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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Hasta entre monstruos hay clases

Qué más quisiera uno que no verse obligado una y otra vez al abordaje de ese tema, enojoso inevitablemente, de la distribución y la exhibición cinematográfica en México, pero frente a lo que le hicieron a La región salvaje (México-Dinamarca-Francia-Alemania-Noruega-Suiza, 2016), el largometraje más reciente de Amat Escalante, no queda sino volver a encabronarse y deplorar que de nueva cuenta una cinta mexicana sea ninguneada en su propio país y reciba trato de pordiosera: pocas pantallas y malos horarios, “concedidos” pero de mala gana, luego de cierta presión ejercida mediáticamente contra la cadena exhibidora que, de otro modo, sencillamente se habría desentendido.

A lo anterior añádase que la película se produjo en 2016, postergación que sólo confirma la triste norma de que al cine de este país suele obligársele a envejecer meses e incluso años dentro de su lata, cuando no a morir dentro de la misma. Súmese, para empeorar el despropósito, que si el asunto consistiera en merecimientos La región salvaje los tiene, y de sobra, comenzando por el veneciano León de Plata obtenido en virtud de este filme por Escalante, y que éste ha ganado con anterioridad reconocimientos de-a-deveras y no Globos de Oro y Oscaritos, verbigracia el premio al Mejor Director en Cannes por Heli.

La engañosa sencillez

Hábil en diversos rubros cinematográficos, quizás el más notable de los atributos que distinguen a Escalante sea su capacidad para lograr que la complejidad parezca sencillez. Idéntica a la que Charles Bukowsky reveló como la clave para reconocer a un buen poeta (“los malos poetas hacen parecer complejo lo que es sencillo y los buenos hacen exactamente lo contrario”), esa cualidad atraviesa la filmografía entera del cineasta avecindado en Guanajuato: la atmósfera casi inmóvil y enmudecida de Sangre, los relámpagos de violencia sin razón aparente de Los bastardos, la fatalidad ensangrentada del destino en Heli, en todos los casos puntuada, remarcada o jalonada por una pulsión erótico-tanática de fuerza irresistible, valen como antecedentes tanto de estructura narrativa como de contenido para La región salvaje, cuya tesitura formal y dramática incorpora las anteriores características, sólo que combinándolas de tal manera que el resultado confirma la voz narrativa personalísima de su autor, pero al mismo tiempo, y sin paradoja, la traslada a nuevos territorios.

Si por ventura usted ha visto Posesión (1981), un muy perturbador filme de Andrzej Zulawski, lo asociará inevitablemente con la escalantiana Región salvaje, naturalmente por el aspecto de la criatura/bestia/monstruo que aparece respectivamente en ambos filmes, pero sobre todo por una similitud igual de acusada y de importancia mayor: la que hermana a esos engendros en su irresistible poder de seducción, así como en su no menos acusado talante de egoísmo superlativo. Las tramas de Posesión y La región salvaje no podrían ser más divergentes, pero ese es un dato menor frente a la comunión espiritual, por llamarle de algún modo, que se cifra en la existencia de sus respectivos monstruos tentaculares. Como el zulawskiano, fascinante y repelente de manera simultánea, el monstruo de La región… cumple perfectamente con el dictum de todas las Criaturas que en la literatura, la pintura, la música, el teatro y el cine han sido: deben encarnar, por vía de la sublimación, aquello que de más humano tenemos los humanos, hasta alcanzar la categoría superior de símbolo o de arquetipo. No son otra cosa, como bien sabe cualquiera medianamente familiarizado con las mitologías más conocidas –lo mismo antiguas que contemporáneas–, monstruos como la Galatea de Pigmalión y el Minotauro, por mencionar sólo dos clásicos, o la criatura del doctor Frankenstein… y pasa lo mismo con el Joven Manos de Tijera de Burton y el humanoide anfibio de Del Toro.

Empero, la diferencia del monstruo de La región salvaje es fundamental: a contrapelo de aquéllos, éste no anhela ni mucho menos consigue la “aprobación” humana –a través, claro, de la humanización de su alma–, sino todo lo contrario. Pese a lo cual, y aquí sí en paradoja extrema, simboliza a la perfección lo que no reconocemos como nuestro: no las virtudes sino todo lo contrario, y sin atenuante alguna para edulcorar taras como la violencia, el egoísmo, el machismo, la homofobia, la hipocresía y un largo etcétera.

Debe ser por eso que, frente al monstruo “bonito” deltoriano, tan festejado urbi et orbi, al verdaderamente humano de Escalante le hacen el feo. Hasta entre monstruos hay clases, pues.

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