompañada por amigas como Cindy Lauper, logró una interpretación notable que no esperábamos, pues su música es de lo peor en el pop anglosajón.

Hubo apoyo al movimiento #MeToo y condena a los ataques terroristas de Las Vegas y Manchester; hubo la canción de Logic “1-800-273-8255”, abocada a la orientación de jóvenes con tendencias suicidas; hubo la chamarra del productor Swizz Beatz, esposo de la talentosa Alicia Keys, en cuya espalda se leía: “El respeto al derecho ajeno es la paz”(sí, firmada por don Benito Juárez); hubo un U2 cantándole a la Estatua de la Libertad sobre el Hudson porque… lectora, lector, los Grammy ocurrieron en Nueva York, ciudad fundada por inmigrantes. Hubo todo eso que el mundo debe restregarle a Trump en la cara para limitar su populismo nativista, su hipocresía plutocrática, su nacionalismo proteccionista.

Mientras tanto, acá en tierra azteca pasamos por años violentos y cuando –verbigracia– desaparece forzadamente el joven Marco Antonio Sánchez, los músicos siguen pensando en likes evitando política o activismos. ¿Razones? Creemos que, además de la cobardía ante el riesgo de “mala publicidad”, la mayoría de nuestros colegas es incapaz de transmitir posturas porque, simple y sencillamente, carece de elementos para construirlas. La ausencia de estos impulsos es fruto de la falta de educación, la falta de compromiso a mediano y largo plazos, allí donde ya no se trata de reaccionar frente a un terremoto sino de transformar al sistema cotidianamente. ¿Imagina los Premios Telehit con tal nivel crítico? Imposible. O sea: con todo y su abundante basura, ya quisiéramos esos Grammy para un domingo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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